Capítulo 14. Alma libre

1284 Words
Alma salió de la sala donde estaba a resguardo lentamente, con pasos vacilantes. A su lado Gia la seguía de cerca. Pareció un trecho largo hasta que de repente, la luz del sol la encegueció y el aire fresco golpeó su rostro como una ráfaga inesperada de vida. Cerró los ojos por un instante, dejándose envolver por la brisa, como si fuera la primera vez que respiraba en libertad en años. Bueno de hecho prácticamente lo era pues casi no recordaba nada de su rescate. Cada célula de su cuerpo pareció despertar, sacudiéndose el letargo de su encierro. Dio un paso más, sintiendo el suelo bajo sus pies, y luego, con una decisión que parecía frágil pero firme, se agachó y se quitó los zapatos. El contacto directo de la hierba con su piel la estremeció. Estaba frío, húmedo, real. Tan real que su cuerpo se sacudió por el impacto. Durante un segundo, simplemente se quedó quieta, con los pies descalzos hundiéndose en la tierra blanda, respirando profundamente, como si el aire pudiera purificar las cicatrices invisibles que llevaba dentro, en el alma. Dio vueltas sobre sí misma lentamente, los ojos cerrados, inhalando con fuerza, y cuando por fin se detuvo, cayó de rodillas en la tierra, sus hombros estremeciéndose mientras las lágrimas empapaban su rostro de felicidad. El peso de la liberación la empujó hacia abajo, como si la tierra la llamara a abrazarla, a reconectarse con lo que había perdido. Con las manos abiertas, tocó la hierba, dejando que las hojas húmedas se enredaran entre sus dedos, aferrándose a ese momento de paz. Un pequeño grupo de la manada observaba desde la distancia, algunos con curiosidad, otros con desconcierto. No conocían a Alma, incluso estaba Callie la hermana de Michael que la había visto hacía años pero muy brevemente entre ese grupo. Todos la observaban intrigados, esa era la mujer que amaba su hermano y era raro ver a un ser así, vulnerable, como una criatura recién liberada de su jaula. No había desprecio en sus miradas, pero sí una mezcla de sorpresa y cautela con ella. Michael, desde lejos, la observaba también, su corazón apretado en un nudo que lo ahogaba. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero él las contenía con todas sus fuerzas. Era incapaz de moverse, de acercarse. Sentía que si lo hacía, podría arruinar ese pequeño instante de feliz libertad que ella finalmente estaba experimentando. La imagen de Alma, descalza, con los pies hundidos en la tierra, se quedaría grabada en su mente para siempre. Su respiración era pesada, llena de emociones que no sabía cómo manejar. El miedo seguía ahí, latente, pero algo más profundo comenzaba a surgir, una mezcla de orgullo y tristeza. Ella estaba comenzando a sanar, y él, desde la distancia, no sabía si algún día podría ser parte de esa sanación, y eso lo partía en dos. Entonces, algo mágico ocurrió. Las hojas de los árboles empezaron a arremolinarse suavemente alrededor de Alma. No de manera agresiva, sino como un abrazo de la naturaleza misma. Las hojas giraban y danzaban a su alrededor, creando una especie de halo verde que la envolvía en un remolino suave y acogedor. Alma abrió los ojos, fascinada, y sonrió por primera vez en lo que parecían siglos. Era un gesto pequeño, pero auténtico, como si la naturaleza estuviera respondiendo a su liberación. Kitty, que observaba desde un costado, sonrió también, satisfecha con su creación. Ella, una bruja elemental, había llamado al viento y las hojas para ofrecerle a Alma una bienvenida que sólo la naturaleza podría dar. Alma, todavía maravillada, se levantó lentamente y, con pasos cautos, se acercó a Gia. Y para sorpresa de todos, Alma rodeó a Gia con sus brazos en un abrazo, apretando su rostro contra el hombro de la mujer, como si ese contacto humano fuera lo que más necesitaba en ese momento. —Gracias —murmuró Alma, su voz quebrada por la emoción—. Gracias por... por todo. Gia, un poco desconcertada al principio, la abrazó de vuelta, apretando su brazo con suavidad. Era la primera vez que Alma tomaba la iniciativa de acercarse a alguien desde que la habían rescatado. Esto no era solo un gesto, era una señal de esperanza, una promesa de que la Alma que Michael recordaba aún estaba allí, luchando por salir. Después de soltar a Gia, Alma se volvió hacia Kitty, con una mirada de asombro genuino. —¿Fuiste tú? —preguntó, refiriéndose a las hojas que aún revoloteaban a su alrededor—. ¿Acaso eres una elemental? — dijo extasiada para sorpresa de Kitty que asintió, sonrojándose levemente ante la atención. Sabía lo suficiente de la mujer para sentirse halagada de su atención, había sido una joven galardonada profesora universitaria y según le había contado Callie era una humana muy poderosa, o al menos lo había sido antes de que el horrible Fox la retuviera contra su voluntad y la rompiera de adentro hacia afuera. —Sí —respondió con humildad la joven pelirroja—. Es solo una pequeña parte de lo que puedo hacer. Pero lo soy... y también soy parte de la manada, igual que tú. Alma sonrió, con ese aire de profesora que solía tener en la universidad, una chispa de admiración en sus ojos. —Había leído sobre elementales en los libros, pero nunca conocí a uno en persona. Estoy encantada — dijo y era verdad. Aunque en ese momento no podría explicar como supo que Kitty no era simplemente una telequinética y ya sino que era otra cosa muy poderosa, de algún modo parte de su cerebro se activó y lo supo, igual que toda la información adicional de lo que eran los elementales, brujos antiquísimos conectados con los poderes de la naturaleza. La conversación se interrumpió cuando un pequeño y conocido puma apareció corriendo por el claro, brincando con una energía que solo podía pertenecer a un cachorro. Detrás de él, una felina más pequeña pero pantera lo seguía, ambos deslizándose por el suelo con agilidad felina. Los dos felinos se lanzaron sobre Alma con alegría juvenil, empujándola suavemente, jugando con ella como si la conocieran desde siempre. Alma, sorprendida al principio, pronto se encontró riendo, riendo de verdad, como si todo el peso del mundo se hubiera levantado de sus hombros por un momento. Era el pequeño hijo de Gia, y Pía su compañera de juegos. Gia, observando la escena, no pudo evitar sonreír también aunque en su cabeza reprendió a su pequeño por escaparse de su maestra. Pero luego, pudo sentir el calor del amor en su pecho y no pudo enojarse con él, su pequeño travieso parecía haber heredado una cuota de poder empático también…Finalmente, conmovida, se acercó un poco más a esa humana tan especial, y le dijo en voz baja: —Bienvenida a la manada, Alma... Michael, que seguía observando desde la distancia, sintió que su corazón se le rompía un poco más, pero de una manera diferente esta vez. La alegría de verla sonreír, de verla comenzar a sanar, lo abrumaba de tal manera que no sabía si reír o llorar. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente cayeron, una tras otra, mientras veía a Alma jugar con los cachorros, mientras veía cómo, poco a poco, estaba volviendo a ser quien había sido una vez. Y aunque su instinto le gritaba que corriera hacia ella, que la tomara entre sus brazos y la protegiera para siempre, sabía que no podía. Alma estaba empezando a caminar por su cuenta, y él debía permitirlo pues era la única posibilidad de una verdadera recuperación para ella, aunque temiera y le doliera estar tan cerca como tan lejos de ella.
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