Mi mamá siempre decía que, al morir, nos convertimos en parte del cielo nocturno; y que, sin importar cuánto tiempo pase, nunca debemos olvidar agradecer a nuestros difuntos por la protección que nos brindan desde arriba, ni a la Diosa Luna por su bondad al recibirlos junto a ella.
Han pasado doce años desde que mamá se volvió parte del gran cielo nocturno. Cada noche, antes de dormir, le doy las gracias por cuidarme desde allá arriba… y a la Luna, por haberla recibido.
Desde que ella se fue, papá se volvió aún peor que antes. Pasa los días en los bares, bebiendo, apostando y gastando lo poco que tenemos con mujeres del casino.
Por mi parte, he estado planeando irme de casa y comenzar una vida independiente.
Papá vendió muchas de mis joyas, pero por suerte casi siempre estaba tan ebrio que no recuerda cuántas tomó. Gracias a eso, pude esconder las mías y las de mamá. Si las vendo, tendré una suma considerable para vivir bien durante un tiempo.
Además, llevo meses trabajando como mesera en un restaurante a las afueras del pueblo. Me va bien, he reunido suficiente dinero para un viaje, una nueva identidad y, si hace falta, un lugar donde hospedarme.
Hace poco vendí mis vestidos finos y compré unos más sencillos, para pasar desapercibida. Muy pronto podré irme lejos de mi padre y comenzar una nueva vida.
Pero no siempre lo que planeamos es lo que el destino tiene preparado para nosotros.
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—Lo siento, señor… no fue mi intención tropezar con usted. Iré por algo para limpiar ese raspón, por favor, espere sentado aquí… —dijo apresurada.
—¿Cuál es tu nombre, niña?
—Lilith. —respondió, mientras se alejaba rápidamente en busca de un botiquín.
—Es un hermoso nombre…
Lilith… —susurró, casi inaudible—.
No era necesario que lo hicieras… gracias —murmuró él, observando cómo la joven de piel bronceada se alejaba entre las mesas.
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—Hija —la voz de su padre sonó áspera, cargada de alcohol—, conocí a un hombre que está dispuesto a pagar una gran suma de dinero por ti… si te conviertes en su esposa.