Paralelamente, en la habitación donde mantenían a Alma, Leona entró en silencio, llevando una bandeja con comida. Sus pasos eran suaves, casi imperceptibles, como si temiera romper la frágil paz que llenaba la habitación. La luz tenue de la lámpara en la mesita de noche proyectaba sombras suaves en las paredes, creando un ambiente casi surrealista. Alma estaba sentada en la cama, su postura encorvada y sus ojos perdidos en algún punto de la pared, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir para ella. Su expresión desolada y la palidez en su rostro revelaban el peso de la situación que estaba atravesando.
Leona observó a la humana con una mezcla de preocupación y profesionalismo. Sabía que el encierro y la incertidumbre eran difíciles para Alma, especialmente en un lugar que no comprendía y rodeada de seres que no conocía. Pero también sabía que, en su estado, necesitaba comer, mantener su fuerza para poder soportar lo que vendría. La bandeja contenía un menú simple pero nutritivo: sopa caliente, pan fresco y una pequeña porción de ensalada. Leona la había preparado cuidadosamente, sabiendo que una buena nutrición era esencial en circunstancias tan críticas.
—Hola… Mi nombre es Leona y te traje algo de comer —dijo la loba, su voz calmada y medida, mientras se acercaba a la cama con pasos silenciosos. Aunque Alma no estaba atada y las condiciones no le permitían pelear con una Changer como ella, Leona sabía que igual había riesgo de que intentara hacer algo.
Alma no respondió. Sus brazos permanecían cruzados sobre su pecho, como si quisiera protegerse de un peligro invisible e inminente. Sus ojos, sin embargo, se movieron hacia Leona con desconfianza, observando cada uno de sus movimientos con cautela. El silencio entre ellas era palpable, cargado de una tensión que parecía casi tangible.
—Sé que no es fácil —continuó Leona, dejando la bandeja en la mesita de noche y sentándose en el borde de la cama con una calma calculada—, pero necesito que colabores. Tienes que comer algo, mantenerte fuerte.
El silencio que siguió fue pesado, como una nube de incertidumbre que envolvía la habitación. Alma finalmente giró la cabeza para mirarla, sus ojos destilando una mezcla de rabia y tristeza. La furia contenida en su mirada era un reflejo de su desesperación, y Leona no pudo evitar sentir una punzada de empatía por la pobre mujer humana.
—Un nombre inusual para una loba. Por cierto, ¿por qué hay una loba entre gatos? ¿Es algo nuevo? —espetó finalmente Alma con frialdad, su voz goteando veneno—. Tú no perteneces aquí más que yo…
Leona no pudo evitar sonreír ante la astucia de Alma, a pesar de la situación. Era evidente que esa humana tenía una mente aguda y una capacidad para captar detalles sutiles, una cualidad que, aunque desafiante, también era admirable.
—Eres muy perceptiva, Alma. Lo admito. Y sí esta no es mi manada, aunque Michael tiene en su manada otras razas y especies...— dijo crípticamente pensando en Peyton pero sin mencionar al soldado específicamente —. Es que mi Alpha tiene una buena relación con Michael, el Alpha de esta manada. Estoy aquí porque quiero lo mejor para ti. Igual que todos… Solo vine a ayudar…
Alma entrecerró los ojos, su desconfianza intensificándose. La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo, y la frialdad en su voz reflejaba su determinación de no ceder.
—Si eso fuera cierto y me “quisieras ayudar” como dices tú y la otra hembra, me dejarían ir —replicó con la voz quebrada, dejando entrever el dolor que intentaba ocultar tras su máscara de hostilidad.
Leona suspiró, sintiendo una punzada de empatía por la humana. Sabía que no había palabras que pudieran aliviar su sufrimiento en ese momento, pero también sabía que su supervivencia dependía de que se mantuviera fuerte. Su mirada se suavizó mientras observaba a Alma, reconociendo la lucha interna que se reflejaba en su mirada.
—Todavía no puedes irte, Alma. Lo entenderás con el tiempo. Michael y tú eran amigos hace mucho. Buenos amigos. ¿Realmente no recuerdas nada? —inquirió la médica, alzando una ceja en un gesto de curiosidad y preocupación.
La furia contenida en los ojos de Alma era palpable, y por un momento, Leona pensó que la humana podría atacarla a pesar de todo. Pero Alma solo apretó los puños, temblando ligeramente mientras luchaba contra las lágrimas que amenazaban con brotar de sus hermosos ojos castaños con un toque de verde y otro de ámbar.
—No sé quién mierda es Michael ni me importa… Lo único que quiero es irme de este sitio —dijo con una determinación que hizo que Leona dudara por un momento de la prudencia de mantenerla allí. La desesperación en la voz de Alma era clara, y Leona sintió una oleada de tristeza por la situación en la que se encontraba aunque no pudiera ceder ante ella.
Con un gesto de frustración, la doctora tomó el plato de comida y lo probó frente a Alma, llevándose un bocado a la boca con calma. Quería demostrarle que no había nada de qué preocuparse, que su intención era genuina.
—No está envenenada ni tiene drogas —dijo con firmeza, tragando el bocado mientras mantenía la mirada fija en Alma—. Yo digo que si realmente quieres irte, necesitas estar fuerte. Y para ello, comer es lo mejor que puedes hacer ahora.
Alma no respondió de inmediato, pero Leona pudo ver la lucha interna reflejada en su rostro. Sabía que la humana estaba atrapada entre su necesidad de sobrevivir y su deseo de resistirse a ellos. Finalmente, la loba se dio media vuelta para irse de allí.
Pero antes de salir, Alma tomó la bandeja con manos temblorosas, su mirada fija en la espalda de Leona como si intentara descubrir alguna trampa o intento de drogarla. A pesar de su desconfianza, había una chispa de aceptación en su gesto, un pequeño signo de que tal vez, en el fondo, comenzaba a ceder.
Leona salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella con un suave clic. Después se detuvo en el pasillo, mirando por la ventana que daba a la habitación, y sonrió con satisfacción. Había logrado un pequeño avance, y eso le daba esperanza de que tal vez, con el tiempo, Alma podría entender que estaban allí para ayudarla.
—Buena chica —murmuró con suavidad, mientras observaba desde allí cómo Alma comenzaba a ingerir la comida. Había logrado que confiara un poco en ella, pensó mientras la figura de la delgada y maltrecha humana se recortaba contra la luz tenue de su habitación. Sabía que el camino era largo, pero cada pequeño paso contaba.