Savage la sostuvo con firmeza, sus brazos envolviéndola como si temiera que se desvaneciera de nuevo. El agua de su piel aún chorreaba, mezclándose con el sudor frío del shock. Aya temblaba contra su pecho desnudo, su cuerpo liviano presionado contra el suyo. El aroma a rosas salvajes la envolvió de inmediato, intensificándose en el vapor del baño, como si el portal hubiera arrastrado parte de su esencia consigo. Ella levantó la vista, los ojos muy abiertos, tartamudeando nerviosa. —Q-qué… qué hago aquí… no… no sé… no entiendo… Savage la miró fijamente, su voz ronca pero calmada. —Estás en mi cabaña. Fuera de la enfermería. Aya parpadeó, confundida, aún aferrada a sus brazos como si fueran lo único sólido en un mundo que se desmoronaba. En ese momento, el teléfono en la mesita de no

