Esa noche, el reflejo de la luna entraba tímido por las rendijas de las cortinas cuando Aya se despertó. Savage ya estaba allí, sentado en el borde de la cama, con la espalda encorvada y los codos apoyados en las rodillas. Solo llevaba los pantalones de pijama negros que usaba para dormir. Luego de la cabaaña había vuelto y no lo había encontrado, finalmente como él no llegaba se cambió, comió algo y se echó a dormir, pero ahora él estaba allí, callado pero estaba con ella. Así que se incorporó despacio, se acercó por detrás y apoyó la barbilla en su hombro. Él no se movió, pero su cuerpo se relajó un poco al sentirla. —¿Estás bien? —preguntó ella en voz baja. Mientras con sus manos acariciaba su costado. Savage giró la cabeza lo justo para mirarla de reojo. —Fui a ver a Harold hoy, p

