Era cerca del mediodía de un espléndido día asoleado, cuando Gia, Callie y Alma trabajaban en el huerto al día siguiente. Las hileras de tomates, calabazas y hierbas aromáticas desprendían un aroma fresco, mientras el canto de los pájaros llenaba el aire. Alma, con las manos cubiertas de tierra y el cabello recogido en un moño desordenado, se sorprendía a sí misma disfrutando del momento. Nunca había sido particularmente hábil en trabajos manuales, pero había algo reconfortante en ensuciarse las manos y ver los frutos de tu esfuerzo. —¿No es tan malo como creías, verdad? —comentó Callie con una sonrisa traviesa, colocando unas hojas de albahaca recién cortadas en una cesta. Alma rió suavemente, pasando el dorso de su mano por la frente para quitarse el sudor. —No. En realidad, es... a

