Capítulo 2: Un pacto bajo la sombra del destino
La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás. Mi corazón latía con fuerza mientras me dirigía al lujoso despacho de la madre de Melissa. El aire frío de la tarde parecía oprimir mis pulmones, y sentía que cada paso que daba me acercaba más a la jaula en la que estaba a punto de entrar. Sabía que no era lo correcto, que este matrimonio significaba perder una parte de mí misma, pero cuando miraba a Martín, sabía que no podía permitir que algo le pasara.
Al llegar, la mujer me recibió con la misma sonrisa vacía que ya conocía. Sabía que ella tenía todo el control en este juego.
—Espero que hayas reconsiderado mi oferta —dijo con una calma inquietante mientras se sentaba tras su amplio escritorio de madera oscura.
Tragué saliva y mantuve la mirada firme, a pesar de que la incertidumbre me carcomía por dentro.
—Acepto el trato —respondí, sin dejar espacio para titubeos—, pero quiero que cubras al menos la mitad de los gastos médicos de Martín ahora, antes de la boda.
Ella arqueó una ceja, como si estuviera sorprendida por mi petición, pero lo que más me dolió fue la sonrisa que le siguió. Una sonrisa que no tenía nada de amable.
—No, querida. No es así como funcionan las cosas. El acuerdo se cumplirá cuando te cases con Alexander, no antes. —Su voz era cortante, como un cuchillo afilado.
Sentí una ola de frustración y rabia, pero me obligué a mantener la calma. No tenía más opciones. Cada vez que intentaba encontrar una salida, me topaba con un muro. Ella controlaba todo.
—Y una cosa más —añadió, inclinándose hacia adelante—. No puedes decirle a Alexander que tienes un hijo. A él no le interesa, y no lo permitirá. No queremos problemas innecesarios, ¿verdad?
Esa última frase me dejó paralizada. El miedo se deslizó por mis venas como un veneno silencioso. No podría decirle la verdad a Alexander. Sabía que eso significaba vivir con la mentira constantemente, ocultando la parte más importante de mi vida. Pero si eso era lo que debía hacer para salvar a Martín, entonces lo haría.
—Está bien —dije finalmente, con un nudo en la garganta.
La mujer sonrió con satisfacción, como si hubiera ganado una partida de ajedrez.
—Perfecto. Nos vemos en la boda.
***
El día de la boda llegó más rápido de lo que esperaba. No había flores, ni música alegre, ni familiares emocionados. Fue una ceremonia sencilla, casi fría, celebrada en un pequeño salón. Solo estaban presentes los testigos necesarios y unas pocas personas que ni siquiera conocía. Todo se sentía irreal, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
Alexander apareció, vestido impecablemente en un traje n***o que hacía resaltar la frialdad de sus ojos. Apenas me miró cuando llegué. Para él, esta boda no significaba nada. Su indiferencia era palpable, como si estuviera haciendo algo que le resultaba tedioso y molesto. Me sentí pequeña bajo su mirada. A pesar de todo, traté de mantener la compostura, recordándome que esto era por Martín.
La ceremonia fue rápida. No hubo votos emocionantes ni miradas llenas de promesas. Todo fue mecánico, un trámite. Cuando llegó el momento de sellar el compromiso con un beso, Alexander se inclinó ligeramente hacia mí, pero no sentí calidez ni emoción. Sus labios rozaron los míos brevemente, con la misma indiferencia con la que uno podría sellar un contrato. No me importó; no esperaba otra cosa.
Apenas terminó la ceremonia, Alexander me tomó del brazo, con una firmeza que me resultó incómoda.
—Vámonos —dijo en voz baja, sin siquiera mirar a los pocos invitados que estaban ahí.
Me dejó sin aliento cuando me arrastró fuera del salón, sin preocuparse por las miradas desconcertadas de los testigos. El frío del aire de la noche nos envolvió cuando salimos del pequeño salón de bodas. Las luces de la calle iluminaban tenuemente su perfil, y, por un momento, el miedo me invadió. ¿Qué me esperaba ahora?
***
El trayecto hasta su casa fue silencioso. Apenas intercambiamos palabras, y cada minuto que pasaba sentía que el aire entre nosotros se volvía más pesado, más denso. Al llegar, entré a su hogar con el corazón en la garganta. La casa era enorme y lujosa, decorada con un estilo que hablaba de poder y opulencia. Pero a pesar de su belleza, no podía dejar de sentir que había algo oscuro, algo que no encajaba. Parecía más una prisión que un hogar.
Alexander me guió hasta la sala de estar y se detuvo de repente. Giró hacia mí, y sus ojos, llenos de frialdad, me examinaron detenidamente.
—Escucha bien —dijo, su voz profunda resonando en la sala—. Solo me he casado contigo para cumplir la última voluntad de mi abuelo. No me interesas, ni lo que hagas con tu vida, siempre y cuando no interfieras con la mía. Mientras vivas aquí, fingiremos ser una pareja feliz ante los demás. Fingiremos que tenemos una relación íntima cuando sea necesario. Pero más allá de eso, tú no te entrometerás en mi vida, y yo no me entrometeré en la tuya. ¿Entendido?
Sus palabras me golpearon como una bofetada, pero no me sorprendieron. Sabía que este matrimonio no sería real, que no había espacio para sentimientos ni emociones. Sin embargo, la frialdad con la que lo decía, como si yo fuera solo un objeto más en su vida, me hizo sentir aún más insignificante.
Asentí, incapaz de encontrar palabras. No sabía qué decirle, y la verdad es que temía abrir la boca y empeorar la situación.
—Bien —dijo, dándose la vuelta sin más—. Te mostraré tu habitación.
Me siguió llevando por los pasillos de la casa hasta que llegamos a una amplia habitación que, a simple vista, parecía una suite de lujo. Las paredes estaban decoradas con arte moderno, y la cama, cubierta con sábanas de seda, era enorme.
—Esta será tu habitación. —Hizo una pausa, su mirada recorriendo la habitación con indiferencia—. Como te dije, no me interesa lo que hagas siempre y cuando cumplas con lo que acordamos. Y si tienes… —Hizo una pausa, sus ojos fijos en mí— necesidades, yo puedo satisfacerlas, pero será solo eso. Nada más.
Sentí mi rostro arder de vergüenza y miedo. No quería esto. No quería que nuestra relación, por más falsa que fuera, se convirtiera en algo tan frío y vacío. Pero sabía que no podía rechazarlo. Sabía que decirle que no pondría en peligro todo lo que había hecho por Martín.
—No… no es necesario —respondí, retrocediendo un paso.
Alexander me observó durante un largo momento, sus ojos fijos en los míos, y luego esbozó una sonrisa apenas perceptible. Una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Como quieras —dijo, encogiéndose de hombros—. No te molestaré más por hoy.
Dicho eso, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome sola. Cerré la puerta detrás de él, sintiendo cómo el peso de la realidad caía sobre mí como una losa. Me acerqué a la cama y me dejé caer sobre ella, con la mirada fija en el techo. Mis pensamientos eran un caos. Sabía que había tomado esta decisión para salvar a Martín, pero ahora, al estar aquí, todo se sentía tan surrealista, tan frío y solitario.
El silencio de la habitación era abrumador, y lo único que podía pensar era en cómo había llegado a este punto. Sabía que mi vida no sería fácil después de este matrimonio, pero nada me había preparado para la indiferencia de Alexander, para la frialdad con la que me trataba.
¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a sobrevivir en este mundo de mentiras y secretos? No podía permitirme fallar. No cuando la vida de Martín dependía de mí.