KYLIE
Tres años antes
Yo estaba en el baño de mujeres del tercer piso de la Universidad de Westminster, sentada en el último cubículo, revisando los mercados asiáticos en mi teléfono. Maldije emocionada al ver cómo el Nikkei había caído un 2.3% y mis acciones en tecnología verde estaban subiendo exactamente como había predicho cuando escuché tacones entrando.
Y el paso atropellado de otro.
—Dios, casi nos descubren —dijo una voz femenina entre risas. Reconocí esa voz. Alexa Brown de tercer año de Diseño de Moda. La clase de chica que usaba Chanel para ir a clase y hablaba de sus contactos en Milán como si fuera algo casual.
—Valió la pena —respondió una voz masculina. Fruncí el ceño. ¿Un hombre en el baño de mujeres? La sangre me hirvió, pero no quería que supieran de mi presencia en el baño. Por lo que me quedé escuchando y esperando a que se fueran.
—Matt, estamos en medio de la exposición de empresas emergentes —dijo Alexa, y no sonaba preocupada—. Deberías volver antes de que...
—Antes de que tu noviecito se pregunte dónde estás —terminó él con sarcasmo—. El gran Khoa Galeano Libón.
Cerré mi aplicación de trading. Khoa Galeano. Había escuchado ese nombre exactamente veinte minutos antes, cuando un joven de ojos intensos envuelto en un traje impecable había subido al escenario del auditorio principal para presentar su visión. Una empresa llamada Libón & Galeano Designs. Moda sostenible con textiles innovadores. Había hablado con una pasión que hacía que cada palabra sonara como una promesa inevitable.
Yo había ido a esa exposición por obligación. Mi padre, Richard Henderson, CEO de Henderson Global Investments, insistía en que Jacob, mi hermano y yo asistiéramos a eventos de networking. Jacob había ido. Yo me escondí en la última fila con mi sudadera oversized y mis lentes de aros gruesos, esperando que nadie notara a la hija menor de los Henderson, pero entonces Khoa Galeano habló.
Y yo, que nunca me distraía de los números, de las proyecciones, de las estrategias de inversión, me encontré mirándolo fijamente. La forma en que movía las manos al explicar su visión. La manera tan perfecta en que su rostro se tensaba. Sus ojos que brillaban con sabiduría en su tema y sin arrogancia.
Había sentido algo extraño en el pecho. Como si alguien hubiera ajustado mi frecuencia cardíaca sin permiso.
—¿Cuánto crees que podemos sacarle? —La voz de Matt me trajo de vuelta al presente. Silencio. Luego el sonido del agua corriendo.
—A su familia, quieres decir —corrigió Alexa—. Khoa es dulce, pero es el apellido lo que importa. Alan Galeano tiene conexiones en toda Europa. Susy Libón Park tiene el dinero y es m*****o de la familia real de Malib. Si juego bien mis cartas...
—Si jugamos bien nuestras cartas —interrumpió Matt—. Este era mi plan, Ale. Yo te señalé al chico rico con problemas de confianza.
—Khoa no tiene problemas de confianza.
—Los tendrá cuando termine contigo. —Ambos se ríeron. Luego se escuchó el sonido de la ropa moviéndose y un gemido.
Me quedé completamente quieta, el teléfono apretado en mi mano. Cada músculo tenso. Mientras su acto se llevaba a cabo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Matt después de un momento.
—Dale un año para que la empresa despegue. Dos para casarnos. Tres para el divorcio con la mitad de sus activos.
—Suena a mucho trabajo para alguien que ni siquiera te gusta.
—¿Quién dijo que no me gusta? —dijo Alexa—. Es guapo, talentoso y probablemente buenísimo en la cama una vez que le quite esa seriedad de niño bien, pero tú eres diferente. —Definitivamente estaban besándose.
—Mi familia nunca aceptaría nuestra relación —continuó Alexa—. Pero Khoa es perfecto en papel.
Debí irme. Debí salir del cubículo, confrontarlos o simplemente desaparecer. No era mi problema. Khoa Galeano era un extraño. Un chico que había dado una presentación impresionante. Nada más, pero algo en mi pecho, esa cosa extraña que había sentido al verlo en el escenario, se agitó en mi interior.
Esperé hasta que se fueron. Hasta que los tacones de Alexa y los pasos pesados de Matt desaparecieron por el pasillo.
Salí del cubículo y me miré en el espejo. Kylie Henderson, veintiún años, cabello rubio escondido bajo una gorra. Sudadera tres tallas más grande. Lentes que no necesitaba, pero que usaba como escudo. Cero maquillaje. Completamente invisible.
Exactamente como lo planeé. Era mi manera de esconder una de mis tantas facetas. Mi teléfono vibró. Con un mensaje de Sabrina, mi mejor amiga desde la preparatoria.
¿Ya te aburriste del evento de nerds empresariales? Ven al café. Necesito quejarme sobre mi tesis.
Guardé el teléfono y volví al auditorio. La exposición había terminado. Grupos de estudiantes se arremolinaban alrededor de las mesas donde los presentadores exhibían sus proyectos.
La mesa de Khoa estaba rodeada de gente. Él sonreía, estrechaba manos, explicaba sus diseños con entusiasmo. Alexa estaba a su lado, luciendo perfecta con su vestido ajustado y su cabello impecable, tocándole el brazo cada dos segundos como marcando territorio.
Khoa la miraba como si ella hubiera colgado la luna personalmente. Algo en mi estómago se revolvió. No era mi problema. No lo era, pero tres horas después, cuando me reuní con Sabrina en nuestro café favorito cerca del campus, no podía dejar de pensar en ello.
—Estás rara —dijo Sabrina, estudiándome sobre su taza de matcha latte—. Más rara de lo normal.
—Escuché algo hoy.
—¿Chisme universitario? Kylie Henderson está interesada en los chismes. Llámen a la prensa. —Le conté todo. Cada palabra que había escuchado en ese baño. Sabrina, que estudiaba Psicología y se jactaba de poder leer a las personas como libros abiertos, frunció el ceño.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada. No es mi problema.
—Pero te importa.
—No lo conozco.
—No respondiste mi pregunta. —Sabrina se inclinó hacia adelante—. Te importa. Lo vi en tu cara cuando mencionaste su nombre.
—Vi su presentación —admití dándole un trago a mi bebida—. Tiene potencial real. Su propuesta de textiles biodegradables con procesos de manufactura ética los números son sólidos. Las proyecciones son conservadoras, pero alcanzables. Podría funcionar.
—Ajá, y sus ojos. Apuesto a que también notaste sus ojos. —No respondí. Porque sí había notado sus ojos, su sonrisa y la forma en que sus manos se movían al hablar de sus diseños como si pudiera verlos materializarse en el aire.
—Kylie. —La voz de Sabrina se suavizó—. ¿Te gusta?
—Acabo de conocerlo hoy.
—El amor a primera vista es una cosa real. Créeme, estudio esto.
—No es amor. Es... —busqué la palabra correcta— curiosidad.
—Curiosidad —repitió Sabrina con una sonrisa—. Ahora así le dicen. Por eso llevas veinte minutos hablando de él.
Cambié de tema. Hablamos de su tesis, de sus problemas con su asesor, de planes para el fin de semana, pero cuando volví a mi departamento, un penthouse discreto que pagaba con mi propio dinero, no el de mi familia, no podía dejar de pensar en Khoa Galeano.
Abrí mi laptop y empecé a investigar.
Khoa Galeano Libón. Veintiún años. Hijo de Alan Galeano, abogado en Londres, y Susy Libón Park, hermana del rey de Malib y nieta del marqués Romeo Libón. Estudiante destacado. Sin historial de relaciones públicas hasta Alexa Brown hace seis meses.
Busqué a Alexa. i********: lleno de fotos en lugares caros. Tres exnovios en los últimos dos años, todos con apellidos que reconocí de las páginas de negocios. Matt Brown en varias fotos familiares, siempre en el fondo, siempre con esa expresión amargada y para rematar su hermanastro. Cerré la laptop con más fuerza de la necesaria.
No era mi problema. Khoa Galeano era un extraño. Eventualmente descubriría quién era realmente Alexa. La gente siempre mostraba su verdadera cara, pero mientras me preparaba para dormir, no podía sacudirme la imagen de él en ese escenario, hablando de cambiar la industria, de hacer algo que importara y Alexa planeando destruirlo.
Dos semanas después
—Definitivamente estás loca —dijo Sabrina, mirándome como si hubiera anunciado que planeaba unirme a un circo—. Completamente loca.
Estábamos en mi departamento. Yo había cocinado, algo que hacía para pensar, para procesar, y acababa de contarle mi plan.
—No es locura. Es lógica.
—¿Lógica? —Sabrina dejó su tenedor—. Kylie, tu padre quiere que seas la vicepresidenta de Henderson Global Investments junto a Jacob. Tienes, ¿qué? ¿ocho millones en inversiones personales?
—Once punto tres —corregí automáticamente.
—¡Once millones! Tienes veintiún años y eres casi millonaria sin ayuda de nadie. ¿Y quieres convertirte en secretaria de un chico que acabas de conocer?
—Asistente ejecutiva —corregí—. Y no es por él.
—Ajá. Entonces, ¿por qué? —Me senté al otro lado de la mesa, organizando mis pensamientos como organizaba mis inversiones, por prioridad y probabilidad de éxito.
—Mi padre tiene un plan para mi vida. Universidad, vicepresidencia, casarme con algún hijo de sus socios de negocios, heredar la empresa junto a Jacob. Todo medido, planeado y muy predecible.
—La mayoría de la gente mataría por esa estabilidad.
—No quiero estabilidad. Quiero... —busqué las palabras— construir algo por mí misma. No recibir nepotismo por ser la hija de Richard Henderson. No vivir en la sombra de Jacob. Necesito probar que puedo hacerlo sola.
—¿Y Khoa Galeano? —Tomé aire mientras limpiaba lo que había botado de la encimera.
—Su empresa tiene potencial. He revisado sus proyecciones, sus contactos, su modelo de negocios. Con la estrategia correcta, podría competir con marcas establecidas en cinco años, pero...
—Pero tiene a Alexa saboteándolo desde adentro —terminó Sabrina.
—Eventualmente. Por ahora, ella está jugando el papel de novia solidaria, pero vi los números de su última presentación de inversionistas. Alguien está desviando fondos. Pequeñas cantidades. Nada que levante alarmas todavía, pero sí continúa.
—¿Cómo sabes eso? —Sonreí. Había hackeado, no, accedido a los registros financieros públicos de la empresa. Completamente legal. Mayormente.
—Tengo mis métodos. —Sabrina me miró por un largo momento.
—Estás enamorada de él.
—No lo estoy.
—Kylie. Te conozco desde hace seis años. Nunca te he visto así por nadie. Ni siquiera por ese chico de Economía que parecía un modelo de Armani.
—Esto es diferente. —dije recordando a ese bello hombre.
—Exacto. Es diferente porque te importa. —Sabrina respiro profundo—. Bien. Digamos que haces esto. ¿Tu familia?
—Les diré que quiero experiencia, práctica antes de entrar a la empresa familiar. Que quiero aprender desde abajo, no desde una oficina ejecutiva. Mi padre odiará la idea, pero...
—Pero eres tan testaruda como él y eventualmente cederá.
—Exacto.
—¿Y Khoa? ¿Cómo vas a...?
—Está buscando asistente ejecutiva. Vi la publicación ayer. Requisitos básicos como saber finanzas, organización, discreción. Estoy muy sobrecalificada.
—Estás excesivamente sobrecalificada —corrigió Sabrina—. Va a preguntarse por qué alguien con tu currículum quiere ese puesto.
—Por eso voy a editar mi currículum. Nada falso, solo incompleto. Kylie Henderson, graduada de Westminster con honores en Finanzas. Sin mención de mi familia. Sin mención de mis inversiones. Solo una chica brillante que necesita experiencia.
Sabrina negó con la cabeza, pero sonreía.
—Cuando esto explote en tu cara y explotará, recuerda que te lo advertí.
—Anotado. —Pero no explotó. Al menos no de la forma que Sabrina predijo.
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