“Un ALPHA en una manada de Changers es el líder que ocupa la máxima autoridad, combinando superioridad física, inteligencia emocional y habilidades estratégicas. Este individuo dirige, protege, y mantiene la cohesión del grupo, ganando respeto y lealtad de los demás miembros. La posición de Alpha se basa en una mezcla de factores genéticos y experiencia, que lo capacitan para tomar decisiones cruciales y resolver conflictos, asegurando la supervivencia y éxito de la manada.”
Profesora Alma Suárez.
Michael se adentró en su cabaña, sintiendo que cada paso que daba era una lucha contra el peso invisible que se cernía sobre él. La madera del suelo crujía bajo sus botas, un sonido que normalmente habría sido reconfortante, pero ahora solo acentuaba el vacío que lo envolvía. El eco de su propia frustración resonaba en su mente, mezclándose con la tristeza que lo ahogaba, como si el aire en la cabaña fuera demasiado denso para respirar.
Las paredes de la cabaña, que solían ofrecerle refugio, ahora parecían cerrarse a su alrededor, ahogándolo. Su mirada recorrió el lugar, buscando sin éxito algún consuelo en los objetos familiares: la mesa de roble pulido, las estanterías llenas de libros, y la chimenea que no tenía fuerzas para encender. Todo le parecía distante, como si perteneciera a una vida que ya no era la suya.
Se dirigió al baño con pasos arrastrados, deseando que el agua caliente pudiera lavar algo más que la suciedad en su piel. Al dejar caer la ropa al suelo, sintió una punzada de desprecio hacia sí mismo por no poder hacer más por Alma, por estar allí, impotente, mientras ella sufría. Cerró los ojos cuando el agua comenzó a correr, dejando que el vapor llenara el espacio reducido. El calor era casi insoportable, pero él lo soportó, dejando que la sensación quemara su piel, una penitencia autoimpuesta por su incapacidad para proteger a su compañera destinada, aunque nunca hubieran llegado a emparejarse.
El agua resbalaba por su cuerpo, pero no lograba disipar la presión que sentía en el pecho ni en su alma. Sus pensamientos eran un caos, una maraña de imágenes de Alma, su rostro marcado por el dolor, sus manos temblorosas, sus ojos suplicantes. La idea de no poder salvarla lo atormentaba, y aunque intentaba convencerse de que necesitaba tiempo para pensar con claridad, la realidad era que cada minuto que pasaba lo acercaba más a la desesperación y se sentía como un gato enjaulado.
Cuando finalmente salió de la ducha, el frío del aire exterior lo golpeó con fuerza, pero apenas lo notó. Se secó rápidamente, dejando la toalla en el suelo, y se vistió sin preocuparse por lo que llevaba puesto. Todo lo que importaba era regresar a la habitación donde Alma estaba, aunque sabía que no podía hacer nada más por ella en ese momento.
Caminó hacia la cocina, intentando ignorar el vacío en su estómago. No tenía hambre, pero la debilidad física empezaba a hacerse notar. Abrió el refrigerador sin pensar realmente en lo que buscaba, solo para cerrarlo un segundo después. El mero pensamiento de comer algo lo revolvía, como si su cuerpo rechazara cualquier intento de cuidarse en medio de tanto dolor.
Entonces, un golpe suave en la puerta lo sacó de su ensimismamiento. Frunció el ceño, extrañado de que alguien lo buscara en ese momento. Con movimientos lentos, se acercó a la puerta y la abrió, encontrándose con Kitty, la chica que quería como una hija. La joven estaba allí, con una bandeja en las manos, su expresión reflejando una mezcla de preocupación y determinación.
—Michael —dijo Kitty, su voz suave, casi como si temiera romper algo frágil dentro de él aunque siempre había sido el macho más fuerte que había conocido en su vida... en ese momento lo veía como nunca lo había visto antes, mostrándose tan vulnerable—. Te traje algo de comer.
Por un momento, Michael se quedó mirándola, sus pensamientos confusos. La preocupación en los ojos de Kitty lo tocó, pero no logró atravesar del todo la barrera de frustración que lo envolvía.
—¿Qué haces aquí, Kitty? —preguntó con un gruñido gatuno, sus palabras cargadas de una brusquedad que no pretendía, pero que no pudo evitar.
Kitty no se inmutó. Conocía bien a Michael, sabía que esa dureza no era dirigida a ella, sino a la situación que lo superaba. Dio un paso adelante, entrando en la cabaña y dejando la bandeja sobre la mesa con movimientos delicados.
—Siempre estuviste para mí —respondió ella, girándose para mirarlo directamente—. Quiero estar para ti ahora. Sé que esto es difícil, pero tienes que resistir, Michael. Por Alma... y por ti mismo— y por todos nosotros pensó Kitty para sí misma viendo el estado deplorable en que se encontraba el hombre que la había salvado y no solo eso, sino que gracias a él allí había conocido al padre de sus cachorros, había formado una familia…Ella amaba a Michael como si fuera su padre y le dolía verlo así.
Michael sintió una punzada en el pecho al escuchar esas palabras. Sabía que Kitty tenía razón, pero la lógica no aliviaba la desesperación que sentía. Sus ojos se encontraron con los de ella, buscando alguna forma de rebatir lo que decía, pero la resolución en el rostro de la joven pelirroja lo desarmó.
—No es lo mismo, Kitty —dijo finalmente, su voz áspera por la emoción contenida, mientras se pasaba una mano por el cabello oscuro mojado.
Ella lo miró con una mezcla de comprensión y firmeza, como si estuviera dispuesta a sostenerlo a pesar de su resistencia.
—Tal vez no, pero somos familia, Michael —replicó, con una suavidad que solo se logra con el amor genuino—. Y la familia se cuida, se apoya. Por favor, come algo. Todos estamos preocupados…— pero la habían mandado a ella porque sabían que Michael sentía debilidad por la pequeña pelirroja que había vivido con él un tiempo, antes de emparejarse con su primo Luke.
Michael la observó en silencio, su mente luchando entre el deseo de aislarse y el reconocimiento de que Kitty solo quería ayudar. El conflicto interno lo agotaba, pero la persistencia en los ojos de la joven era inquebrantable. Con un gruñido de resignación, finalmente se dejó caer en la silla junto a la mesa, tomando el tenedor sin ganas.
Kitty lo miró con alivio cuando lo vio comenzar a comer, su propio corazón encontrando un poco de paz al saber que había logrado romper la coraza de Michael, aunque solo fuera un poco. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, mientras se sentaba frente a él, observándolo en silencio mientras él comía en un acto casi automático, pero necesario para estar fuerte para Alma y para toda su manada.