"Los secretos del inconsciente no son para todos. Hay verdades tan profundas y tan peligrosas que, si fueran liberadas, destruirían el frágil equilibrio que hemos construido entre lo real y lo imaginado. Los seres humanos, en su esencia, son capaces de más de lo que permiten sus limitaciones sociales y emocionales. Sin embargo, hay poderes que deben permanecer en las sombras, no por miedo, sino por la responsabilidad de entender que no todo lo que se puede controlar debe ser liberado."
Dra.Alma Suárez
Le había pedido libros.
Al principio, cuando Alma lo mencionó, Michael pensó que era una pequeña victoria. Un paso hacia la recuperación. El saber que ella, a pesar de todo, seguía siendo la persona brillante y curiosa que siempre había sido.
Gia lo había consultado con él antes de darle algunos textos, asegurándose de omitir ESE libro, el que la había hecho famosa: el tratado que ahondaba en las profundidades de los poderes (humanos) y changers. No quería que ella reviviera más traumas. Y ella aún no estaba preparada.
Michael suspiró. Desde su posición, a través de la ventana espejada, él observaba cómo Alma abrazaba uno de los libros contra su pecho, como si fuera un gran tesoro. Era un gesto que le dolía profundamente pensando en todas las privaciones que debió pasar, su mente siempre había sido ávida de conocimiento y había sido tan hambreada como su mente y espíritu también lo fueron.
Y sabía que el libro que ella sostenía era "Rebelión en la granja" de Orwell, un clásico que él mismo había elegido para ella, no solo por su relevancia, sino también porque esperaba que ella recordara...
Michael suspiró nuevamente, notando el vacío a su alrededor, y sin pensarlo dos veces, empujó la puerta para entrar. Ya estaba cansado de esperar, no podía más...Alma alzó la vista al oírlo, fue inmediato, sus ojos grandes y cansados se llenaron de una mezcla de sorpresa y algo más oscuro: miedo. Y se achicó como un animal acorralado, una presa frente a su depredador.
—Te traje libros —dijo, rompiendo el silencio incómodo mientras cerraba la puerta tras de sí. Ese era su primer intercambio desde que la rescató. Ella pareció sopesar lo que iba a decir y finalmente carraspeó.
—Lo sé —respondió ella, su voz apenas un murmullo, mientras mantenía el libro apretado contra su pecho como si fuera una especie de escudo—. Gracias...
—Te rompe el corazón, ¿no? —Michael señaló el libro que ella sostenía—. Todo lo que Orwell escribió... tan apropiado para estos tiempos. Es triste pensar en su final. Me refiero al de él...
Alma entrecerró los ojos, sus labios apretados en una fina línea de amargura.
—No fue suicidio —dijo abruptamente—. Lo mató el Comando. Sabes bien que ellos fueron los responsables.
Michael asintió, su mirada nunca apartándose de la suya.
—Lo sé —dijo suavemente—. Y los odio tanto como tú.
—Eso es irrelevante —replicó ella rápidamente, su voz firme, pero temblorosa. El miedo estaba ahí, enterrado bajo su fachada de fuerza.
Él se acercó un paso, tratando de romper esa barrera invisible que ella había levantado entre ambos. Sabía que estaba empujando los límites, pero no podía soportar más la distancia entre ambos.
—Te salvé, Alma —dijo con un tono más suave, buscando sus ojos—. ¿Eso no cuenta para nada?
—No —respondió ella, con una frialdad que lo atravesó como una daga—. No cuando sigues tu propia agenda...
Michael frunció el ceño, dolido.
—Mi única agenda siempre fue salvarte a ti.
—Cómo sea —replicó ella, su voz teñida de aparente desdén. En el fondo estaba aterrada pero sentía que no podía demostrarle esobal Alpha que creía que ella era su compañera o lo que fuera. Pues ella podría estar rota, pero no era idiota.
El silencio entre ellos era denso, cargado de emociones no dichas, de resentimientos y de algo más, algo que Michael no podía ignorar. Dio un paso más hacia ella, invadiendo finalmente su espacio personal. Alma retrocedió instintivamente, sus manos apretando el libro contra su pecho como si pudiera protegerla frente a él.
—No me toques —murmuró, su voz quebrada, sus ojos fijos en los de él, llenos de una mezcla de rabia y miedo—. No te acerques más, te lo advierto — (aunque qué podría hacerle despojada de sus poderes como estaba).
Michael se detuvo a medio camino, su mano alzada en el aire suspendida y temblando ligeramente antes de volver a caer a su costado. Observó su rostro, buscando algo, una chispa de lo que solía ser. Un reconocimiento. ALGO.
—¿Realmente no recuerdas nada? —preguntó con voz ronca, su tono suplicante—. ¿Y por qué me tienes tanto miedo?— casi fue una pregunta más retórica para él que para ella.
Alma tragó saliva, sus ojos vidriosos y su respiración acelerada.
—Es el ansia —dijo ella con amargura—. Cuando te veo, cuando veo tus ojos, veo esa ansia... y no es muy diferente de la de Fox, aunque lo creas...— murmuró connsu voz rota
Las palabras de Alma lo golpearon como un mazazo tan fuerte que se tambaleó un poco. Michael sintió el dolor desgarrar su pecho. Él... él no se parecía en nada a Fox, y odiaba que ella lo viera de esa manera, pensó con rabia y dolor. Había pasado años yendo tras ella, buscándola con su alma hecha pedazos, y ahora ella lo comparaba con el monstruo que había destruido sus vidas. Y no solo la de ambos...
—No me parezco en nada a Fox —replicó con voz grave, el dolor y la indignación claramente visibles en su rostro y su voz.
Parecía que iba a retroceder, pero en lugar de eso, algo dentro de él se rompió. El dolor, la frustración, la ira... todo se fusionó en un impulso incontrolable. Antes de poder detenerse, Michael inclinó la cabeza y la besó con una pasión que apenas podía contenerse.
Alma forcejeó inmediatamente, empujándolo, golpeando su pecho con todas sus fuerzas, pero él no cedió. El beso era una mezcla de rabia, de desesperación y de un deseo largamente contenido. Y durante unos segundos, el mundo se redujo a ese momento, a esa batalla entre ellos.
Cuando finalmente Michael la soltó, ambos quedaron jadeando, sus respiraciones entrecortadas llenando el espacio silencioso de la galería. Alma lo miró, con sus ojos llenos de lágrimas y furia, mientras él se apartaba, el remordimiento y el dolor reflejados en su rostro.
—¡No me toques nunca más, ANIMAL! —escupió Alma, con la voz rota por la ira y el miedo.
Michael la miró, con el corazón roto, consciente de que había cruzado una línea de la que quizá no hubiera retorno. Pero en el fondo, no podía arrepentirse del todo. Porque, por más doloroso que fuera, ese beso había sido real, una explosión de emociones contenidas que él ya no podía controlar.
—Lo siento... —murmuró, dando un paso hacia atrás, su voz apenas un susurro, como si las palabras mismas lo ahogaran—. No sé qué me pasó...
—¡ALÉJATE! —gritó Alma, su cuerpo temblando, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas.
Michael retrocedió, la desesperación y la culpa reflejadas en cada uno de sus movimientos. Sabía que había cometido un error, que había perdido el control, pero también sabía que ese error nacía de su amor desesperado por ella. De su necesidad de volver a tenerla entre sus brazos y...
—Alma, yo... —comenzó, pero ella lo interrumpió con un gesto de su mano, rechazándolo completamente.
—NO quiero escucharlo —dijo entre sollozos, su cuerpo encorvado como si intentara protegerse de un ataque invisible—. No quiero saber nada más de ti. NADA...¡VETE YA!
Michael la miró una última vez antes de darse la vuelta y salir de la habitación, con el corazón destrozado y el alma hecha pedazos. Sabía que la había cagado en grande ese día y posiblemente haberla besado sería contraproducente y ella lo rechazaría más aún de lo que ya lo hacía...Pero lo peor era que, en el fondo, sentía que se lo merecía. Merecía su rechazo...
Pues si la hubiera encontrado a tiempo ella no se hubiera convertido en esa cáscara rota, la sombra de lo que había sido y lo que ya no sería... Había sido SU culpa y él jamás se lo perdonaría.