Las horas pasaban y Tom seguía sin novedades del estado de Nicole. La angustia lo consumía y la impotencia lo mantenía en un estado de alerta constante. Sentado en la sala de espera del hospital, había intentado distraerse con su teléfono, pero cada sonido, cada movimiento a su alrededor, lo hacía sentir más inquieto. De pronto, un grito resonó en los pasillos: llamaban a médicos y enfermeros para atender una emergencia en la sala de cuidados intensivos. Tom sintió que su corazón se detenía. La angustia se apoderó de él al ver al personal médico correr de un lado a otro, con rostros serios y preocupados. El ambiente se tornó caótico, y cada vez que intentaba acercarse o preguntar qué estaba sucediendo, nadie parecía prestarle atención. — ¡¿Qué está pasando?! —exclamó, levantándose de su

