LA HERMANA DE MI AMIGO.
Narrado por Alexander Blackwood
La residencia de los Kensington siempre me había parecido un maldito templo a la vieja escuela. Mi propia familia, los Blackwood, éramos ricos, por supuesto; el dinero de Wall Street corría por nuestras venas desde hacía generaciones, pero mi padre siempre había preferido el minimalismo moderno, las líneas limpias y la frialdad del vidrio. Entrar en la casa de Nathan era como viajar en el tiempo a una época donde los apellidos lo eran todo y el honor aristocrático se respiraba en las cortinas de terciopelo.
Nathan y Yo éramos uña y carne en la academia. Compartíamos cuarto, odiábamos al mismo profesor de latín y competíamos ferozmente en el equipo de remo. Era el único tipo al que respetaba de verdad en ese maldito lugar lleno de hijos de papá que creían que el mundo les debía algo solo por existir. Nathan se ganaba las cosas. Yo también.
Pero esa tarde, al llegar a su casa para pasar la semana previa al traslado a los Hamptons, me encontré con un elemento disruptivo que no estaba en mis planes.
Una niña.
Cuando el auto se detuvo, lo primero que vi fue una mancha celeste corriendo por los jardines. Era la hermana menor de Nathan, Arabella. Sabía de su existencia porque él la mencionaba de vez en cuando con fastidio fraternal, pero verla en persona fue... peculiar.
Era una criatura delgada, de extremidades largas que claramente aún no sabía cómo controlar, y una trenza castaña que volaba detrás de ella mientras corría como si no le importara un bledo la etiqueta. Cuando se tiró al cuello de Nathan, no pude evitar una mueca de diversión. En mi casa, los abrazos se daban con un apretón de manos firme o una palmada distante en el hombro. Mi padre jamás me habría levantado en el aire a la vista del servicio.
Luego, Nathan nos presentó.
La niña se quedó paralizada en el sitio, mirándome con unos ojos enormes, de un marrón profundo y almendrado, que parecían ocupar la mitad de su rostro. Su timidez fue tan repentina que resultó casi cómica. Se puso roja como un tomate, entrelazando las manos y mirándome como si yo fuera una especie de alienígena recién aterrizado en su porche de mármol. Tenía la boca llena de metal por la ortodoncia y un vestido de lino que ya le quedaba un poco corto.
—Hola, Arabella —le dije, usando ese tono condescendiente que guardaba para los niños pequeños. Me pareció divertido llamarla "duendecillo", porque realmente parecía un ser menudo sacado de un bosque, fuera de lugar entre tanta opulencia rígida.
Ella balbuceó algo que ni siquiera llegó a ser una palabra comprensible. Sonreí para mis adentros, pensando que la hermanita de mi mejor amigo iba a ser una presencia bastante molesta y silenciosa durante mi estancia.
Y no me equivoqué. Durante los días siguientes, la niña se convirtió en una maldita sombra.
Era exasperante. Nathan y yo intentábamos jugar un partido de baloncesto uno contra uno en la cancha de la propiedad, buscando descargar la energía acumulada del semestre, y ahí estaba ella. Sentada en las escaleras del porche trasero, con un libro enorme sobre las rodillas que claramente no estaba leyendo, simulando mirar al horizonte, pero con los ojos fijos en nosotros. Cada vez que yo tomaba el balón o hacía un tiro limpio, sentía su mirada clavada en mi espalda.
—¿Tu hermana siempre es así de silenciosa? —le pregunté a Nathan una tarde, secándome el sudor del cuello con la camiseta mientras caminábamos hacia las tumbonas del jardín—. Es un poco espeluznante. Siento que me va a clavar un alfiler en un muñeco vudú en cualquier momento.
Nathan soltó una carcajada, tomando un trago de su botella de agua.
—Arabella es hiperactiva, créeme. En privado no se calla nunca. No sé qué le pasa ahora. Normalmente estaría rogándome que la deje jugar o interrumpiendo con alguna de sus preguntas raras sobre el universo. Creo que le das miedo, Alex.
—¿Miedo? —Miré de reojo hacia el porche. Ella ya se había levantado, dejando el libro en la silla, y corría hacia el interior de la casa al notar que la observábamos. Solté un bufido—. No tengo cara de ogro. Solo me parece una niña molesta que no tiene nada mejor que hacer.
—Tiene doce años, déjala en paz. Además, es una Kensington. Está programada para ser educada y aburrida, aunque intente rebelarse —respondió Nathan con indiferencia, lanzándome el balón para reanudar el juego.
Sin embargo, su presencia no disminuyó. Si estábamos en la sala de billar, ella aparecía con la excusa de buscar un juego de mesa. Si estábamos en la biblioteca analizando las estrategias del equipo de remo, ella se sentaba en el rincón más alejado, fingiendo repasar sus lecciones de piano, pero con las orejas tiesas, absorbiendo cada palabra que salía de mi boca.
En la mesa, durante las cenas formales, la situación era aún más ridícula. El señor Kensington me hablaba como a un adulto, preguntándome por los planes de mi padre para la firma de capital de riesgo y por mis propias aspiraciones en Harvard. Yo respondía con la soltura que me habían enseñado desde la cuna, disfrutando de la atención y del estatus que mi intelecto me otorgaba. Y cada vez que levantaba la vista, me topaba con esos ojos castaños de Arabella, mirándome con una mezcla de asombro y adoración que me resultaba profundamente incómoda.
A mis catorce años, yo ya sabía lo que era la atención de las chicas. En la academia, las hijas de los socios y las estudiantes de la escuela para señoritas cercana ya empezaban a enviar notas y a buscar mi atención en los bailes. Sabía cómo funcionaba el juego. Pero esto no era un juego; era la devoción silenciosa e infantil de una niña que apenas estaba dejando de jugar con muñecas.
Para mí, Arabella Kensington era solo eso: la hermanita de Nathan. Una molestia divertida, una sombra persistente en los bordes de mis perfectas vacaciones de verano. Alguien que estaba allí, pero que no formaba parte de mi mundo real, un mundo de hombres, de negocios, de ambición y de un futuro brillante en la Ivy League.
No tenía la menor idea de que esa sombra silenciosa se arraigaría en mi vida de una manera tan profunda que, años más tarde, el vacío de su ausencia sería lo único capaz de hacerme sangrar. Para mí, en ese momento, ella no era nada.
Y ese fue mi primer gran error.