Michael observó el cielo oscurecido, su luz tenue reflejada en los ojos de Alma. Aunque el recuerdo compartido entre ambos había despertado algo en ella, Michael sabía que era solo el comienzo. Decidido a calmar sus pensamientos y a integrarla un poco más a la vida de la manada, se levantó con un gesto tranquilo y extendió una mano hacia ella. —¿Te gustaría venir a cenar con el resto de la manada? —preguntó con un tono que intentaba ser casual, pero su mirada traicionaba un dejo de anhelo. Alma lo miró dudosa por un momento, pero finalmente aceptó, dejando que Michael la ayudara a ponerse de pie. Su mano era cálida y fuerte, y algo en el contacto la hizo sentir segura, aunque no entendía del todo por qué. Mientras caminaban hacia el comedor, Michael le habló de las tradiciones de la man

