Aya abrió los ojos con lentitud, como si cada párpado pesara una tonelada. El mundo se inclinaba y giraba a su alrededor en ondas suaves y nauseabundas. Un dolor punzante le martilleaba las sienes, extendiéndose hacia la nuca como raíces de fuego. La boca le sabía a metal oxidado mezclado con algo dulce. Intentó incorporarse sobre los codos, pero los músculos le respondieron con un temblor patético y volvió a desplomarse contra la superficie acolchada de la camilla.
La habitación era extraña. No era el frío acero y las luces fluorescentes de un hospital. Las paredes eran de piedra oscura, pulida hasta brillar, con vetas que parecían contar historias antiguas. El aire olía a resina, tierra húmeda después de una tormenta y algo más salvaje, casi animal, que le erizaba la piel sin que pudiera explicarlo. Una lámpara tenue colgaba del techo, proyectando sombras suaves que bailaban con cada corriente de aire.
Una mujer se inclinó sobre ella. Rubia, cabello recogido en una trenza apretada y práctica, ojos azules que transmitían calma profesional pero también una alerta constante. Llevaba una bata sencilla de lino, con manchas de algo oscuro en las mangas. Olía a a salvia quemada y a ese desinfectante natural que Aya asociaba con laboratorios caseros, aunque a simple vista ese estaba bien equipado más allá de lo que le decía el olfato.
—¿Qué… qué me pasó? —preguntó Aya. Su voz salió ronca, quebrada, como si hubiera gritado durante horas sin darse cuenta.
La mujer sonrió con suavidad, sin llegar a los ojos.
—No te preocupes, querida. Gastaste demasiada energía. Tu cuerpo se agotó por completo, como si hubieras corrido una maratón sin parar. Te pusimos suero y fluidos reconstituyentes. En un rato te sentirás mejor, te lo prometo.
Aya parpadeó varias veces, intentando enfocar. El techo tenía vigas expuestas de madera. En una esquina, un frasco de vidrio con hierbas flotando en líquido ámbar. No era un hospital. No era su laboratorio en la universidad. No era nada que perteneciera a su vida. Se sentía ajeno, pero a la vez extrañamente familiar.
—¿Dónde estoy? —susurró, y la pregunta le salió más frágil de lo que pretendía—. ¿Dónde están mis padres? Ellos… ellos deben estar buscándome.
La rubia abrió la boca para responder, pero en ese instante la puerta se abrió con un crujido suave y dos figuras entraron en la habitación.
El primero era imponente, casi abrumador. Muy alto, hombros anchos que llenaban el marco de la puerta, brazos cruzados sobre el pecho como si estuviera conteniendo una tormenta. Cabello castaño oscuro corto, mandíbula cuadrada, ojos ámbar oscuro que la estudiaban con una frialdad clínica y despiadada. Atractivo, sí, pero de esa forma peligrosa que hace que uno quiera retroceder instintivamente.
A su lado…
El corazón de Aya se detuvo un segundo y luego latió con tanta fuerza que le dolió el pecho.
Cabello rubio oscuro, ligeramente largo y desordenado, como si nunca le importara peinarlo del todo. Ojos gris azulado con toques verde pardo, tormentosos, que parecían capaces de ver a través de las mentiras. La misma cicatriz fina cruzándole la ceja derecha, esa que ella había besado tantas veces en la oscuridad. La misma mandíbula, los mismos hombros anchos, el mismo cuerpo que había abrazado cada noche durante años, que había sentido temblar de risa o de placer.
No podía ser.
La sangre abandonó su rostro tan rápido que sintió un vértigo nuevo. Se puso pálida, casi translúcida.
—No puede ser… —murmuró con un temblor.
Viktor dio un paso adelante, inclinándose ligeramente hacia la camilla sin descruzar los brazos.
—¿Quién eres? —preguntó, voz grave, sin rodeos, con un filo que cortaba—. ¿Y qué carajos haces en territorio Summer? ¿Cómo entraste aquí sin que nadie te detectara?
Leona giró la cabeza hacia él con reproche evidente.
—Viktor, espera. Déjala que se reponga un poco. Apenas puede respirar la pobre.
—¿Para qué? —replicó él, sin apartar los ojos de Aya—. ¿Para que desaparezca de nuevo como si nada hubiera pasado? No me gustan esta clase de misterios en mi territorio. Ya tenemos suficiente con todo lo que sucede.
Pero Aya no los escuchaba. Su mirada estaba clavada en el hombre silencioso que estaba un paso detrás de Viktor. El que no había hablado aún. El que la observaba con una mezcla de confusión, curiosidad y algo más profundo, algo que parecía tironear de él desde el pecho, como si una cuerda invisible lo hubiera atado a ella.
—¿Es… es un sueño, verdad? —susurró Aya, casi para sí misma. Su voz temblaba—. Tiene que ser un sueño.
Se pellizcó el antebrazo con fuerza. Las uñas se clavaron en la piel. El dolor fue agudo, real, inmediato. No despertó.
Savage dio un paso lento hacia la camilla. Se detuvo a un metro, como si temiera asustarla más. La miró detenidamente, estudiando cada rasgo de su rostro como si intentara resolver un rompecabezas imposible.
—¿Nos conocemos? —preguntó al fin. Su voz era baja, rasposa, con un dejo de desconfianza y algo que sonaba casi… vulnerable.
Aya soltó una risa breve, incrédula, que se quebró a mitad de camino y se convirtió en sollozo.
—¿Es un chiste? —dijo, y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. ¿Ya te olvidaste de mí? Soy tu esposa, Ariel. Tu esposa.
El silencio que siguió fue tan pesado que pareció absorber todo el oxígeno de la habitación.
Viktor murmuró por lo bajo, casi entre dientes:
—Lo único que nos faltaba…
Leona reaccionó de inmediato.
—Fuera los dos —ordenó con voz firme, señalando la puerta—. Ahora. No voy a permitir que la presionen más en este estado.
Viktor alzó una ceja, pero no discutió. Giró sobre sus talones y salió. Savage vaciló un segundo más, los ojos todavía fijos en Aya, como si quisiera decir algo, preguntar algo, pero al final se dio la vuelta y siguió al alfa.
Cuando la puerta se cerró con un clic suave, el mundo pareció encogerse hasta quedar solo ella y la doctora rubia.
Aya se quedó mirando el lugar vacío donde él había estado. Las lágrimas se desbordaron sin control.
—No puede ser… no puede ser… —repitió una y otra vez, como un mantra roto. Su respiración se volvió rápida, entrecortada. El pecho subía y bajaba con violencia. Hiperventilaba.
Leona se sentó con cuidado al borde de la camilla, le tomó una mano fría y temblorosa.
—Tranquila —dijo con esa voz suave pero firme que usaban los médicos cuando todo se desmoronaba—. Respira conmigo. Inhala profundo… exhala lento. Estás en la manada Summer. Estás a salvo aquí.
Aya la miró, los ojos muy abiertos, vidriosos.
—¿Manada… como de de lobos? —repitió, y la palabra le sonó absurda en su propia boca.
De pronto soltó una risa desquiciada, histérica, que le sacudió todo el cuerpo.
—¿Manada de lobos? —repitió, y la risa se volvió más fuerte, más rota—. ¿Manada de lobos?
La risa duró solo unos segundos. Luego se quebró como cristal. Las lágrimas volvieron con más fuerza, mezcladas con la respiración agitada. Se llevó las manos al pecho, como si intentara contener el corazón que latía desbocado.
Leona le apretó la mano con más fuerza.
—Respira, cálmate. Respira. No estás sola.
Pero Aya ya no la escuchaba. En su cabeza solo había un torbellino de pensamientos que giraban cada vez más rápido, cada vez más oscuros.
"Esto debe ser un sueño, seguro es un sueño," pero se sentía tan real...
"¿Y si esto no es un sueño?… si Ariel está vivo aquí, pero no me recuerda… si este lugar tiene manadas de lobos y cosas que no deberían existir…"
"¿Dónde carajos estoy?"