Era un martes cualquiera en Beverly Hills, pero para Cristóbal Stuart no existían los días cualquiera. A sus 52 años, el hombre seguía siendo un roble: alto, hombros anchos, cabello oscuro con algunas canas en las sienes que le daban carácter, y esos ojos verdes idénticos a los de su hija. Esa mañana se levantó temprano, como siempre, con el peso del mundo sobre los hombros.
Se puso el traje gris hecho a medida, ajustó la corbata azul marino y bajó al estudio. La Mansión Stuart estaba en silencio. Mónica aún dormía en el segundo piso. Desde la ventana grande del estudio se veía la piscina infinita brillando bajo el sol de Los Ángeles y, más allá, la ciudad que nunca dormía.
Cristóbal encendió un puro cubano, dio una calada profunda y exhaló el humo lentamente. Sobre el escritorio tenía los papeles que lo estaban matando: los estados financieros de Stuart Naviera. La empresa estaba al borde del abismo. Hacía un año que los fondos habían empezado a desaparecer misteriosamente. Desfalco interno, decían los auditores. 85 millones de dólares que había que pagar en tres meses a cinco inversionistas: Roberto Valdez, Arturo Mendoza, José Ramírez, Carlos Vega y Sebastián López. Si no pagaba, la empresa pasaba a sus manos.
—Hijos de puta… —murmuró entre dientes.
Había vendido casi todo para ganar tiempo: las propiedades en Malibú, el yate, los apartamentos en Nueva York. Solo quedaba la finca. La Patrona. Esa granja lechera en el valle de San Fernando donde se producía leche, huevos y queso artesanal. La misma finca que su esposa Elena —La Patrona— había amado tanto antes de morir dando a luz a Mónica. Cristóbal la había comprado años atrás para mantener vivo su recuerdo y para dar trabajo a la gente del lugar. Ahora tenía que venderla. Era lo último que le quedaba para inyectar capital y salvar la naviera.
Tomó el teléfono y marcó el número del capataz.
—Rodrigo, soy Cristóbal. ¿Cómo va todo por allá?
La voz ronca y firme de Rodrigo Salvaterra contestó al otro lado:
—Todo en orden, señor Stuart. La producción de queso va bien, las vacas están sanas, los muchachos trabajando duro. ¿Cuándo viene a visitarnos?
Cristóbal suspiró.
—No sé si pueda ir pronto, muchacho. Las cosas en la ciudad están complicadas. Solo quería avisarte… es posible que tenga que poner La Patrona en venta en las próximas semanas. Necesito el dinero para la naviera.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
—Señor… esta finca da trabajo a treinta familias. Mi madre y yo vivimos aquí. Si la vende, ¿qué va a pasar con nosotros?
Cristóbal cerró los ojos. Le dolía el pecho solo de pensarlo.
—Todavía no es definitivo, Rodrigo. Solo… prepárate. Si tengo que hacerlo, lo haré. Pero quiero que sepas que tú has sido el mejor capataz que esta finca ha tenido. Leal como pocos.
Colgó y se llevó la mano al pecho. Un dolor agudo le atravesó el esternón. Tomó una pastilla para la presión y respiró hondo. No podía flaquear ahora. Tenía que proteger a Mónica. Era lo único que le quedaba en este mundo.
Esa tarde, en la sala de juntas de la naviera, se reunió con los cinco inversionistas. La tensión se podía cortar con cuchillo.
Roberto Valdez, con su puro apagado en la mano, fue directo al grano:
—Cristóbal, el plazo se acaba en tres meses. Si no pagas, tomamos el control. No hay más prórrogas.
Cristóbal los miró uno por uno, con esa mirada dura que había construido imperios.
—Voy a pagar. Venderé lo que haga falta. Pero la naviera sigue siendo mía.
Arturo Mendoza sonrió con frialdad.
—Tu hija es ambiciosa, ¿verdad? ¿Ella sabe en qué estado está la empresa?
—No la metas en esto —gruñó Cristóbal—. Mónica va a heredar algo limpio. Yo me encargo.
La reunión terminó con promesas frías y miradas calculadoras. Cuando Cristóbal regresó a la mansión al atardecer, encontró a Mónica esperándolo en la terraza con una copa de whisky en la mano.
—Papá, deberías descansar —le dijo ella, entregándole el vaso—. Has estado todo el día en llamadas y reuniones.
Cristóbal tomó el whisky y dio un sorbo largo. Miró a su hija: rubia, hermosa, curvilínea, con ese carácter fuerte que había heredado de él.
—Mónica, escúchame bien. Si algo me pasa… no vendas la finca por pánico. Ve allí. Conoce La Patrona. Habla con Rodrigo Salvaterra. Es terco como yo, pero leal. Tal vez te recuerde que el dinero no lo es todo.
Mónica frunció el ceño.
—¿Por qué hablas así? No te va a pasar nada. Eres duro como un roble.
Él sonrió cansado y le acarició la mejilla.
—Soy un roble viejo, hija. Y los robles también caen.
Esa noche, solo en su estudio, Cristóbal abrió el cajón y sacó una foto antigua: él joven, Elena embarazada sonriendo y Mónica recién nacida en brazos. La miró largo rato.
El dolor regresó de repente, más fuerte, como un rayo en el centro del pecho. Intentó alcanzar el teléfono, pero sus dedos se crisparon. Cayó de rodillas. La foto se deslizó al suelo.
El roble se quebró en silencio.
A la mañana siguiente, la noticia del infarto de Cristóbal Stuart ya era tema en los círculos de poder de Los Ángeles.
Y Mónica, con los ojos hinchados y el corazón hecho pedazos, se convirtió en la nueva dueña de un imperio que ardía.
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