Capítulo 2
Siento que acabo de subir a un tren que marcha a toda prisa y sin frenos. ¿Cómo supo ese hombre en qué apartamento vivo? El miedo se apodera de mí y no soy capaz de moverme, estoy paralizada delante de aquel desconocido que me observa con atención, recorriendo mi cuerpo con su mirada.
—¿Qué… qué hace usted aquí? —grito eufórica, consiguiendo reaccionar.
—Yo lo he dejado pasar —responde Joy apareciendo en ese momento.
—¿Qué? ¿Por qué? —cuestiono mirándola con los ojos muy abiertos. ¿Acaso se volvió loca?
—Preguntó por ti, le dije que estabas duchándote y lo hice pasar —enuncia muy tranquila, como si meter a un desconocido a nuestro apartamento no fuera la gran cosa. Por Dios, si se lo he dicho hasta al cansancio.
—Pues no debiste, yo no conozco a ese hombre y no tengo nada que hablar con él. Dile que se vaya —demando furiosa y me encierro en mi cuarto esperando que Joy saque a ese atrevido de mi apartamento.
—Ya puedes salir, se ha ido —anuncia Joy tras mi puerta.
—¿Te has vuelto loca, Joyce? ¿cómo dejas pasar a cualquiera que pregunta por mí? ¿Y si te hubiera hecho daño o a mí? —Le reclamo apenas abro la puerta. Estoy enojadísima con ella, no puede ser tan insensata.
—Lo siento, Lexie, no pensé que te molestaría. Además, ¿has visto la pinta de ese hombre? Está para arrancarle la ropa y devorarlo despacito —describe con un brillo en la mirada.
—No, no me fijé. Yo solo vi a un completo desconocido sentado en mi sofá que me puso incómoda. No vuelvas a hacer algo así, Joyce —le advierto con una mirada hostil.
—Bueno, bueno. Lo siento, ¿sí? No pensé que te molestaría.
—Pues ya sabes. Buenas noches. —Cierro la puerta casi en sus narices y me quedo en mi habitación hasta el día siguiente.
En la mañana, Joy se disculpa de nuevo conmigo y me prepara mi desayuno favorito: omellette, tostadas con mermelada, tocino y zumo de naranja. La verdad, me sentí mal por haberle gritado, ella no tiene idea de lo que me pasó y porque me asustan tanto los hombres. Solo mi familia y mi terapeuta lo sabe, no sabría ni cómo decírselo.
—Gracias, me ha encantado. Y disculpame tú por haberte tratado así, no debí gritarte —le digo mientras recojo mi plato del desayunador.
—Nunca te vi tan enojada —comenta mordiéndose la esquina del labio—. ¿Por qué te puso tan nerviosa ese hombre? —pregunta con suspicacia. Y decido contarle dónde lo conocí y lo que pasó.
—Por eso enloquecí cuando lo encontré en la sala —termino diciendo.
—¡Ah, ahora lo entiendo! ¿Cómo pudo saber dónde vivías? —inquiere pensativa.
—Eso mismo me pregunto yo —comento asintiendo.
—Bueno, por las dudas, iré contigo al ensayo esta tarde.
—Qué linda, Joy. Muchas gracias —pronuncio sintiendo un enorme alivio. Estaba considerando reportarme enferma para no ir.
Más tarde, salgo con Joy del edificio y doy un paso atrás cuando veo al desconocido esperándome apoyado en el capó de su Porshe luciendo un impecable traje azul oscuro. A la luz del día, se ve mucho más apuesto. Tiene la apariencia de un modelo de perfume, elegante y poderoso.
—¡Pero es que ha perdido el juicio! ¿Qué hace aquí? Pensé que le había quedado claro que no tengo nada que hablar con usted. —Le recrimino convirtiendo mis nervios en ira. La historia podría ser otra si Joyce no estuviera a mi lado.
—Pero si no me conoces, ¿cómo puedas saber que no tenemos nada de qué hablar? —responde él con una sonrisa pícara que ni me va ni me viene. Está muy equivocado si piensa que soy una de esas mujeres impresionables que cae rendida a los pies por una sonrisa o un gesto.
—Porque sí, porque pienso que eres un acosador en quien no puedo confiar —respondo elevando el mentón, con una seguridad que no sé de dónde surgió.
—¿No quieres saber mi nombre antes? —inquiere dando un paso al frente.
—No, ya sé lo suficiente de usted como para no querer saber nada más —contesto con la misma actitud desafiante.
—¿Y qué es eso que sabes? —formula con curiosidad.
—Que eres un prepotente que cree que puede tener lo que sea firmando un cheque.
—¿Sí? ¿Y qué te lo ha hecho pensar? —replica frunciendo el ceño. Parece que lo he ofendido.
¡Ja! ¡Como si me importara!
—Lo que está a la vista, no necesita anteojos —contesto mirándolo con desprecio.
—No deberías juzgar un libro por su portada —responde moviendo las cejas.
—Sabe qué, no tengo tiempo para estarlo perdiendo con usted. Espero que esta sea la última vez que me aborda o tendré que reportarlo a la policía —le advierto perdiendo la paciencia. Y me dispongo a alejarme de él lo más rápido posible.
—Me llamo Adrien Butler —grita antes de que doble la esquina y me pierda de su vista.
—Lexie, espérame —grita Joy detrás No me di cuenta lo rápido que estaba caminando.
—Lo siento, solo necesitaba alejarme de ese hombre —le digo cuando me alcanza.
—No veo porqué. A mí no me parece alguien de quien huir. ¿Lo has visto bien? Es guapísimo, Lexie. Yo estaría encantada con tener la atención de un hombre así —comenta con emoción.
—Pues yo no, Joy. A mí no me engaña con su sonrisa de dentífrico y su aspecto de hombre importante. Ojalá no lo vuelva a ver —aseguro decidida, el tal Adrien Butler se equivocó de mujer conmigo.
El ensayo de hoy fue mucho más exhaustivo y agotador, es lo normal cuando falta menos para la presentación. Damien estuvo insoportable y Thifany no perdió oportunidad para molestarme esperando que cometiera un error, pero se quedó con las ganas.
—Lexie, espera. Estas son tuyas —me avisa Amanda, la asistente de Damien cuando me disponía a salir. Sostiene un precioso ramo de rosas rojas y me lo tiende.
—¿Para mí? ¿Quién lo traído? —pregunto acercándome.
—Un repartidor.
—¡Oh, gracias! —Lo tomo y reviso si tiene una tarjeta, pero no encuentro ninguna.
—Parece que tienes un admirador secreto —comenta sonriendo.
No, nada de secreto. Sé quién las trajo.
—Te las regalo —pronuncio forzando una sonrisa. No quiero aceptar nada de ese hombre, no vaya a ser que me vea saliendo con ellas del estudio y piense lo que no es.
—¿Segura? —inquiere alzando las cejas.
—Sí —afirmo sin decir más y luego me marcho en un taxi, no quiero correr el riesgo de que Adrien Butler se cruce en mi camino.
Por suerte, logro entrar a mi apartamento sin ningún encuentro inesperado. Tal vez el hombre al fin entendió que conmigo no va a conseguir nada.
Joy me escribe un mensaje diciendo que irá al cine con unos amigos, me había acompañado hasta el estudio de baile dispuesta a quedarse hasta que terminara, pero le dije que podía irse, que estaría bien sola.
Escucho que tocan la puerta y se me salta el corazón pensando que sea Adrien, pero por suerte se trata de Mark, mi vecino del piso de abajo.
—Traje comida —anuncia mostrándome una bandeja. Por su culpa he tenido que ejercitarme más duro, cocina divino y siempre hace suficiente para compartir conmigo.
Lo conocí el día que llegué al edificio, me trató con mucha amabilidad y me ayudó a instalarme. Es un artista plástico talentoso, amante del arte abstracto, de las películas viejas y de los Rolling Stone. Sus pinturas han sido exhibidas en las galerías más importantes de la ciudad. Inició su camino como artista a muy temprana edad, consiguiendo consolidarse a sus veinticinco años como uno de los exponentes más valiosos del arte abstracto de Londres.
Lo dejo pasar y nos dirigimos al área de la cocina. Busco un par de platos y cubiertos y me siento en uno de los taburetes esperando que Mark sirva la comida. Huele fantástico, mañana tendré que levantarme muy temprano a perder todas esas calorías que voy a consumir.
—Ya, suficiente. No quiero que Damien me asesine antes de mi gran presentación —bromeo al ver la cantidad de lasaña que me sirvió.
—No lo haría, eres su bailarina estrella —responde sonriendo y con un brillo en la mirada que me ponte tensa.
—No me mires así, Mark. —Le pido incómoda.
—No puedo evitarlo, Lexie. Me gustas mucho y no puedo dejar de sentir lo que siento solo por que me lo pidas —admite dolido.
—Creo que lo mejor es que te vayas —murmuro sin mirarlo, apenada. Lamento no poder corresponderle como merece, pero no soy capaz de verlo como algo más que a un amigo.
—No, por favor. Quiero cenar contigo. Te prometo que no volveré a mencionarlo —asevera nervioso, pasándose la mano por los rizos salvajes de su cabellera color ámbar.
—Lo siento, Mark, pero no puedo. —Me pongo en pie y Mark lleva su mano sobre la mía, causando que se tense de la cabeza a los pies.
—Perdoname, Lexie. No quise…
—Vete, Mark —siseo apartando la mano y alejándome de él como si estuviera ardiendo en llamas y me quemara.
—Está bien, me iré —conviene caminando hacia la puerta. Apenas escucho que se cierra, rompo a llorar con fuertes sacudidas y termino en el suelo de rodillas, abrazándome a mí misma.
¿Podré superarlo alguna vez?
No puedo soportar que ningún hombre me toque fuera del escenario. Mi terapeuta dice que mi mente no asocia el ataque con el baile, pero que lo explique no significa que lo comprenda. Puedo bailar con cualquiera sin sentir pánico, pero no puedo abrazar ni a mi padre sin que termine paralizada.
Sigo doblada en el suelo cuando escucho mi teléfono sonar. Es Less. Siempre me llama cuando percibe que estoy asustada. No pasa todas las veces, solo cuando mis emociones me desbordan.
Me obligo a levantarme y respondo la llamada. Le digo que estoy bien, que me he puesto nerviosa por Mark, y aprovecho para preguntar por papá, mamá y por Hudson. Los extraño mucho, cuento los días para volver a estar con ellos.
—Todos están bien. Hudson haciendo travesuras, como siempre. Y papá y mamá siendo asquerosamente románticos —responde con cara de espanto.
—¿Y cómo va todo con tu nuevo amor? —pregunto con sarcasmo.
—¡Qué mala eres, Lexie! —replica frunciendo el ceño—. Pues de maravilla, Adam es un amor y me trata muy bien.
—Me alegro por ti, Less. De verdad.
—¿Y que ha pasado con el desconocido? ¿Lo has vuelto a ver?
—No, por suerte —miento porque no tengo ganas de hablar de ese tema.
—¿Hablamos en la noche? Estoy terminando de redactar una noticia que tengo que enviar en una hora.
—Sí, está bien. Te quiero.
—Y yo a ti.
Al día siguiente, cuando llego al estudio de baile, me entero de que me han dejado otro ramo de rosas rojas, pero en esta oportunidad sí le han incluido una tarjeta.
«Por más dinero que posea, sé muy bien que alguien como tú no se compra, se conquista». Adrien Butler.
Mi corazón da un giro inesperado al terminar de leer las palabras que ha escrito el misterioso hombre que insiste en pretenderme y no sé cómo sentirme al respecto. No ha sido una sensación que se relacione al miedo, fue diferente, fue… confusa.
Guardo la tarjeta en mi bolso y le regalo a Amanda las rosas de nuevo. Pero antes de irme, le pido que no acepte nada más para mí, que rechace cualquier cosa que quieran dejarme. No quiero que alguien se entere y tener problemas por eso.
Mientras me cambio para iniciar el ensayo, no paro de pensar en Adrien Butler, si es que ese es su verdadero nombre. Imagino que sí, no me diría cómo se llama si estuviera mintiendo. Pensándolo bien, él parece saber todo de mí: dónde vivo, donde trabajo, a cuál café voy…
—Me enteré de que tienes un admirador —pronuncia Tiffany sentándose a mi lado para ponerse las zapatillas—. No sé qué ha podido ver en ti, no tienes ninguna gracia. Tal vez te tiene lástima y por eso te manda flores.
—Lastima das tú que no tienes nada mejor que hacer que meterte conmigo —le espeto poniéndome en pie—. Y prefiero no tener gracia que ser como tú.
—¿Y cómo soy, según tú? A ver, dime —pregunta enfadada.
—Sabes, si le dedicaras toda esa energía al ballet, tal vez tú serías la protagonista y no yo —señalo en lugar de responder lo que me ha preguntado, no pienso convertir esto en una discusión que no nos llevará a nada. Y me marcho del vestidor dejándola sola y con la boca abierta.
Cuatro horas más tarde, estoy hecha polvo. Damien fue más estricto de lo normal en el ensayo de hoy, no nos dejó parar hasta que quedara perfecto. No veo la hora de estar en casa con los pies metidos en agua tibia hasta que me dejen de doler. Me cambio y salgo del estudio encontrando una sorpresa afuera.
—¿Acostumbra a acosar a todas las mujeres o solo a mí? —pregunto mirándolo con desprecio. Esta vez, no usa un traje y corbata sino unos vaqueros negros y un jersey gris que contrastan con sus ojos color océano. Hasta parece una persona sencilla sin todo ese lujo encima. Claro, el lujoso auto deportivo estacionado a un lado de la calle lo vuelve a subir a la cúspide de la ostentosidad.
—Solo a ti —responde con voz varonil, provocando que mis latidos se disparen. Y no por miedo, es una sensación que no comprendo—. Esperaba que salieras para llevarte a casa.
—¿¡Ah, sí!? Se va a quedar con las ganas. —Doy media vuelta y comienzo a caminar en dirección a casa. Está loco si piensa que voy a subirme en su auto. ¿Acaso cree que soy tonta?
—Si quieres irte caminando, caminaré contigo —enuncia siguiéndome.
—No hace falta —murmuro apresurando el paso, pero él consigue alcanzarme y camina a mi lado.
—¿Por qué insistes en huir de mí? —cuestiona como si no fuera obvio.
—Umm, no sé. Puede ser porque eres un completo desconocido y porque no confío en hombres que se comportan como acosadores —respondo justo antes de detenerme en el semáforo y esperar mi turno para pasar.
Adrien se pone frente a mí y me pregunta algo inesperado.
—Mírame a los ojos, Lexie. Mírame y dime si ves algo que te atemorice.
Lo observo y siento como si una bola de demolición me golpeara el estómago. Tiene los irises más impresionantes que vi jamás y una mirada tan intensa que hace temblar las barreras que construí a mi alrededor para protegerme.
—No puedo saberlo solo con mirarlo —pronuncio concisa, apartando mi vista de él.
—Los ojos reflejan nuestra alma, no pueden mentir ni engañar —asegura sin moverse, con una determinación que me hace dudar de mí misma.
—No, señor Butler. Si los ojos reflejaran nuestra alma, llorarías al ver los míos. —La del semáforo se enciende para el paso peatonal y tomo mi oportunidad de alejarme.
—Me gustas, Lexie, con todas tus sombras y tus miedos —pronuncia desde la acera y me detengo a la mitad de la calle.
Me volteo y lo enfrento.
—No tiene idea de quién soy, no sabe nada de mí. ¡No quiero que me siga otra vez, no quiero que me mande flores ni que me espere en ningún lado! —Le grito furiosa y luego me alejo, huyendo de él como todas las veces.