El día era uno de esos fríos que aparecían de vez en cuando en la ciudad de Los ángeles. Los cuales te daban razones para sacar las cobijas afelpadas, el helado de la nevera para luego recostarte en el sofá a ver el docureality del momento. O al menos eso intentaba Agatha si no fuera por los constantes suspiros y lamentos de su compañera.
La conciencia la lastimaba internamente, incluso mucho más que eso. Le reprochaba todos los errores que había cometido en su vida y los pequeños que eran comparado con este. ¿Qué es lo que haría ahora?
«Seguramente debería cavar un agujero y permanecer allí lo que quede de mi misera vida» Pensó Audrey después de cerrar sus ojos con fuerza en un intento de detener sus evasivos pensamientos que le generaba la ansiedad.
—¡Ya basta! —Soltó la rubia mientras observaba a la muchacha—¿Qué te sucede? Es Parejas infieles en el paraíso. ¿Por qué no lo estas disfrutando? Es literal nuestro programa favorito.
—¿Infieles? —Hizo una mueca como si estuviera a punto de llorar—Moriré en el infierno—Soltó Audrey mientras miraba el techo color blanco del departamento.
Agatha reía mientras metía la cuchara dentro del pote de helado.
—Otra vez con eso. Creí que lo habías superado. Es que enserio, ¿Cuál es la posibilidad de que besaras al esposo de tu nueva jefa?
—Para mí es un 100%—Mientras golpeaba su frente con los nudillos—Tengo la peor de las suertes, soy un imán de tonterías y ahora además soy unas patas negras.
—Tranquila, estoy segura de que no debe recordarte—Dijo poniéndole pausa a la película—Hubiera actuado extraño al verte, pero por lo que me dijiste no lo hizo, así que debes calmarte.
—Realmente sería muy feliz si no me reconociera, pero ahora que lo pienso. Mi cabeza yo nunca me permitirá olvidar que fui la tercera rueda de esa bicicleta. ¿Cómo miraré a los ojos a ese niño mañana? Debo renunciar ahora antes de pasar la peor humillación de mi vida mañana.
Agatha le arrojó un cojín directo en el rostro. Audrey ni siquiera soltó ni un quejido ni reacción.
—¡Por Dios Audrey! ¡Me estas estresando! —Soltó la rubia—¡Cálmate!
—¿Calmarme? ¿Por qué debería calmarme? —Preguntó—Soy una maldita rompe hogares—Maldecía cuando se percató de lo que había hecho. Llevó la mano a su boca y se disculpó internamente.
—Mira, no sólo eres mi compañera de departamento, también eres mi amiga y por ello te diré esto—Pronunció acercando su cuerpo hasta la orilla del sofá—No debería decirte esto, pero Christine Elgort y Adam Wrigth están separados hace más de un año.
—¿Qué? —Soltó Audrey con la boca abierta—¿Qué quieres decir con separados?
—Están casados legalmente, pero ni siquiera duermen en la misma cama. Incluso se rumorea que ambos tienen sus aventuras. Además, creo que tienen un tipo de contrato para fingir por un tiempo al menos que aún están juntos. ¿Las razones? No las conozco, pero es la información que tengo.
—¿Entonces no separé a ninguna pareja?
Agatha negó.
—Tranquila, sólo tuviste mala suerte de justo besar al esposo de tu jefa, pero no eres una rompe hogares.—Dijo su amiga tomando el pote de helado y tendiéndoselo a ella—Además si el ya se lo hubiera contado estoy segura de que ya te hubiera despedido.
—Bueno si, tienes razón. Además, dudo que el señor Adam Wright se acuerde de mí. Son personas famosas no deben ni pasar tiempo en su casa. No creo que lo vea seguido rondando por esos lugares, ¿No crees?
—Claro, esa es la actitud. Sólo debes esperar a mañana—Dijo con el control en su mano para luego apretar el botón para reanudar la película— Estoy segura de que todo saldrá bien.
***
Agatha sin duda tenía mucha razón. Ya llevaba cuatro días trabajando para la pareja de actores y realmente en todo ese tiempo se había dedicado sólo a cuidar al hijo de ambos. Eran ellos dos y las sirvientas que aseaban el lugar. Dante era un muchacho de siete años, era realmente muy agradable y la había hecho sentir cómoda rápidamente en la casa.
Audrey creía que carecía de ese tacto con los niños, realmente odiaba los berrinches y las actitudes groseras de uno que otro niño que había conocido, pero en los cuatro días que llevaba conociendo a Dante le hacían sentir que quizás en un futuro le gustaría procrear hijos, bueno si primero llegara a conocer al hombre indicado.
—¿Jugamos a las escondidas ahora? —Preguntó Dante mientras se levantaba de la alfombra.
—Déjame ver que hora es—Soltó la muchacha mientras subía la manga de su sweater para ver la hora en su reloj—Creo que ya será para el lunes. Debo irme pequeño.
—¿Hasta el lunes? Por favor, sólo un momento—Preguntó mientras hacia un puchero.
Audrey sonrió.
—Sabes que las caras de perrito no funcionan conmigo—Dijo la morena mientras agarraba la caja de legos vacía del rincón.
—Por favor, ¿Aceptas si te ofrezco mi helado del lunes? —Ofreció el muchacho con una sonrisa en sus labios y las manos entrecruzadas.
—Wow debe ser muy importante si ofreces la única porción de helado que puedes comer en la semana.
Dante asintió.
—Bueno, esta bien. Jugaremos sólo una y luego debes irte a la cama para yo irme a casa. ¿Ok? —Preguntó.
—Si, esta bien. Sólo una.
Audrey comenzó a recoger los bloques repartidos por la sala de estar mientras que Dante buscaba el lugar perfecto para esconderse.
De repente un ruido se escucho en la entrada de la casa.
«Seguramente es Danielle sacando la basura» Pensó Audrey.
—¡Papá! ¡Llegaste temprano! —Soltó Dante con alegría.
—Así es, quería verte antes de que te fueras a dormir—Contestó la voz masculina.
Audrey maldijo para sus adentros mientras le daba la espalda a la escena. Sólo quedaba un bloque para recoger y ya odiaba su existencia porque ya debía ponerse de pie.
—Buenas noches, señor Wrigth—Soltó Audrey intentando permanecer serena.
—Ella es Audrey papá, mi niñera.
—Si, ya la conozco—Dijo acariciando el cabello rojizo del muchacho—Llámame Adam.
—Está bien—Respondió Audrey mientras esquivaba las miradas del contrario—Creo que ya debo irme. Es tarde.
—¡No! Dijiste que jugaríamos a las escondidas. Lo prometiste. Además, papá, tú también puedes jugar.
—Lo sé, pero quizás…
—Claro, juguemos una vez y luego liberaremos a la niñera. De seguro tiene una noche divertida planeada.
Audrey soltó una carcajada. Seguramente era un gran panorama ver una maratón de las películas de Bridget jones comiendo una pizza familiar con una copa de vino rosado sería la definición de una noche divertida para Adam.
—Está bien, juguemos—Soltó Audrey.
—Bien amigo, ve a contar. Nosotros nos esconderemos—Dijo dándole un empujoncito al chico.
—Ok—El muchacho camino hasta uno de los pilares de la sala color blanquecino. Posó sus manos sobre el y comenzó a contar.
Adam fue el primero en desaparecer de la habitación mientras que Audrey se quedó paralizada buscando con la mirada un lugar para esconderse. Entonces miró hacia el corredor que llevaba hasta la habitación de Dante, así que rápidamente se dirigió hasta allá.
La puerta estaba abierta así que decidió adentrarse sin cerrarla, pero se percató que la cama no tenía el espacio que la separaba del piso. Soltó un bufido al escuchar ya que estaba cerca del treinta.
Entonces con rapidez se disponía a salir de la habitación cuando algo la agarró y la introdujo hasta el pequeño armario.
Estaba oscuro, pero pudo escuchar que la silenciaban y luego se percató de los ojos oscuros del contrario. Era Adam.
Sus mejillas se calentaron al ver el pequeño espacio que los separaba, realmente era tan diminuto que si alguno lo decidiera podría hasta robarle el oxigeno al otro.
—Creo que ya terminó de contar—Murmuró Adam muy cerca de sus labios.
—Eso parece—Respondió la muchacha muy suavemente mientras intentaba dar un paso hacia atrás pero sólo se topó con algo duro que estaba a punto de caer.
—Cuidado, son los palos de hockey de Dante—Las manos de Adam la rodearon terminando de acortar la poca distancia entre ellos. Tanto así que las fosas nasales de Audrey se habían impregnado del perfume de Adam.
Estaba oscuro, atrapada por Adam, el hombre que había besado hace unas noches atrás y que resultaba ser el esposo de la mujer que la había contratado. Un acto que le había carcomido la conciencia y ahora se encontraba con el rostro cerca de su pecho, inhalando su esencia mientras esperaba que el niño que cuidaba los encontrara. Esto ya parecía ser una tortura, ya que todo se debía a la incomodidad que sentía al haberlo besado y lo peor es que este parecía no recordarlo.
—Creo que ahí los acomodé nuevamente—Pronunció Adam volviendo a su posición inicial, viéndose mucho más alto que hace un momento.
—Está bien—Pronunció la muchacha con un hilo de voz.
Unos pasos se escucharon dentro de la habitación y lentamente parecían dirigirse hasta donde estaban.
—¡Los encontré! —Gritó el muchacho.
Y tan rápido los liberó, Audrey se despidió para luego correr del lugar.