Aileen no desconfiaba de Leo, de hecho, estaba segura de que él jamás la querría dormida para aprovecharse de ella, había algo más en ese té, un motivo que él no le decía, pero eso no significaba que fuera a tomarlo, se acomodó en la cama, dándole la espalda a la puerta, dejando que su respiración se volviera lenta y profunda como si ya estuviera dormida, el silencio de la habitación se hizo pesado, roto solo por el leve crujir de la madera bajo sus movimientos discretos. Pasó casi una hora, el sueño no llegaba, pero sí el sonido de la manija girando, la puerta se abrió despacio, dejando pasar un hilo de luz amarillenta del pasillo. — Aileen… — la voz de Leo sonó suave, como si no quisiera asustarla. Ella no respondió. — Aileen… — repitió, un poco más cerca. Nada. La tercera vez, él

