—Espero que se los hagas llegar joven rosales o las consecuencias serán peores— Comentó ella firmando el papel.
—No se preocupe, prometo dárselos— Respondí
avergonzado.
Al salir del aula me dirigí al pateó para comer el
emparedado que mi madre me a preparado.
Me dirigía a una esquina donde nadie pudiera
molestarme, me quite el bolso y saque de ahí la bolsa con la comida.
Pan con mantequilla de mano y fresa, mi favorito
sin duda.
Le di un gran mordisco Pudiendo sentir el cielo A
través de mis papilas gustativas.
Cuando iba a dar el segundo mordisco, mi
emparedado fue lanzado al cielo.
—Si sigues comiendo de esa manera te convertirás
en un verdadero puerco— Menciono Adolfo el bullying.
—¿Puedes dejar de molestarme?— Pregunté hastiado.
—¿Y si no que? ¿Qué harás gordito?— Dijo
presionando su dedo fuertemente contra mi frente.
Me levanté furioso tratando de defenderme.
Adolfo se comenzó a reír en mi cara.
—Ya te lo advertí déjame en paz mugroso— Dije con
la poca valentía que logré obtener.
Adolfo se detuvo de reír arrinconándome contra la
pared.
—¿Cómo me acabas de llamar?— Preguntó molestó.
—Yo— Dije tartamudeando— Lo siento Adolfo, si
deseas te daré de mi comida y te compartiré de mi dinero— Dije intentando
tranquilizarlo.
Él al final le dio igual y comenzó a golpearme en
el estómago sacándome lo poco que he comido, me dejó tirado en el suelo
lanzando sobre mi todas las cosas que tenía en el bolso, se llevó el resto de
mi comida y todo mi dinero.
—Considéralo como caridad, mañana haré lo mismo
así que espero que le digas a la puta de tu madre que te preparé algo mejor
gordo bastardo— Exclamó mordiendo todo el pan para luego escupirlo sobre mi.
Lo odio demasiado, desearía matarlo pero aunque
quisiera no tengo el suficiente valor, además de que mamá se molestaría.
Dure un rato lanzado en el suelo con un dolor
insoportable en el estómago y el uniforme hecho añicos.
Me salte una clase tratando de llamar a mi madre
pero su celular sonaba apagado.
Joder mamá ¿Dónde demonios estás?.
Me levanté del suelo sacudiendo mi uniforme.
Al dirigirme al salón, antes de entrar el timbre
fue nuevamente sonado.
Entre de igual forma para intentar descansar en mi
escritorio.
La profesora me vio, observándome de mala forma.
¿Por qué todos me odian?.
Me senté tratando de recuperar el aire, teniendo
un hambre descomunal.
Espere ahí solo la siguiente y última clase del
día.
Durante la siguiente clase escuche como algunas
niñas se reían de mí por mi peso, murmurando cosas como que daba asco.
—Niños para finalizar con la clase necesito que
hagan equipos de tres para un trabajo— Comentó ella.
Todos hicieron equipo dejándome por fuera, hasta
hubo un equipo de dos solo para no integrarme.
—¿Profesora puedo hacerlo solo?— Pregunté
avergonzado.
—Aunque no es aceptable veo que sus compañeros se
niegan por alguna razón a trabajar con usted así que por esta vez lo dejaré
pasar— Contestó sin darle importancia, volviendo a tomar asiento en su
escritorio.
Me quedé en el rincón pensando en el por qué de mi
mala suerte.
Al terminar la clase la profesora pidió que nos
quedaremos callados mientras tocaban el timbre.