Un fulgor incandescente golpeó sus ojos de tal forma que casi podía jurar que estaba en las puertas del cielo esperando que San Pedro le leyera su lista de pecados antes de abrirle las puertas del paraíso. —Miren, ya abrió los ojos—Soltó una voz infantil—¿Debemos llamar al doctor? Una sombra apareció frente a sus ojos. No podía distinguir de que o quien se trataba, ya que aún todo parecía borroso. —No, la enfermera dijo que vendría en unos minutos a revisarla. Sólo debemos dejarla descansar. —¡Vaya! Que chichón tan feo. Es como tener un volcán en la frente. ¡Mira papá! Creo que palpita. —Dante, ven aquí. Debes permitirle descansar. —Esta bien. Esta bien. —Y cuando despierte, no debes hacer ninguna broma sobre su lesión o el accidente. ¿Ok, amigo? —Esta bien. Seré gentil, aunqu

