U N O

2138 Words
—Las enseñanzas de mi Dios, mi pastor, me llevarán al edén. Solo Dios puede juzgarme, solo Dios puede castigarme, solo... —Para, ¿qué estás haciendo?—Lo detuvo el Cardenal. Alessandro alzó su mirada gris y miró fijamente al mismo. Había estado recitando aquella oración cada mañana, tarde y noche que él lograba recordar. Los ojos viejos y cansados de él Cardenal, lo miraban fijamente con una interrogante. Alessandro torció un pequeño gesto —tan delicado— que el Cardenal no pudo deslumbrar. Eso era bueno, si se hubiera dado cuenta de ello, ahora mismo Alessandro estaría recibiendo azotes. —Me disculpó—murmuró Alessandro bajito—, mi oración es demasiado ruidosa, supongo. —Supones bien. El Cardenal tomó asiento a su lado. Eran las cuatro de la tarde en Roma, hacía un día precioso. Como era de esperarse, Alessandro estaba postrado de rodillas ante una gran cruz colgada en medio del gran salón magistral; rezaba su oración de cada día. Procuraba siempre estar solo cuando la hacía —o al menos eso intento. Jesús desde la cruz, miraba hacia abajo a los dos hombres con pena —aún sin querer hacerlo— pues, era una figura de yeso, ¿cómo el yeso podría cambiar de expresión al menos que fuera moldeado? Y aun así, la mirada de aquella figura miraba a las otras dos. Uno era cansado, viejo y lleno de pecados a través de la mirada. Él otro era joven, bellísimo, con un par de ojos grises puros y limpios; ojos que estaban protegidos de la maldad y crueldad de la humanidad. —Mañana cumples veintiuno—mencionó el Cardenal—, ¿hay alguna cosa que desees? Alessandro miró hacia los grandes ventanales que poseía aquella sala. Salir de aquí... cruzo vagante por su mente, sin embargo, no lo dijo. Negó con la cabeza. —Desear cosas no son el mandato de Dios. Si mi señor quiere que tenga algo, me lo enviara por su divina intersección. Que así sea. —Terminó Alessandro haciendo la señal de la Cruz en su cuerpo. —Amén. —Contestó el Cardenal. Ambos miraron un poco más la figura de yeso ante ellos. Aquella figura tenía más de quinientos años con ellos. Había sobrevivido a tantas cosas, que era un milagro divino que siguiera entera y sin ninguna abolladura. Aquella figura había visto cosas aberrantes. Tal vez era por ello que, en aquella figura en especial, se viera una cara de tristeza inmensa. Más tristeza de la que se hubiera visto en otro lado. —¿Alguna vez se ha preguntado si está triste por nosotros?—Pregunto Alessandro. El Cardenal lo miró atentamente. Él era bellísimo. Podía recordar vagamente ese rostro cubierto de gotas de lluvia con cabellos de oro lisos, pero también recordaba con fervor el rostro de él. Era tan parecido y a la vez tan diferente. Aun mirándolo, viendo aquel rostro bellísimo con signos de culpa, contesto—: Nuestro Dios no podría estar triste por nosotros, él nos ama aún si arrastramos pecados. Yo no creo que esté triste por un alma como la tuya, Alex. Alex. Nadie lo llamaba Alex más que aquel hombre viejo y cansado. Todos en el Vaticano se llamaban hermano. Todos en ese lugar eran hermanos. Había excepciones. Al Cardenal a veces lo llamaba tío, porque Alessandro recordaba que él lo cuidaba como uno, todos estaban un poco extrañados ante la preferencia del Cardenal a con él; pero nadie tenía derecho de juzgarlo más que el Papa o el mismísimo y altísimo Dios. Alessandro no pensó que ese mote —ese preciso pequeño nombre— guardaría grandes significados para aquella alma vieja. Con un movimiento ligero y elegante, Alessandro se levantó. Sacudió con ligereza su sotana café, tratando de quitar el rastro inexistente de arrugas en la misma. El Cardenal lo miró más atentamente. Había crecido como un niño Cristiano, bautizado y llevado por los pasos del señor. Mañana cumpliría años y sería nombrado sacerdote. Empezaría el ritual de matrimonio con Dios y empezaría la vida dando misas y haciendo confesiones. Mañana empezaría el designio que se le impuso como el pago ante un pecado. En ese momento, el Cardenal no lo vio como lo último. Solo sostuvo su mirada café vieja y cansada en el muchacho. Era divino, un ser divino que había bajado del cielo como un pecado. Los Ángeles, eran hermosas criaturas con rostros bellísimos; en ese momento, para el Cardenal, Alessandro era una de aquellas figuras que eran pintadas con tanto detalle y armonía en los cuadros religiosos. Porque si, Alessandro era Perfecto. Su rostro era enmarcado con gruesas cejas de color n***o, su cabello era de un extraño castaño —clarísimo mezclado con unos cabellos más oscuros y uno que otro cabello de oro. Sus ojos, eran de un gris limpio, puro, que cambiaba a azul cuando estaba especialmente emocionado y llegaban a tornarse negros cuando algo no le gustaba. Sus labios, eran de una forma delgada, tintados de un rosa delicado y siempre estaban un poco mojados gracias a ese pequeño tic que tenía de siempre pasar la punta de su lengua por ellos. Era alto. Podía medir al menos un metro con ochenta y cinco —y pareciese que jamás terminaría de crecer. Su piel era clara, limpia, pero uno que otro lunar salpicaba su cuello manchándolo —solo un poco. Alessandro no poseía el cuerpo de un ángel (marcado con músculos preciosos), era delgado —no demasiado— pero lo suficiente para hacerlo ver un poco menos menudo. Era un ser perfecto carente de músculos, pero seguía siendo perfecto. Y así lo veían todos dentro del Vaticano. Un ser perfecto caído del cielo, criado por los mismos ángeles pero de procedencia pecaminosa. Alessandro le hizo una pequeña reverencia a la figura de su señor, antes de girarse, tomar la mano de él Cardenal y besársela levemente; para en seguida girarse e irse en silencio. Los pasos del muchacho eran silenciosos, ligeros como una pluma. Si bien su respuesta ante el cardenal fue bien elaborada, ahora mismo quería correr y gritar a los cuatro vientos lo que en verdad quería; fue por eso que se apresuró hasta llegar a su habitación. Su habitación era modesta. Solo había lo suficiente para estar cómodo. Era solo un pequeño cuarto de tres paredes y un ventanal que iba desde el piso hasta el techo —se podía abrir pero le estaba prohibido. Aquel gran ventanal daba exactamente a la plaza mayor de Roma, justo enfrente del Vaticano —su hogar. El ventanal le daba la vista de miles de personas que pasaban diariamente por ahí. A Alessandro le gustaba mucho observar a todas esas personas. Era curioso ante las cosas que podía ver: sus vestimentas, los colores de su piel, sus expresiones, aquellas cosas con vidrio brillante de color n***o que sostenían en sus rostros y a la que le sonreían brillantemente. Todo, cualquier cosa fuera del Vaticano, era digno de ser admirado por Alessandro. Había pasado veinte años encerrado en aquel lugar. Muchos Padres, Cardenales, Obispos y hasta algunos Monaguillos; salían de vez en cuando. Es por eso que Alessandro siempre tenía la duda de: ¿por qué ellos sí y yo no? Aún podía recordar en su infancia —mientras solo era un simple monaguillo— como todos sus compañeros platicaban de juguetes. ¿Qué era un juguete? Había estado solo en aquel gran recinto. Había sido testigo de atrocidades impuestas por la iglesia —incluso era consciente de los pecados de algunas personas que vivían con él. Alessandro había visto demasiados pecados en un lugar donde se debe estar libre de ellos, pero ni así, sabía lo que era un juguete. Había sido criado con la humildad que un siervo de Dios debía manejar. No sabía nada del mundo exterior y quería poder explorarlo más que nadie en el mundo. Un golpe pequeño sonó en su puerta. —Adelante—dio el permiso para entrar. Un cuerpo pequeño y rechoncho entro cojeando un poco. —Madre—saludó Alessandro yendo a su lado tratando de ayudar. Una mano rechoncha y pálida retiró sus manos de un golpe. —Alto ahí niño, ya te he dicho que no me gusta que me toquen. Alessandro sonrió. —Perdóneme madre—se disculpó y miró un poco más atentamente a la mujer. La mujer dejó de golpe una bolsa negra en la cama del muchacho. Alessandro estudió la bolsa antes de mirarla de nuevo. —No te quedes ahí hijo mío, ábrela, rápido—lo apresuro. Pero Alessandro dudo. La madre superiora —Lorenza— miró con tristeza su expresión de cautela. Alessandro era un chico muy guapo con más barreras que Israel. Eso le entristecía. Su cuerpo rechoncho camino hasta quedar a su altura. Sus manos pequeñas se posaron en las mejillas lisas del muchacho. —Mi querido niño, mañana tienes un deber muy importante, mañana te casarás con Dios. Es algo hermoso entregarte a Dios, no hay nada más hermoso en este mundo que ser el siervo de nuestro salvador. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. »Pero aún tan hermoso como es, tu mi niño, lo eres más. Abre esa bolsa tesoro, ahí, se encuentra lo que más anhelado en la vida. Alessandro miró con delicadeza a aquella mujer que había sido como su madre. Aquella mujer que a escondidas le dio chocolate cuando se le tenía prohibido. La Madre Superiora Lorenza había hecho siempre tantas cosas por él. Alessandro tomó ambas manos pequeñas y rechonchas en las suyas y la miró. Su mirada era más cansada, su rostro estaba lleno de arrugas y, esos ojos verdes estaban apagados. Aun así era un ser hermoso que lo amo como nadie más. Alessandro depósito un pequeño beso en ambas manos y asintió. Se dio vuelta y, como un pequeño Niño emocionado, fue hacia la bolsa. Cuando la abrió, todo el aire escapó de sus pulmones. Había ropa —pero no cualquier ropa. Eran prendas de gente... normal. Toda su vida había sido vestido con ropas de manta fría cubriendo su hombría, camisones de tela viejos y sobre todo: sotanas cafés; todo ello acompañado de sandalias de cuero viejas. Para una persona, el ver a hombres vestidos con pantalones vaqueros, playeras de algodón, sudaderas y un par de tenis; era normal. Para Alessandro, era como ganar la lotería. Tomó con mucho cuidado prenda por prenda. Había más de una cosa. Por supuesto que las estudio. Tomó cada una de ellas con delicadeza y las miró con detenimiento. Sintió la tela de mezclilla, el algodón, el material sintético... todo. Para él todo aquello era nuevo y aterrador. Pero aún había una interrogante. —¿Por qué me das todo esto madre?—Pregunto con la garganta cerrada a causa del nudo que se le había formado en la misma. La mujer emocionada, sacó algo del bolsillo de su hábito n***o. Alessandro miró lo que le tendía. —Madre...—jadeó. —Tuve que pelear demasiado con todos, sobre todo con ese... Dios me perdone, con ese mal nacido de Fiore. —Madre.—Se escandalizó Alessandro con diversión en su voz. —Ahora no lo defiendas. Tu mi niño, has sido el mejor más que nadie. Tan obediente, tan silencioso y tan bello—le sonrió con dulzura—, mereces salir de aquí. Has cumplido con el mandato de Dios lo suficiente para tener el permiso de salir. Alessandro no podría hablar. Su único deseo era poder salir —aunque fueran solo cinco minutos. Quería poder perderse entre toda la gente que miraba por su ventanal. Quería experimentar cómo era mezclarse con los de afuera. Quería salir. Ahora mirando la llave en sus manos y las ropas que la gente usaba plegadas en su pequeña cama individual; sabía que ese, ese preciso momento, sería el que le cambiaría la vida. Había sido un ser atrapado en cautiverio por tantos años, que ahora mismo, el poder estar afuera con los demás, lo asustaba de alguna manera; al mismo tiempo estaba lleno de emoción. —¿Usted irá conmigo Madre?—Pregunto. La mujer lo miró con felicidad y negó. —No mi niño, es tu aventura, además soy demasiado vieja para poder andar tanto. —Pero... —Pero nada. Tienes todo el resto del día de hoy y todo el día de mañana. Alessandro abrió los ojos sorprendido. —¿Cómo es posible? La Madre sonrió. —Hice que tu casamiento fuera de noche, cariño. Todo está preparado. Ahora vístete y sal. Cumple ese sueño. Alessandro le agradeció antes de que la misma desapareciera por su puerta. Tenía el mundo en sus manos. ¿Quién iba a decir que una llave insignificante, podría ser el mundo entero para una persona...?
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