Leona cerró la puerta de la enfermería con un clic suave, pero firme. El pasillo exterior era un corredor estrecho de madera y piedra, iluminado por lámparas solares que proyectaban un resplandor cálido y constante. Viktor y Savage estaban allí, esperando. El alfa se apoyaba contra la pared, brazos cruzados, su expresión era una máscara de impaciencia controlada. Savage, a su lado, parecía más inquieto: los ojos claros fijos en la puerta, como si pudiera ver a través de ella. Leona exhaló despacio, frotándose las sienes. —Está estable, pero… es muy extraño —dijo en voz baja, mirando primero a Viktor y luego a Savage—. No sé por dónde empezar. Viktor se enderezó ligeramente. —Inténtalo. Desde el principio. Leona asintió. —Dice que viene de aquí. De "este mundo", pero… no coincide nad

