El amanecer llegó gris y húmedo, con niebla espesa colgando entre los árboles como un velo que ocultaba secretos. Aya se despertó sola en la cama principal, el lado de Savage en el sofá cama aún vacío y frío. No había vuelto en toda la noche. El silencio de la cabaña le pesaba como una piedra en el pecho. Se sentó despacio, abrazándose las rodillas, el recuerdo del salto involuntario reproduciéndose en loop: sus cuerpos enredados, el beso feroz, el calor de su erección contra ella, y luego su propia voz diciendo “alto” como si hubiera activado una alarma de emergencia. La vergüenza ardía en sus mejillas, mezclada con un deseo que no se apagaba, sino que se hacía más denso, más doloroso. Cómo explicar que en un momento tuvo un atisbo de realidad y lo recordó todo, a su bebé, a Ariel… Se le

