Habían pasado cinco días, y cinco desesperadas noches, desde que Angus se marchó. Para Victoria los días habían estado llenos de paseos y de juegos con el gatito, de trabajo con los nuevos contratos que habían llegado a su escritorio procedentes de la Naviera Baker y con los envíos a clientes al destino que hubieran solicitado. Sin embargo, las noches eran muy diferentes. El sueño era escaso y fragmentado. Con frecuencia, se pasaba la noche arriba y abajo, cuando el insomnio la impedía estar en la cama. Angus, la llamaba todas las noches y ella estaba pendiente del teléfono mucho antes e incluso después de que se hubieran despedido, como si le costara cortar aquel breve contacto con él. Una mirada en el espejo aquella mañana le dijo que echarle tanto de menos le estaba pasando factura. Ten

