El trayecto a la clínica Century fue el más largo de mi vida. Iba en el asiento trasero del Bentley, con la bata de seda todavía puesta bajo un abrigo que María me había echado encima a toda prisa. Tenía las manos temblando y el pecho tan apretado que apenas podía respirar. Cristal me había llamado de camino; alguien de la mansión le avisó. Llegó a la clínica casi al mismo tiempo que yo, con el pelo n***o recogido en una coleta rápida y los ojos café llenos de preocupación.
—Mónica… —me abrazó fuerte apenas me vio en el pasillo de cuidados intensivos—. Estoy aquí. No estás sola.
Albert también apareció poco después. Traía traje oscuro, como si ya supiera que esto iba a ser grave. Me tomó de la mano con esa fuerza que antes me reconfortaba.
—Amor, respira. Tu padre es fuerte. Va a salir de esta.
Pero yo sabía que no. Lo sentía en los huesos.
Cuando el doctor salió de la habitación, su cara lo dijo todo antes de abrir la boca.
—Lo sentimos mucho, señorita Stuart. A pesar de todos los esfuerzos, su padre falleció a las 7:42 a.m. El infarto fue masivo. No hubo nada más que hacer.
Me doblé como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Cristal me sostuvo para que no cayera. Albert me abrazó por detrás, pero su abrazo se sentía lejano, como si estuviera abrazando a otra persona.
—No… —sollocé contra el pecho de Cristal—. No puede ser. Anoche estaba hablando conmigo. Me dijo que era un roble… ¿Cómo se fue así? ¿Cómo me dejó sola?
El dolor era físico. Me desgarraba por dentro. Sentía que sin papá yo no era nada: ni la ambiciosa heredera, ni la mujer fuerte que él había criado. Solo una niña huérfana que acababa de perder a su único ancla.
Cristal me acariciaba el cabello.
—Llora todo lo que necesites, amiga. Yo me quedo contigo todo el tiempo que haga falta.
Albert murmuraba palabras de consuelo, pero yo apenas las escuchaba. Solo podía pensar en la foto que papá tenía en la mano cuando cayó: él joven, sosteniéndome de bebé, con la mirada rota porque Elena ya no estaba. Ahora yo también me quedaba sin él.
El velatorio se organizó en la Mansión Stuart esa misma tarde. Las paredes blancas se cubrieron de n***o. Coronas de flores blancas y lilas llenaban el salón principal. El ataúd de caoba oscura estaba en el centro, rodeado de velas. Papá parecía dormir: traje gris perla, corbata azul marino, las manos cruzadas sobre el pecho.
Yo me quedé de pie junto al ataúd durante horas, vestida de n***o riguroso, el cabello rubio recogido en un moño bajo. No me movía. Cristal estaba a mi lado derecho, sosteniéndome la mano. Albert a mi izquierda, con su brazo alrededor de mi cintura.
La gente desfilaba: socios de la naviera con caras calculadoras, empleados antiguos que lloraban de verdad, amigos de la familia. Todos sabían ya la noticia. La muerte de Cristóbal Stuart corría como pólvora en los círculos de poder de Los Ángeles.
Entonces llegó mi tío Eduardo Stuart, el hermano menor de papá. Venía desde Miami. Apenas me vio junto al ataúd, se acercó con los ojos rojos.
—Mónica… —me abrazó fuerte, como cuando era niña—. Tu papá era un terco hijo de puta, pero te quería más que a nada. Más que a los barcos, más que al dinero.
Me derrumbé en sus brazos. Por primera vez en horas, dejé que las lágrimas salieran sin control.
—Tío… se fue sin avisar. Me dejó sola contra todo. La naviera, las deudas, los inversionistas… ¿qué voy a hacer sin él?
Eduardo me apretó más fuerte.
—No estás sola. Yo estoy aquí. Y esa amiga tuya —miró a Cristal— parece que no te suelta ni con agua caliente. Vamos a pasar esto juntos.
Albert se acercó y puso una mano en mi hombro.
—También estoy yo, amor. Vamos a salir adelante. Yo te ayudo con todo.
Pero en ese momento, su toque me pareció frío. Solo quería que papá volviera.
El funeral fue al día siguiente en el cementerio privado de Forest Lawn, bajo un cielo gris que amenazaba lluvia pero nunca llegó. El cortejo fue íntimo pero lleno de gente importante. Cristal no se separó de mí ni un segundo. Me sostenía del brazo mientras caminábamos hacia la tumba. Albert iba al otro lado, serio y protector delante de todos.
El sacerdote habló de la vida de Cristóbal: el hombre que construyó un imperio desde cero, el viudo que crió solo a su hija, el roble que nunca se dobló. Yo arrojé la primera rosa blanca sobre el ataúd.
—Te prometo que voy a luchar, papá —susurré, con la voz rota—. Por la naviera, por La Patrona, por todo lo que construiste. Aunque me duela el alma. Aunque me sienta nada sin ti. Voy a ser la Stuart que tú querías.
Cristal me abrazó cuando las primeras paladas de tierra cayeron.
—Estás destrozada, pero eres fuerte, Mónica. Más fuerte de lo que crees. Yo voy a estar contigo en cada paso.
Albert me besó la sien.
—Y yo también, amor. Vamos a salvar la empresa juntos. No estás sola.
Después del entierro, en la recepción en la mansión, la gente empezó a dispersarse. Yo me quedé mirando por la ventana del salón, con una copa de agua en la mano que no probé.
Cristal se acercó.
—¿Quieres que me quede a dormir hoy?
—Sí… por favor —respondí con voz cansada—. No quiero estar sola esta noche.
Albert se acercó también.
—Puedo quedarme yo también, si quieres.
Lo miré. Por un segundo, su presencia me reconfortó. Pero también sentí algo extraño, como si su apoyo viniera con condiciones que aún no veía.
—Quédate un rato —le dije—. Pero esta noche necesito a Cristal.
Él asintió, aunque vi un brillo de molestia en sus ojos grises.
Esa noche, mientras la mansión quedaba en silencio, yo me senté en la cama con Cristal a mi lado. La foto que papá tenía en la mano cuando cayó estaba ahora sobre mi mesita de noche: él joven, sosteniéndome de bebé.
—Se fue con esa foto en la mano —le conté a Cristal entre lágrimas—. Como si en sus últimos segundos solo pensara en mí y en mamá.
Cristal me abrazó.
—Entonces honra eso. Mañana empieza la guerra por la naviera. Pero hoy… hoy solo llora todo lo que tengas que llorar.
Me derrumbé contra su hombro, dejando que el dolor me atravesara entero.
Papá se había ido.
El funeral había terminado.
Pero el verdadero duelo, y la verdadera batalla, apenas comenzaban.
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