Mientras continuaban bailando, el mundo exterior se desvanecía. Tom acariciaba suavemente las mejillas de Nicole, sintiendo la suavidad de su piel y el calor que emanaba de ella. La música de los villancicos se convirtió en un suave murmullo mientras se perdía en su mirada, una conexión que parecía trascender el tiempo y el espacio. En medio de la sala, iluminada solo por las luces parpadeantes del árbol de Navidad, Tom sintió que la euforia del momento lo envolvía. Era como si el universo entero conspirara para que este fuera el instante perfecto. Con el corazón acelerado y una mezcla de nerviosismo y determinación, decidió que era el momento de abrir su corazón. —Nicole —comenzó, su voz temblando ligeramente—. No sé cómo explicarlo, pero desde que entraste en mi vida, todo ha cambiado.

