Esperé que se hiciesen las 2p.m. que sé que es la hora en la que suele salir a almorzar la directora Mery Pence y me fui a su oficina. Los pasillos estaban solos, a esta hora todos están en clases y Pence debe estar en el cafetín. La puerta está cerrada con llave, como supuse. Saco un destornillador de mi bolso y rápidamente trato de desarmar la manilla. Gracias al cielo nadie pasa por esos momentos y logro, después de un par de minutos, abrir la puerta. Estoy muy nervioso, la verdad es que suelo ser muy nervioso, pero me relajo un poco al pensar que Pence no se sentirá en su mejor día cuando vea que nuevamente le dañaron la cerradura.
La directora Pence es nueva en su cargo, anterior a ello fue mi profesora de biología pero, el director Ortega, un hombre muy gracioso y jovial se fue del país y ella quedó en el cargo. La directora Mary es muy la contraparte a lo que fue Ortega, Pence podría llegar a convertirse en mi peor enemigo si se llegara a enterar que entré en su oficina a la fuerza.
Bueno, ese último pensamiento me vuelve a poner más nervioso.
Ya adentro me doy cuenta que Pence tiene más cosas de las que tenía Ortega, tiene más libros y más archivos. Busco entre los estantes de los estudiantes del año en curso y papeleo lo más rápido que puedo. Tengo el corazón a mil por hora. Consigo el de Tina y me detengo un momento, pero, escucho ruido en el pasillo y y cierro el archivero. Me tiro al suelo y escucho a un par de estudiantes pasar. Me levanto nuevamente y sigo buscando. No encuentro nada de Molly en los archivos del año actual. Me voy a la computadora y la enciendo. Entro en la página de la secundaria con el usuario de Pence y busco el nombre de Molly Viegas. ¡Eureka!
Saco mi celular y le saco a fotos a todo lo que muestra la pantalla. Escucho que vuelve a venir alguien, apago la pantalla rápidamente y me escondo bajo el escritorio de la directora.
—¿Mery? ¿Mery, estás aquí?—reconozco la voz de la profesora Murray.
Cuando creí que la profesora Murray saldría corriendo, decidí asomarme para ver si podía irme, pero mi sorpresa fue que Murray estaba cerrando la puerta de manera sigilosa. Volví esconderme. De repente la profesora empezó con rapidez a fisgonear y revisar los archivos y carpetas. Y como si supiera lo que estaba buscando se sentó en el escritorio. Podía verle las piernas blancas y robustas. Tenía falda blanca y tacones beige. Traté de aguantar la respiración. Murray encendió la pantalla, se escuchó tecleando por un par de minutos e imprimió unas hojas, las tomó y salió corriendo. Por unos segundos volví a respirar con libertad. Salí y aún se escuchaban los tacones de Murray corriendo por los pasillos, alejándose. Voy a la impresora y mando a imprimir una copia de lo último impreso, y mi sorpresa fue que lo que salió plasmado en las hojas fue una hoja de datos de Tina Shun. ¿Por qué Murray querría los datos de Tina sin que lo supiera nadie? Recuerdo por un momento la escena en la que Tina y Murray se conocieron y algo no me gusta.
Vuelvo a sacar mi celular y le tomo fotos a la hoja de datos de Tina, inmediatamente la destruyo y tiro en la basura, me dispongo a salir cuando...
—¿Qué demonios está haciendo usted aquí? —Me grita el profesor Camaho.
—Profesor... disculpe... yo...
—¿Qué estabas buscando? ¿Qué buscabas como para querer forzar la cerradura de la directora? Esto es grave, es muy grave Joe.
El profesor Camaho no había terminado de gritarme cuando llegó la directora Pence acompañada de la profesora Murray.
—¿Joe? ¡¿Qué piensas que estás haciendo?!—me grita Pence con una ceja levantada que parece que fuese a latigarme— ¡Responde Joe! ¡Qué diablos hacías! ¡¿Tú forzaste mi cerradura esta mañana y ahora también lo vuelves a hacer?!
—Directora Pence... déjeme explicar...
—Profesora Murray por favor llame a la policía y a la madre del señor Krump—dice sin querer escucharme y con furia en sus ojos.
—¡Yo no lo hice! —grito desesperado. Bueno, sí forcé la cerradura hace minutos pero no lo hice en la mañana. La directora está desesperada y yo también lo estoy.
—Profesora Murray por favor, dígale a la policía que venga de inmediato—vuelve a gritar.
—No creo que sea necesario, Mery—interviene Murray.
—¿De qué hablas, Sandra?
—Cuando vi que te habían vuelto a abrir la oficina pude entrar y aquí no había nadie. No creo que Joe haya podido ser el que te quiso volver a burlar la seguridad. Yo sospecho—dice mientras me mira fijamente— que el señor Krump simplemente estuvo en el lugar y en el momento equivocado.
—Profesor Camaho—se dirige la directora al profesor que solo escuchaba todo como si fuese un cronista—, ¿qué hacía el señor Krump cuando usted llegó?
—Ehh... bueno... la verdad que Joe simplemente estaba algo sorprendido... quizás entró al ver el desastre y se
preguntó qué había sucedido...
—¡Es exactamente lo que pasó! —digo— Ya me estaba yendo a casa porque me sentía un poco mal de salud y cuando pasé y vi que la puerta estaba abierta y los archivos desordenados entré para ver si usted se encontraba bien.
La directora me ve e intercambia miradas con el profesor Camaho y la profesora Murray.
—Vete inmediatamente, Joe—me dice Pence y corro a la salida.
.
Ok, eso fue muy raro y perturbador. No estoy entendiendo nada. Ahora estoy teniendo miedo de la profesora Sandra Murray. Ella sacó los datos de Tina ¿Para qué diablos quería los datos de Tina?
Llegué a casa corriendo, huyendo sin que nadie me persiguiera. La verdad que todo lo que pasó en la oficina de Pence me dejó... ¿traumado? ¿Confundido? Ya ni sé que fue lo que pasó.
Subo a mi habitación y prendo mi computadora. Busco en f*******: a Sandra Murray. Fue un poco difícil encontrarla ya que había muchos perfiles con ese mismo nombre. Cuando la conseguí no pude averiguar mucho ya que tenía su cuenta bloqueada, solo pude ver una foto en la que se le ve muy feliz con el que me imagino que es su afortunado esposo y con la que deduzco que es su hija como de 17 o 18 años.
No hay direcciones ni lugares que pueda averiguar de dónde viene Murray.
Busco en las personas que dieron like a su foto familiar y me consigo con un perfil que tiene dicha foto. Marlyn Murray, este perfil también está cerrado, pero sé que es la hija de la profesora Murray. Le envío la solicitud con esperanzas de que me pueda aceptar y poder averiguar más cosas.
¡Por Dios, cuando fue que me volví Sherlock Holmes venezolano!
.
No sé en qué momento me quedé dormido, solo sé que cuando desperté tenía un dolor de cabeza que me daban deseos de morir.
Me levanto y reviso mi celular. Son las 5p.m. llamo a Gen
—¿Podrás venirme a buscar para ir al Tiempos de café?
—Pensé que tu madre te había dejado la camioneta...
—¡La camioneta! Es cierto... lo siento, tengo jaqueca y ya estaba tan acostumbrado a vivir sin la camioneta que olvidé que mamá me la había dejado. Nos vemos en una hora.
—Estás loco, Krump.
Me cuelga y bajo a buscar una pastilla. Me tomo dos. En verdad me duele mucho y sé que es producto del susto que me llevé hoy. Tan solo de pensarlo siento que explotaré.
No siento ganas ni siquiera de ducharme, así que solo me cambio de ropa y vuelvo a bajar.
Tal vez debería hacerme cena ya que no almorcé... ¡Por eso me duele la cabeza! El día ha sido tan alocado que hasta olvidé comer. Voy a la cocina y me hago un sándwich de huevo con mantequilla y queso. Hago otro para llevárselo a Gen y mientras lo hago pienso que el pobre Gordo debe pasar por algo así ya que en su casa solo son él y su padre, y Gen no le permite a su padre que contrate a una señora de servicio porque, para él, eso es servidumbre. Según sé, él mismo hace su comida, aunque casi siempre la compran hecha o come en restaurantes y en tiendas de comida rápido por la calle.
Saco la camioneta. No puedo creer que duré más de un año sin usa la camioneta de mi mamá. La saco del garaje y tomo rumbo al Angells Mall.
Cuando llego, aún tengo un poco de dolor y aún la vista me duele un poco.
Entro al Tiempos de café. Aún falta poco menos de media hora para mi turno pero quise llegar temprano. La señora Noris me recibe y me abraza. Un abrazo tan cálido que no la quiero soltar.
—Joe, hasta yo puedo sentir que no eres tú, el día de hoy ¿te sientes bien? ¿Estás enfermo? Parece que tienes ojeras...
—Tranquila, señora Noris, es solo un poco de jaqueca, nada de qué preocuparse.
—Estoy muy segura que es más que eso. Te haré un café con papelón para que te relajes un poco ¿sí, cariño? Anda, siéntate en la cocina y ya yo voy a hacértelo. Ya verás que eso te hará sentir mejor.
Voy a la cocina como niño regañado y mimado a la vez. Deberían multiplicarse las personas como la señora Noris. Entro a la cocina y están las otras señoras que se encargan de hacer los postres. Me siento cerca de la estufa y veo que las señoras de los postres trabajan afanadas y sin parar. Deseo sus destrezas y ganas de trabajar en estos momentos ¡Dios! ¡Qué diablos me está pasando! El dolor ha menguado, pero aún siento un pequeño peso en la cabeza. Maldito día que me hizo olvidar que soy una persona normal que debe comer para poder estar bien.
Entra la señora Noris como buena jefa de cocina y da algunas instrucciones a las señoras de los postres. Va a donde estoy y me dice que Gen está enfermo y que no vendrá.
—Ustedes son tan unidos que cuando se enferman, se enferman ambos también—ríe.
Coloca una olla sobre la estufa, deja que hierva el agua y la echa en el colador donde está el café en polvo. Cuando el agua se une al café emana el más dulce olor que existe en esta vida. La señora Noris sirve el café en una gran taza y le echa dos cucharadas de papelón rayado.
—Ya verás que después que tomes esto se te aliviarán los males.
—Salud porque sea así—digo antes de probarlo.
Wowww, esto en realidad es muy rico. Demasiado rico. Nunca lo había probado con papelón. Esto sí que es algo nuevo.
—Joe, cariño, cuando uno empieza a acercarse a esa vida adulta de la que tanto ustedes los jóvenes huyen, generalmente nos llenamos de ansiedades, estrés y pensamientos que no nos dan descanso porque están ligados a nuestras inseguridades por la incertidumbre que da lo que podría pasar en el futuro. Pero, la mayoría suele tener la suerte de contar con personas que están dispuestas a escucharlas y es que nosotros los humanos solemos tener la necesidad de que nos escuchen, y cuando reprimimos tantos sentimientos, pensamientos, dudas y dolor, entonces todo eso que ocultamos empieza a manifestarse en nuestro cuerpo. Yo también fui joven, ya he envejecido, claro está, pero sé que lo que está pasando contigo, querido Joe, es que necesitas soltar muchas cargas que tienes en los hombros. Lo puedo ver en tus ojos.
Tú cuentas con un gran amigo, tal vez creas que porque suele ser muy bromista no te vaya a comprender, pero te aseguro que, porque es muy bromista, sabe exactamente comprender a las personas.
Además, que no considero justo que él siendo tu mejor amigo no sepa lo que sucede en tu vida. Somos muchas las personas que te queremos, Joe. Nunca lo olvides. Suelta todo lo que llevas dentro y la vida te será más fácil.
Cuando me di cuenta que la señora Noris había acabado de hablar me estaba quitando una lágrima del ojo izquierdo. Casi nunca lloro, y cuando lo hago no sé por qué solo me salen lágrimas de un solo ojo, es como si en uno funcionara el servicio hídrico y en el otro no.
—Siempre estaré agradecido con usted, señora Noris. Tanto por su café como por sus palabras.
—No es nada, cariño. Yo también necesito ser escuchada. Y tú me escuchas a pesar de que suelo ser aburrida—ríe.
Ese café en verdad fue mágico. Mi jornada fue muy relajante a pesar de que hubo gran afluencia de clientes y de que solo yo estaba atendiendo a la clientela ya que Gen no vino.
Traté de alejar de mis pensamientos todo lo que había acontecido. Me relajé y me sentí muy bien atendiendo a las personas.
Cuando terminé mi turno pensé en todo lo que me había dicho la señora Noris y reflexioné mucho a cerca de mi problema de expresar y contar lo que siento a diario. Decidí entonces empezar a confiar más en mí y en mi amigo.