La cabaña seguía envuelta en ese aroma cálido a té de hierbas y galletas recién horneadas. Las tres mujeres —Ada, Gia y Aya— estaban sentadas alrededor de la mesa, con las tazas casi vacías y el plato reducido a migajas. Habían pasado de practicar con objetos pequeños (Aya incluso había logrado teletransportar una cucharita a otro universo durante unos segundos antes de que volviera y cayera con un tintineo) a una conversación más íntima. Ada miró a Aya con atención. —¿Cómo te sientes ahora con Savage? —preguntó, con voz suave pero directa. Aya iba a responder cuando un grito agudo —un “¡ay!” ronco y sorprendido— llegó desde afuera. Todas se tensaron. Era Chad. Ada puso los ojos en blanco y alzó la voz, con un tono firme pero maternal: —Bella, ¿qué haces aquí? La puerta se abrió de g

