La luz de la mañana se colaba tímidamente entre las persianas del despacho del abuelo Morelli. La caja descansaba sobre la mesa de roble, abierta pero no vacía, como si guardara secretos que aún se resistieran a ser descubiertos. Bianca se sentó frente a ella, con el corazón latiendo en un ritmo desigual, sintiendo el peso de lo que estaba a punto de desentrañar. Su mirada recorrió cuidadosamente cada documento, cada hoja amarillenta por el paso de los años. Entre las cartas cuidadosamente dobladas, encontró una invitación fechada en 2002 para una subasta privada en Ginebra, firmada por su abuelo Luciano Morelli y por Arturo Ferraro. La tinta parecía aún fresca en sus ojos, pero los papeles crujían bajo sus dedos. El contenido de aquella subasta escondía un entramado de nombres, transac

