Savage seguía pegado a ella contra la mesada, ambos jadeando, la tela de sus pantalones empapada con la evidencia de lo que acababa de pasar. El corazón de Aya latía tan fuerte que parecía que iba a salirse del pecho. Sentía el calor de su semen filtrándose a través de la ropa, su propio orgasmo aún palpitando entre sus piernas. —No deberíamos… —susurró ella contra sus labios, voz temblorosa, pero sin apartarse. Savage gruñó bajo, un sonido que vibró directamente en su vientre. Sus ojos claros se oscurecieron, el lobo asomando apenas en el borde dorado de sus iris. —No —murmuró él, ronco, casi desafiante—. No deberíamos. Y entonces la levantó. Sus manos grandes se deslizaron bajo sus nalgas, apretándolas con posesión, levantándola como si no pesara nada. Aya envolvió las piernas alrede

