**Prólogo **

685 Words
La Mansión Stuart se erguía imponente en las colinas de Beverly Hills, pero esa noche el lujo parecía frío y vacío. Cristóbal Stuart estaba solo en su despacho. La lámpara de escritorio proyectaba una luz dorada sobre los papeles desordenados y sobre la fotografía que sostenía con manos temblorosas. En ella solo aparecían dos personas: él, mucho más joven, con la mirada rota por el dolor, sosteniendo en brazos a una bebé recién nacida de ojos verdes. Elena, su esposa, había muerto esa misma noche en el parto. La foto era lo único que le quedaba de aquel momento. Dio un sorbo largo a su copa de whisky y sintió el ardor bajar por la garganta. —Te fuiste demasiado pronto, Elena… —murmuró con la voz ronca—. Y me dejaste sola a esta niña que es igual a ti. Fuerte. Ambiciosa. Hermosa. Pero yo… yo estoy cansado. Sobre el escritorio descansaban los balances de Stuart Naviera. La empresa agonizaba. Fondos que desaparecían misteriosamente, deudas que crecían como una bola de nieve y cinco inversionistas —Roberto, Arturo, José, Carlos y Sebastián— esperando como buitres el momento de devorar todo. Había vendido casi todo: propiedades, yate, apartamentos. Solo quedaba La Patrona, la finca lechera que había comprado años atrás para mantener vivo el recuerdo de Elena, el lugar donde ella había sido feliz antes de morir. Cristóbal se llevó la mano al pecho. El dolor llevaba días allí, pero lo ignoraba. Siempre lo ignoraba todo. —Solo quiero que Mónica esté bien —susurró mirando la foto—. Que no tenga que pelear sola contra el mundo. Por eso tengo que vender La Patrona… aunque me duela el alma. De pronto, el dolor se volvió insoportable. Como un rayo atravesándole el corazón. La copa se le resbaló de la mano y estalló contra el suelo con un ruido seco. La fotografía voló de sus dedos y cayó boca arriba sobre la alfombra. Cristóbal intentó levantarse, pero las piernas le fallaron. Cayó de rodillas, luego de lado, jadeando, con la mano apretada contra el pecho. En el segundo piso, Mónica estaba en su cuarto de baño, terminando de desmaquillarse. Escuchó el estruendo del vaso rompiéndose y frunció el ceño. —¿Papá? En ese instante, María, la empleada de toda la vida, pasó corriendo por el pasillo, pálida. —¡Señorita Mónica! ¡Es el señor Cristóbal! ¡Está tirado en el despacho! ¡No se mueve! Mónica bajó las escaleras descalza, con la bata de seda blanca ondeando tras ella. Cuando entró al despacho y vio a su padre en el suelo, entre vidrios rotos y aquella vieja fotografía, el mundo se le vino encima. —¡Papá! ¡No! ¡Papá, mírame! —gritó, arrodillándose a su lado y tomándole el rostro con manos temblorosas—. ¡Abre los ojos! ¡Tú eres el roble! ¡No puedes caer! ¡Te necesito! ¡Sin ti yo no soy nada! María marcaba el 911 con dedos torpes mientras Mónica abrazaba a su padre, llorando desesperada. —Perdóname si no me di cuenta… Perdóname si te dejé cargar todo solo. Mamá ya se fue cuando nací… si tú también te vas, ¿qué me queda? ¡No me dejes, papá! ¡Por favor, no me dejes! Cristóbal abrió los ojos un segundo. La miró con todo el amor que un padre puede sentir. Intentó hablar, pero solo salió un jadeo ahogado. Apretó débilmente la mano de su hija, como queriendo decirle “lucha”. Luego sus ojos se cerraron para siempre. Las sirenas se acercaban a lo lejos. Cristóbal Stuart, el roble inquebrantable, acababa de caer. Y en ese despacho, entre lágrimas y vidrios rotos, Mónica Stuart entendió que su vida acababa de cambiar para siempre. El legado que su padre le dejaba no era solo una empresa al borde del abismo y una finca protegida. Era también una promesa silenciosa: luchar. Aunque doliera. Aunque se sintiera nada sin él. Aunque el destino la llevara directo a los brazos de un hombre que lo cambiaría todo. --- **Fin del Prólogo**
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD