44. Apareciste tú POV Maddox Sonrío con la falsa calma de quien ha ensayado el gesto muchas veces. Su negativa no me sorprende —¿respuesta esperada? Por supuesto—, pero duele igual, como un golpe seco que no viste venir. —Puedes irte. La orden sale de mis labios en un tono frío, contenido. Aun así, admite una grieta: no quiero que se vaya, y eso me humilla más de lo que quisiera admitir. Lo absurdo de la situación me golpea: ella aceptó casarse con ese perdedor mantenido, y sin embargo a mí —a mí, el hombre que lo tiene todo— me dice que no. La rabia se mezcla con incredulidad. Me lo tomo como un desprecio directo, personal. Fue mi intento por las buenas. Le tendí la mano. Si no quiere tomarla… entonces será por las malas. A la mañana siguiente decido a llegar tarde a la oficina. Ant

