Narra Louis
Curiosamente, la mañana siguiente, volví a pensar en ella y en lo que había pasado. ¿Cómo no hacerlo? en mi mesa, había panecillos de trigo. Benditos panecillos que me recordaban a ella, a lady Diana y la noche de pasión que tuvimos.
Bajo la luna de ayer.
Toqué sus labios con delicadeza, mi pecho se agitó por los aleteos en mi corazón. Una vez más, estaba consciente que esto que hacía no era correcto, pero estaba dejado y entregado a los deseos de ese momento.
¿Cómo podría describir ese beso? Diría que es una gota de suspiro, delicado, suave y al tiempo, ardiente como las brasas. Sus labios son dulces, como frutas frescas.
—Su al… su alteza —dice ella con su voz frágil.
Sentí como sus manos se apoyaron en mi pecho y trató de alejarme, pero ese impulso era tan pequeño, como si a la vez me dijera que quería seguir entre mis brazos.
Solté su cintura y dejé que ella diera un paso atrás, sus mejillas sonrojadas, sus ojos iluminados, todo combinaba con el brillo que la luna empezaba a regalarnos.
—Mi lady, yo…
Ella cubre su boca y baja su mirada.
—Lo siento, su alteza, no debí hacerlo.
—¿Qué? Pero no ha hecho nada, fui yo quien…
—No, su alteza, claro que no, es mi culpa; fue mi error.
¿Error? —pensé mirándola preocupada, porque ambos sabemos que esta situación pondría en riesgo muchas cosas, en especial a ella por el simple hecho de ser mujer y estar casada.
Me intenté acercar, pero ella retrocede impidiendo que tome su brazo.
—Lamento esto, su alteza. ¡Perdóneme!
Ella baja su cabeza y me siento mal por la manera en que afronta la culpa, cuando he sido yo quien ha tomado sus labios sin su consentimiento.
—No pida perdón.
—Le suplico que no le diga esto a nadie, su alteza, por favor. Por piedad, no le diga lo que pasó a mi lord Francis.
Ella une sus manos y me mira con miedo, pero tomé esas manos y la traje de nuevo a mí.
—No me observe con miedo en sus ojos —susurré mirando como su mirada se hacía cristalina como el agua del río—. Nunca podría exponerla y mucho menos, ponerla en riesgo. He cometido un error y soy yo quien debe pedir perdón. Pero…
Me costaba hacer esta pregunta, pero me llené de valor.
—¿Siente usted, lady Diana que fue un error?
Sus manos en mi pecho, mis ojos en los suyos, rogaba por escuchar lo que quería.
—Su alteza, yo… lo correcto es que… sí, fue un error, porque yo…
—No le he preguntado sobre lo correcto o incorrecto, le he preguntado a usted, a usted, ¿siente que hice mal en besarla? Más bien, ¿quería que lo hiciera? Dígame lo que le dice su corazón.
Estaba nervioso, hace mucho una situación no me generaba tantos nervios como ahora. Pero ¿por qué ese deseo de escuchar lo que quería? En realidad, es la primera vez que siento tanta atracción por una mujer, atracción y dolor por saber que ya le pertenece a otro hombre.
—Sí, su alteza, quería que lo hiciera.
Fue todo lo que necesité escuchar para volver a besar sus suaves labios e ignorar completamente las reglas y las leyes, me olvidé de todo, de su esposo, de mi padre y de eso a lo que llaman moral, solamente me importaba ella y sus labios rojos.
A medida que iba descubriendo más los sabores de aquel beso que me daba cien años de vida, sentía un deseo de querer más, necesitaba más de lady Diana, pues un beso ya no era suficiente.
En mis manos sentía el brocado y la seda fina de su vestido, aquellos bordados en su cuello eran como un muro que me impedía sentir el aroma de su piel y la calidez de su cuerpo. Los listones en su cintura eran como cadenas para mí, cadenas que quería romper para poder sentirla completamente.
—Su alteza —susurra en mi boca, esos ligeros y delicados susurros los escuchara resonando en mi cabeza por mucho tiempo, sé que aparecerán en mis sueños y me acompañarán en las noches.
—Su alteza…
Solté sus labios y solté los listones que desanudaba de su cintura.
—Mi lady.
—Guardé el honor a mi padre y mi familia —dice con timidez—. Seguí, seguí las normas y los designios de Dios…
No entendía lo que quería decir.
—¿Desea que me detenga?
—No, no es lo que intento decir. Quiero decir que he cumplido a mi padre y a mi familia al guardar mi pureza al hombre que… yo…
—No tiene que decirlo —mencioné al entender lo que quería decir, pero no podía.
—Debo hacerlo, su alteza.
Ella levanta su mirada y con firmeza dice:
—Ya no soy virgen, su alteza. Mi pureza fue entregada al lord Francis el día de nuestra unión ante Dios.
Cerré mi mano hasta empuñarla, el enojo me recorría por la sangre, más porque veía en su mirada muchas cosas.
—Malditas normas, maldita moralidad religiosa y política, malditas alianzas y promesas de honor que condenan a una dama a volverse prisioneras de un hombre con el que no desean estar.
—Su alteza, no diga esas cosas.
Ella me mira con asombro, pero era lo que mi corazón de manera franca, deseaba expresar en ese momento.
Las mujeres de la nobleza estaban sujetas a normas sociales estúpidas, unas que reflexioné una vez lady Diana Spencer llegó a mi vida, pero antes, las validaba y aceptaba sin reproche alguno. Condenar su vida íntima, su pureza, su virginidad, solo por guardar honor y reputación a una familia.
Si una dama noble sostenía intimidad antes del matrimonio y era descubierta, no solo deshonra a su familia, no solo pierde la oportunidad de casarse bajo una bendición y sin señalamientos sociales, sino que las consecuencias podrían ser más drásticas para muchas; como ser encerradas en conventos. Por esto, muchos padres de mujeres nobles desde muy temprana edad, cuidaban de esa pureza educándolas en conventos donde eran vigiladas por sus nodrizas o damas de compañía, donde su contacto con hombres era limitado hasta que se arreglaban sus matrimonios.
Si esto era así antes de contraer las nupcias, después de eso, las normas eran más estrictas para ellas. Esto que ahora pasaba entre lady Diana y yo, podría costarle su vida si llegaba a ser descubierto.
—No me importa que su pureza haya sido entregada al hombre equivocado —esa fue mi respuesta a su temor o vergüenza por no ser una mujer virgen.
Volví a tomar los listones en su cintura y los solté, quería que aquel vestido púrpura con ribetes dorados y plateados, cayeran a los suelos de esta habitación. Su sobrefalda o surcote de textura firme y estructurada sale de mi paso hacia su cuerpo, el ajustado corsé que reafirmaba su pequeña cintura, la libera de aquella presión y me permite ver más de ella. llegué a su ropa interior, un camisón de lino fino, suave y delicado como ella, aquel lino crudo era la última capa que me quedaba para ver su verdadera pureza que iba más allá de algo que guardaba entre sus piernas.
Ella temía en verme a los ojos, pero tomé su mentón y levanté su mirada.
—Quienes dicen que la perfección no existe, se equivocan, porque yo acabo de descubrir la perfección al contemplar tu cuerpo desnudo.
Mi mano llegó a su cuello y vi como la palma de mi mano encajó perfecto en ella, fui deslizando mis dedos por su pecho y palpé con la punta de mis dedos sus suaves pezones. Mi mano baja por su vientre y me detengo para no demostrar mis ansias.
Ella da un paso al frente y vi como sus manos se apoderaron de las primeras capaz de mi traje. Sabía que no había vuelta atrás, pero no sentía arrepentimiento alguno, todo lo contrario, deseaba que la luna iluminara con más fuerza estaba noche para grabar en mi memoria cada parte de su cuerpo.
Un beso volvió para continuar una danza en la que nuestros cuerpos se entendían y se coordinaban muy bien, una en la que, pude reposarme entre sus piernas y llegar a ella de una manera más íntima, donde la melodía eran sus gemidos y suspiros al sentirme en su interior.
La vi danzar sobre mi cuerpo, guiaba sus caderas suavemente con mis manos, miraba sus ojos más llenos de brillo y sus labios que se hacían cada vez más rojos. Esa mirada llena de luz, jamás la iba a olvidar.
Los dos desnudos bajo la luz de la noche, acostados sobre telas, sacos y paños, decidimos empezar un romance donde no había testigos, solo nosotros dos y la luna.
Cada detalle de su cuerpo, cada sensación en mi piel, estaban muy presentes en mi cabeza. La manera en que, en medio de penas y pudor, hice mía a la esposa del Lord Francis, la mano derecha de mi padre.
—Es el mismo sabor de los panecillos que hacía mi madre —dice su majestad haciéndome volver de mis pensamientos.
—¿Se los había platicado? —pregunta él tomando un trozo de pan y llevándolo a su plato de plata.
—Sí, nos contaste esa historia muchas veces —responde mi hermana.
Miraba la mesa y la comida que había sobre ella, todo más ligero en comparación a lo que ponían sobre ella a mediodía y al llegar la noche.
—El pan más refinado —dice mi padre untando mantequilla sobre su panecillo.
Miraba mi plato y con solo ver uno de esos panes, pensaba en lady Diana. Una sonrisa se dibuja en mi rostro, esto no se puede comparar con aquellos panes quemados y duros que me había regalado.
—Parece que nuestro príncipe heredero también disfruta de la comida.
—Sí, también la disfruto; también me trae buenos recuerdos.
—¿Buenos recuerdos de los panaderos del reino?
Miré a mi hermano y este deja de sonreír.
—Lo siento.
Volví a mi comida y sin quererlo, ella vuelve a mis pensamientos.