Al día siguiente, la cabaña dónde se reunía con esas mujeres que ya consideraba amigas, estaba en silencio, envuelta en ese aroma familiar a té de hierbas y madera tibia. Afuera, el bosque susurraba con el viento suave que se colaba entre los pinos, pero dentro todo parecía suspendido, como si el tiempo se hubiera detenido otra vez. Aya estaba sentada frente a Ada y Gia, con las manos rodeando la taza caliente, aunque ya no bebía. Trataba de no pensar en lo de la noche, así que su mente estaba focalizada en el encuentro del día anterior. —No sé cómo explicarlo —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Fue… extraño. Cuando lo vi, sentí algo. No miedo, no exactamente… pero tampoco era normal. Gia apoyó el codo sobre la mesa, interesada. —Eso le pasa a todo el mundo con Xavier. Ada soltó

