4. No abras esa puerta

1182 Words
Ya era lunes. El fin de semana se había pasado tan rápido que ni siquiera pudo disfrutarlo como lo hacia de costumbre e incluso ni siquiera pudo asistir a dos castings que tenía planeado ya que había estado con molestias estomacales todo el sábado. Quizás sus molestias físicas de debía a la bolsa de papas picantes que había consumido de golpe el viernes por la noche, pero también podría deberse a la tensión que sentía cada vez que recordaba el momento vivido dentro del armario con Adam Wright. Sus ojos se cerraban con fuerza cada vez que su cabeza traía esas imágenes tan vividas. Adam tan cerca de ella y Audrey tan cercana a su cuerpo la hacían sentir terriblemente culpable y hasta extraña. ¿Acaso Adam lo había hecho a propósito? O ¿Sólo fue que él se tomaba muy enserio el juego y no quería que los atrapara? Estas y otras preguntas surgieron en su cabeza todo el fin de semana. Ahora iba en el auto de Agatha, sentada observando por la ventanilla las miles de casas lujosas del vecindario. Cada fachada parecía ser más elegante que la anterior. —Las casas son bastante lindas por aquí, ¿No crees? —Soltó la rubia con sus manos sobre el manubrio. —Sí. Eso creo—Respondió la morena. —¿Aún te duelen las entrañas? —Preguntó—Creí que habías botado todo su contenido. —¡Que asco Agatha! —Dijo observándola mientras conducía— Estoy bien. Ya no hablemos de eso. —¡Esta bien! Sólo quería saber si te sentías aún mal por la expresión que tienes en tu rostro. —¿Qué? ¿Qué expresión tengo? —Preguntó antes de mover el espejo del copiloto para observar su rostro. Lucía un poco más pálida que de costumbre, pero aquello hacía que el rubor en sus mejillas resaltara más, al igual que el labial. No se veía como para caminar en una pasarela, pero al menos su semblante lucía mucho más sano que el que tenia ayer por la tarde. —No tu cara, tu expresión—Dijo recalcando lo último—Pareces asustada como si quisieras abrir la puerta del auto, tirarte por la calle, correr al aeropuerto y comprar un ticket de avión a Alaska. —¿Crees que Alaska sea un lugar lindo para vivir? —¡Vamos! Dime, ¿Qué te sucede? —Preguntó la rubia deteniendo el auto frente a la casa. Audrey observó la calle por la ventanilla. —Estoy bien, sólo estoy pasando por un poco de ansiedad, además las papitas fuego no son la mejor compañía—Soltó Audrey tomando su bolso—Gracias por traerme. —Esta bien. ¡Ten un buen día! —Dijo Agatha antes de seguir su camino hacia la calle principal. *** —¿Por qué no vemos una película de horror? —Preguntó Dante mientras observaba a Audrey buscando el control remoto. Audrey volteó a mirarlo y le sonrió. —Eres pequeño aún, además no quiero que tus padres me reclamen porque quieres dormir con ellos. —Eso no importa. Mis padres duermen en camas diferentes—Soltó el muchacho mientras comía una cucharada de helado de fresa—¿No hay helado sabor granada? —Preguntó. —Primero, tienes siete años. Los niños de tu edad adoran el helado sabor napolitano y segundo, ¿Qué quieres decir con que no duermen en la misma cama? —Mi mamá duerme en su habitación mientras que mi papá en su departamento o en la habitación de huéspedes—Respondió el muchacho de cabello rizado mientras dejaba el pote de helado sobre la mesa de centro. Audrey lo observó y parecía tranquilo, quizás estaba más que acostumbrado a la situación de sus padres. —¿Qué te parece si vemos Drácula de Bram Stoker? —Preguntó Audrey—No es una película de terror, pero trata del vampiro más icónico del mundo. Bueno, si estas preparado. ¿Lo estas? —Claro que sí. Yo puedo ver esta película sin atemorizarme. —Por supuesto, eres un muchacho muy valiente—Dijo acomodándose en el sofá a la vez que Dante lo hacía también. La película había terminado y ambos parecían están lo suficientemente adormilados para no percatarse de que el personal ya se había ido a casa. Audrey abría los ojos lentamente. La oscuridad la invadió y sólo una luz que provenía del corredor. La muchacha se sentó en el sofá y comenzó a buscar con las palmas de sus manos su móvil sobre los cojines, pero no lo halló. Se terminó de levantar a la vez que despertaba y no encontró a Dante a su lado, así que pensó en la posibilidad de que Dante se encontraría en la habitación viendo televisión. Se dirigió hasta la cocina, recordó haber dejado su móvil sobre el refrigerador cuando estaba sirviendo el helado hace unas horas atrás. Apenas se plantó frente al refrigerador, tomó su teléfono y comenzó a ver los mensajes sin leer. La mayoría eran de Agatha hablándole sobre su día y preguntándole a qué hora llegaría a cenar. Dejó las luces encendidas, pero aun así parecía no ser suficiente para iluminar su camino hasta la sala de estar. Miró su celular nuevamente para percatarse de la hora y era bastante tarde. Eran pasadas las diez y Dante ya debería estar a punto de cruzar el tercer sueño. Guardó su teléfono celular en el bolsillo de atrás de su jean azul, después de contestar el mensaje de su amiga Agatha explicándole que llegaría tarde porque se había quedado dormida. Ya podía escuchar las bromas o burlas que haría sobre su pésima labor de niñera, pero tenía suerte porque nadie se encontraba en casa, así que sólo sería un secreto entre Dante y ella. Audrey comenzó a adentrarse por el corredor que se dirigía a las habitaciones principales. Estaba oscuro pero la débil luz que emanaba una de las habitaciones de al fondo le era suficiente para no tropezar con ella misma. Así que siguió avanzando y se percató de que la luz no provenía del cuarto de Dante, si no que venía de lo parecía ser la habitación de la señorita Elgort. La morena sabía que la señorita Elgort, la madre de Dante no vendría hasta el fin de semana, ya que estaba ocupada con las grabaciones de una nueva película. Así que por su cabeza pasó la idea de que el muchacho estaría en la habitación de su madre viendo caricaturas ya que en la suya no puede hacerlo porque no tiene televisión. La muchacha se terminó de arreglar el cabello largo en una coleta baja, tomó la manilla dorada y la giró para adentrarse hasta su interior cuando se percató de que Dante no estaba allí. Si no que Adam, desnudo mientras secaba su cabello con una toalla color gris, iluminado por la luz cálida que emanaba una lampara de noche. —¡Oh por Dios! ¡Lo siento! ¡Disculpe! —Decía la muchacha mientras cerraba sus ojos y cerraba la puerta.
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