El chirriante sonido del teléfono satelital rojo taladraba el silencio hermético del búnker. No era un timbre moderno; era el sonido anticuado y estridente de la comunicación de emergencia, resonando contra el acero de la bóveda abierta. Max se había quedado inmóvil, su cuerpo un monumento al horror. La rabia explosiva que lo había impulsado a abrir la bóveda se había congelado, sustituida por una palidez cadavérica. Me tomó un segundo comprender su terror. Gregory Sterling no era solo su padre; era un mito, la leyenda que había fundado el imperio Sterling, el hombre que se suponía muerto hacía diez años en un accidente de yate. —Max —susurré, tocando su brazo. Estaba frío. —No es posible —articuló, su voz apenas un soplido—. Lo vi en el ataúd. La Condesa... lo enterró. —Un funera

