Capítulo 7. Hermanadas

1564 Words
Michael aguardaba en el pasillo, su mirada fija en la puerta cerrada de la sala de enfermería. Las paredes blancas y estériles del lugar parecían cernirse sobre él, intensificando la sensación de claustrofobia que se había intensificado mientras estaba allí, al final de cuentas era un felino... Y para acompañar su malestar, cada segundo que pasaba, la incertidumbre lo devoraba un poco más, como si su propia mente conspirara para llenarlo de imágenes de Alma sufriendo en un loop interminable de perverso padeciendo. Y las voces dentro de su cabeza no cesaban de atormentarlo, repitiendo preguntas sin respuesta: ¿Está ella sufriendo más aún? ¿Acaso está consciente? ¿Me recuerda siquiera? De solo pensar todo eso su alma se estremecía. Mierda, ese no era el reencuentro que había imaginado en su mente. Y mientras esperaba y los minutos se convertían en horas interminables, un puño aferraba su corazón, y apretaba cruelmente. Habían pasado muchas horas desde que Alma había sido rescatada, pero cada vez que intentaba acercarse, encontraba una barrera, una nueva excusa, una razón más para mantenerlo a distancia y se sentía como una pantera enjaulada, recorriendo esos pasillos mientras su familia se acercaba uno por uno para ver como estaban y él apenas podía responder, apenas podía respirar. La impotencia se acumulaba en su pecho, como una presa a punto de desbordarse. Y ahora, esperaba de nuevo, con los puños apretados, sintiendo el dolor de las garras clavándose en su piel, como si ese dolor físico pudiera distraerlo del tormento emocional que lo consumía por dentro mientras el tiempo pasaba con su lentitud cruel. La puerta se abrió de repente, y Gia emergió de la habitación, cerrando con suavidad detrás de ella. Al ver a Michael, suspiró, sabiendo lo que se venía. Él no esperó que hablara; se acercó a ella con pasos decididos, su expresión tensa, el dolor y la angustia marcados en cada línea de su rostro. Las sombras bajo sus ojos eran testimonio de noches sin dormir previas al rescate de Alma, de pesadillas que lo habían mantenido en vilo años, décadas... siempre reviviendo el momento en que la había perdido. Siempre tan lejos de encontrarla, tan cerca de volver a perderla, de perderse con ella... —¿Y cómo te fue? —preguntó, sus palabras cortas y secas, intentando mantener el control de sus emociones, aunque su voz traicionó la desesperación que sentía. De hecho el tono de la pantera Alpha podía oírse en ella. La imagen de Alma, frágil y vulnerable, inundaba su mente, y la necesidad de protegerla lo impulsaba a saber más, a hacer algo, cualquier cosa que pudiera aliviar su dolor. Y su instinto animal energía frente a esa situación. Gia lo miró por un segundo conteniendo su respiración, evaluando si debía ser honesta de inmediato o suavizar el golpe. Decidió optar por lo primero, sabiendo que Michael no se conformaría con menos. Era un macho que prefería la verdad, por cruda que fuera, a vivir en una ilusión. Aunque paradójicamente nunca había perdido la ilusión de reencontrarse con ella, su primer amor, su todo. —Nada bien —respondió ella con sinceridad, su tono grave, reflejando la gravedad de la situación—. Está completamente desorientada. Y todavía muy afectada, Michael. Tanto física como mentalmente. Apenas confía en nadie, y... —¿Y qué? —interrumpió él, impaciente. Sabía que había más, lo sentía en el tono de voz de Gia, en la vacilación que la hizo detenerse. Esa pausa, ese silencio que pesaba tanto, le daba a entender que las noticias no eran solo malas, sino peores de lo que había imaginado. —Me odia —dijo Gia con un suspiro pesado—. Bueno, tal vez no me odia, pero... —se frotó las sienes, frustrada y con cansancio—. No confía en mí, me ve como una enemiga. La confusión que siente es abrumadora, y cualquier intento que hago por acercarme solo la aleja más— dijo y suspiró con evidente frustración. Michael cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia adelante mientras sus manos se apoyaban en sus caderas. Una sensación de impotencia lo embargó, tan fuerte que por un momento se sintió mareado. Había soñado tantas veces con este momento, con estar junto a ella, abrazarla y decirle que todo estaría bien, que nunca más estaría sola, lo mucho que la amaba, todo lo que la necesitaba. Pero a cada momento, la posibilidad de achicar esa brecha que los separaba se hacía más grande, insalvable. —Voy a entrar —declaró de repente, levantando la vista hacia Gia con una determinación inquebrantable, su voz cargada de una resolución desesperada. No podía seguir esperando, no podía permitir que más excusas lo mantuvieran alejado de Alma. Ella negó con la cabeza de inmediato, su expresión mostrando una mezcla de compasión y firmeza. —No creo que sea lo mejor ahora, Michael. Alma está inestable, y tu presencia podría alterarla más. Está luchando contra demasiados demonios en su cabeza, y si tú entras ahora... podría ser demasiado para ella... Michael apretó los puños. La frustración lo consumía como un fuego interno, quemando su paciencia, debilitando su autocontrol. Estaba harto de esperar, de que le dijeran una y otra vez que no era el momento adecuado. Había esperado días, semanas, años para tenerla cerca de nuevo, y cada vez que estaba a punto de alcanzarla, alguien lo detenía. Y ya no era Fox, pues aunque la tenía allí a solo un par de metros parecía que estaba a kilómetros de allí. —Estoy cansado de esperar, Gia —dijo, su voz rota por la frustración y el dolor que llevaba acumulando durante tanto tiempo—. He sido paciente, he seguido cada maldito protocolo, pero no puedo seguir así. No puedo... —su voz se quebró, y miró hacia la puerta de la enfermería como si estuviera a punto de derrumbarse. Sabía que si no hacía algo pronto, su mente, su alma, no aguantarían mucho más—. Necesito verla. Necesito saber que está bien. Necesito hablar con ella, Necesito...— su voz se quebró y Gia lo observó en silencio, viendo la tormenta de emociones que se desataba dentro de él. Incluso podía sentirla en su cuerpo...Sabía lo mucho que Michael había sufrido por Alma, cómo había cargado con la culpa de no haberla protegido antes. Pero también sabía que, en este momento, Alma no estaba lista para enfrentarse a esa intensidad. Cualquier paso en falso podía significar la ruptura total de su frágil estado mental. Y ella era la prioridad. —Lo sé, Michael —dijo suavemente, poniéndole una mano en el hombro, intentando transmitirle algo de la calma que él tanto necesitaba incluso usando sus poderes que ya parecían no hacer efecto en él—. Lo sé mejor que nadie. Pero créeme, si entras ahora, no encontrarás lo que esperas. Ella está muy lejos de ser la Alma que conociste... Michael apartó la mano de Gia con suavidad pero firmeza, sus ojos clavados en la puerta, con una mezcla de dolor, rabia, y una determinación que se negaba a ceder. —No me importa si no es la misma —dijo con un tono bajo, casi en un susurro, su voz cargada de una tristeza que le pesaba en el alma rota—. No me importa cómo esté ahora. Solo quiero que sepa que estoy aquí, que no la dejaré sola. Que puede confiar en mí, aunque no confíe en nadie más. Que soy yo, ¿entiendes? SOY YO... Gia suspiró profundamente, sabiendo que cualquier palabra que dijera podría caer en oídos sordos, pero aun así lo intentó. Tenía que hacerle entender que, por más noble que fuera su intención, su presencia en este momento podría hacer más mal que bien. —No puedes arreglar esto de la noche a la mañana, Michael. Y creo que lo sabes...Ella no confía en nadie. Ni siquiera en sí misma. Si entras ahora, podrías romper lo poco que queda de su estabilidad mental. Déjala sanar, déjala enfrentarse a lo que sea que está lidiando por dentro. Ya está aquí, y eso es lo importante... Michael la miró, sus ojos brillando con una mezcla de ira y tristeza, eran los ojos de su pantera que estaba rasgando su piel de adentro hacia afuera. Sentía que cada palabra de Gia era un recordatorio de lo lejos que estaba de poder ayudar a Alma en el corto plazo, de lo insignificantes que eran sus esfuerzos frente al dolor que ella estaba cargando. Luego, lentamente, bajó la cabeza y respiró hondo, tratando de calmar el caos que rugía dentro de él. —De acuerdo, está bien—murmuró, derrotado, aunque el enojo y la frustración seguía ardiendo en su interior—. Pero si algo cambia... si hay una mínima señal de que ella me necesita, no me detendrás. Entraré...— le advirtió. Gia asintió, sabiendo que no podía prometerle lo contrario. En su corazón, compartía la desesperación de Michael incluso podía literalmente casi palparla, pero también entendía la fragilidad del estado de Alma y en ese momento, era su prioridad más que nada. Pues el propio Michael le había encargado esa tarea y no pensaba fallarle, aparte, aunque la mujer la rechazara de algun modo, al haber sido ambas sometidas a los “experimentos” de Fox, se sentía hermanada con Alma.
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