Hanna.
Al día siguiente, mi esposo fue a trabajar como cualquier otro día normal, yo limpié la casa aunque admito que hoy no tengo muchos labores.
Como suelo limpiar diario, la casa no se ensucia demasiado y me he puesto a preparar el desayuno temprano a penas he terminado he montado todo para poder hacer el almuerzo y está vez no tener que usar magia para que esté listo a tiempo.
Me senté un rato en la sala, encendí el televisor y intenté buscar algo bueno en ella, terminé quedándome viendo una película de acción.
Al rato sonó el timbre, apagué la televisión y fui a abrir.
Mire por el ojo de pez para asegurarme de que no fuera nadie no deseado.
Se trata del jardinero, llevaba una semana sin venir pues, se había enfermado.
Abrí la puerta para atenderlo.
—Buenos días señorita Hanna— Dijo cortésmente el jardinero.
—Buenos días señor Bobb— Contesté sonriendo.
—Ya le he dicho que me puede llamar Bobby— Replicó él ocultando sus mejillas rosas.
—Oh discúlpeme— Dije sonriendo— Si a usted le parece más cómodo entonces así le llamaré— Respondí mostrando mi dentadura blanca en una bien elaborado sonrisa.
—Espero no interrumpir— Dijo haciendo presencia Margaret.
—Buenos días señorita Margaret— Dijo el jardinero saludándola.
—Buenos días Bobby— Contestó ella muy feliz en la vida.
Él la miro extraño, como si esa forma de llamarlo fuera exclusiva.
—Bueno señoritas, si me disculpan iré a regar las flores— Dijo yéndose.
—Muchas gracioso señor bobby— Dije desde la entrada de la casa.
—Hola querida— Dijo Margaret con una sonrisa burlona.
—Hola Margaret— Devolví el saludo—¿Cómo has estado?— Pregunté— Vamos, entremos— Dije para que entrará.
Al entrar Margaret no tardó en ponerse cómoda.
—Ay amiga, tan revoltosa como siempre— Dije en un delirio.
—¿Revoltosa? Creo que quisiste decir exitosa— Dijo invocando unas risas al fondo.
—Buen chiste querida— Contesté mirándola con una ceja levantada.
Ella se levantó del sillón para darme un gran abrazo.
—Te he extrañado— Dijo cubriéndome entre sus brazos.
—Yo también te he extrañado aunque nos vimos la semana pasada— Contesté escuchando las risas de fondo— Margaret ¿Puedes quitar ese hechizo de mi casa?— Pregunté disgustada.
—¿Entonces quien se ría de mis comentarios cómicos?— Preguntó exaltada separándose de mi.
—Si quieres yo puedo fingir que me dan risa— Conteste.
Detrás de mí siguieron las risas.
—¿Ves? Lo hacen todo más divertido— Respondió sonriendo.
La miré de manera que supiera que si no quitaba el hechizo pronto estaría en serios aprietos.
—Esta bien— Contestó dándose la vuelta— Pero una última vez más— Dijo escuchando las repentinas risas del fondo— Esto es vida.
Margaret quitó el hechizo y volvió al sofá.
—Dame un momento— Dije dirigiéndome a la cocina.
Todo aquí parecía estar listo, así que apagué todo, en cualquier caso solo debo usar un hechizo para recalentar todo de nuevo.
«Tal vez no soy tan buena en esto».
Este momento sería perfecto Lara esas risas de fondo.
Salí de la cocina para ir a hablar con Margaret, me senté en uno de los muebles de alado, dándole la cara.
—¿Cómo está Robert?— Preguntó ella.
—muy bien, ahorita anda en el trabajo, está engordando un poco— Contesté mientras acomodaba la cola que me hice en el cabello.
—Debes tener cuidado con eso, cuando menos te lo esperas, se enamoran del pollo crudo— Comentó colocando de manera graciosa los labios.
—Tienes razón— Respondí sonriendo levemente ante su alocada insinuación— ¿A ti como te está yendo en el trabajo?— Pregunté— Discúlpame Margaret se me olvidó preguntar ¿Quieres algo de beber?— Dije levantándome inmediatamente para ir nuevamente a la cocina.
—Me gustaría un poco de té si tienes preparado, por favor— Respondió— y respecto a lo otro, pues ya sabes, hay trabajoso que un hombre no puede hacer si no lo supervisa una mujer— Dijo con un tono burlón.
—Por supuesto Margaret, debes ser la mejor supervisora— Contesté con ironía.
«Enserio que hacen falta esas risas falsas».
Entre a la cocina, moví algunas cosas, hice un hechizo por aquí y por allá y listo, ya tengo el té hecho.
Salí con la tetera y dos tacitas, las coloqué sobre la mesita de vidrio y serví en ambas tazas el té.
—Adelante— Dije agarrando mi taza.
Margaret tomo la suya y bebió un poco.
—Tu magia enserio que es deliciosa— Comentó.
—Gracias— Respondí sonriendo dándole una probada al té que he hecho en tiempo récord.
Al rato luego de hablar de varias cosas con Margaret le pregunté si sabía algo de una nueva hechicera en el vecindario.
—¿Una nueva por estos lares?— Preguntó deteniéndose para reír un poco— No, realmente no he visto a nadie más aparte de nosotras— Contestó— ¿Por qué preguntas Hanna? ¿Ha pasado algo?— Preguntó.
Fruncí el seño al escucharla, si Margaret no sabía nada entonces es posible que la nueva venga con problemas incluidos.
—No quiero asustarte pero ayer encontré mi radio hechizada.
—¡¿Qué?!— Exclamó sorprendiéndose.
—Es no es lo único raro, luego cuando llegó Robert, de alguna forma lograron hechizarlo, dejándolo estático— Agregué para finalizar mi relato.
—¿No tienes un hechizo protector puesto alrededor de la casa?— Preguntó dando otro sorbo a su té.
—Por supuesto por eso es que se me hace aún más extraño— Contesté.
—En serio que es extraño, si hay otra hechicera por los suburbios significa que nos han encontrado y eso quiere decir.
—Problemas— Completé lo que está por decir.
Ambas nos miramos preocupadas, Margaret no tardó en levantarse para empezar a dar vueltas en pánico.
—No me pueden encontrar ¿Sabes lo que me harían?— Preguntó— Si mi madre se entera me cortará las manos para así no poder hacer más magia— Dijo aterrorizada.
—En realidad también podemos conjurar a través de hechizos orales— Dije para aclarar su confusión.
—Ay dios mío Hanna, eso no importa ahorita, ¿Si entiendes el problema en el que estamos metidas?— Preguntó a tal punto que pareciera desmayarse en cualquier momento.
—Solo hay que guardar calma, somos dos podemos con cualquiera— Contesté levantándome para luego arreglar mi vestido.
—No basta con nosotras, necesitaremos un ejercicio— Contestó exagerando un poco—Además si pudieron romper tu hechizo significa que mandaron a alguien poderoso— Agrego entrenado en pánico— Estamos perdidas.
—Calma Margaret, romper un hechizo tan sencillo no es complicado, nuestra prioridad es ubicar la amenaza— Dije colocando mis manos en su espalda intentando tranquilizarla.
—Para mi si es algo muy difícil romper esos hechizos— contestó exaltada.
«Pobre Margaret, la mafia nunca ha Sido lo suyo».
—¿Qué te parece si te preparó una rebana de pie de limón?— Pregunté para intentar calmarla.
Margaret respiraba agitada.
—Tráeme un poco de agua por favor— Respondió.
—Claro voy, toma asiento, ya vuelvo— Dije corriendo por agua.
Al volver con el agua Margaret se veía un poco más tranquila.
—Toma Margaret— Dije entregándole el vaso.
Ella lo agarró y empezó a tomar todo el agua en un momento.
Me senté nuevamente a observarla.
—¿Satisfecha?— Pregunté.
No obtuve respuesta, ella solo sonrió.
De inmediato noté que algo estaba mal.
Crucé rápidamente mis manos y empecé a conjurar un hechizo medianamente complicado.
«Espero salga bien».
Luego de decir las palabras correctas logré activar de manera eficaz el hechizo.
Adentrándome en la conciencia de Margaret.
Adentro me encontré con ese ente, era una cara muy escalofriante, seguramente está usando un hechizo para proteger su identidad.
—¿Quién eres?— Pregunté firmemente.
Esa cosa solo se reía sin parar.
—No tengo tiempo que perder— Dije terminando el hechizo para volver a la normalidad a Margaret.
—No te descuides— Murmuró esa cosa siendo expulsada de la mente de Margaret.
Un miedo enorme se apoderó de mi cuerpo pero al menos había logrado llevar el hechizo acabó.
—¿Qué ha pasado?— Preguntó Margaret— ¿y por qué me duele la cabeza? Siento como si un gato me hubiese aruñado la cara— Termino por decir.
Pude notar que se encuentra mareada, me tranquilice de inmediato para no infligirle más miedo del que seguro ya tiene.
—Calma Margaret, si quieres a recuéstate un rato— Sugerí acercándome a ella.
—Gracias Hanna pero estoy bien— Dijo sonriendo aunque aún seguía confundida.
Volví a la cocina por un poco más de agua, en ese momento sentí nuevamente como era observada, preferí hacerme la ingenua, haciéndole creer a este hechicero que tiene el juego ganado.
Salí de allí para entregarle el agua a Margaret y de una vez coloqué en ella un hechizo para que no puedan entran nuevamente a su cabeza.
—¿Qué haces?— Preguntó ella.
—Solo es un hechizo para asegurar que no te posean— Respondí.
—¿Pueden hacer eso?— Preguntó sorprendida.
—Ya no— Contesté.
—Tengo miedo Hanna— Dijo en voz baja.
«Yo también estoy asustada».
Me senté a un lado de Margaret para abrazarla y poder calmarla un poco.
«Debo pensar en cómo cuidarnos a todos».
Esa cosa nos debe estar observando.
«Ahora si, mi pacífica vida se ha vuelto un lío».