Después de una larga despedida, llena de abrazos y palabras cargadas de emoción, Savage y Aya salieron finalmente de la cabaña de Harold. El anciano se quedó en el umbral, con una sonrisa suave en los labios y la mano levantada en señal de despedida, mientras la puerta se cerraba lentamente detrás de ellos. Aya no pudo evitar mirar una vez más por encima del hombro. La figura de Harold, firme pero cálida, le generaba una sensación extraña en el pecho… como si acabara de conocer a alguien que, de algún modo, ya formaba parte de su historia. El aire fresco del bosque los recibió de inmediato. El sol, filtrándose entre las copas de las secuoyas gigantes, pintaba todo de tonos dorados y verdes profundos. El aroma a tierra húmeda, resina y hojas antiguas llenó sus pulmones. Aya dio unos pasos

