Él se apartó de mí en el instante en que John entró, acompañado por otros dos guardias. Su presencia era innegable, una ráfaga de energía que llenó la habitación con una tensión renovada. Brandon se centró en él, aún con los pantalones bajos, y antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, John le propinó un puñetazo directo en la cara. La fuerza del golpe resonó en mis oídos, y empecé a toser, tratando de recuperar el aliento tras la asfixiante experiencia. —Te juré que volvería a mí, Clark —se burló Brandon, su risa resonando de manera macabra en el ambiente, como si no tuviera idea del peligro que se avecinaba. —¡Son unos imbéciles! Este preso no puede revisar visitas. Quiero las cabezas de quienes permitieron esto —advirtió John, su voz retumbando con autoridad mientras su

