Darren Clough consultó la hora en su reloj. Llevaba fuera cuarenta y cinco minutos. Hora de irse directo a casa. En los últimos seis meses, el trote se había convertido en su afición y en su única forma de ejercicio. Después de haber probado de todo, desde deportes hasta levantamiento de pesas e incluso patinaje sobre hielo, trotar después del trabajo había resultado ser la única actividad recreativa a la que conseguía dedicarse sin perder el interés a los diez minutos.
Además, como trabajaba en el turno de cuatro de la tarde a medianoche en el asilo, era la actividad ideal para disfrutar sin interrupciones. Todo lo que necesitaba era un par de zapatos deportivos, e irse. Todo lo demás que había intentado siempre parecía implicar tener que unirse a un equipo de algún tipo u otro, y pronto se hizo evidente que la gran mayoría de los miembros sólo se unían como una forma de mejorar su vida social.
Un par de horas un domingo por la tarde, y esperaban que se uniera a ellos en el bar durante el resto del día. Por no hablar de las interminables invitaciones a cumpleaños y aniversarios, que implicaban beber grandes cantidades de alcohol hasta que solía estallar una pelea. Con el tiempo, Darren se había hartado cada vez más de tener que poner excusas para no poder asistir. Por un lado, nunca había sido un gran bebedor, y después de un par de pintas estaba listo para irse a casa. Por no hablar de que no parecía tener mucho en común con el resto de sus compañeros de grupo.
La mayoría de ellos tenían trabajos bien pagados, y siempre estaban presumiendo de su última buena racha, ya fuera en bolsa o por algo que habían comprado por una miseria en una venta de garaje o en una subasta, y que luego vendieron por una auténtica fortuna. Algunos incluso se jactaban de haber estafado una fortuna a alguna anciana porque no se había dado cuenta de que lo que vendía era tan valioso.
Como trabajaba en un asilo, Darren siempre había pensado que las personas que necesitaban ayuda eran las más importantes, independientemente de su condición, y había dedicado los últimos diez años de su vida a un trabajo que pagaba muy poco pero que, debido a la satisfacción que le producía cuidar de sus confiados, lo hacía sentir como si fuera el hombre más rico del mundo.
Por supuesto, se dio cuenta de que sus circunstancias le permitían permanecer en su puesto actual sin necesidad de buscar un trabajo alternativo en otro lugar. Desde que su madre los abandonó durante su adolescencia tardía, sólo quedaban Darren y su padre en casa, y aunque siempre habían sido los mejores amigos, desde que Darren se ofreció voluntario para trabajar en el turno de noche, apenas se veían. Su padre trabajaba en la fábrica de automóviles local y empezaba a trabajar todos los días a las seis, por lo que solía estar dormido cuando Darren llegaba a casa después de medianoche. Sin embargo, al menos en los días libres de Darren solían compartir una comida para llevar y ver cualquier partido deportivo que transmitieran por la televisión. Al menos Darren ya no tenía que sentirse culpable cada vez que comía su comida para llevar preferida.
De niño, Darren siempre había sido gordito y nada de lo que hacía, comía o dejaba de comer parecía ayudarlo. Su madre nunca había sido una gran cocinera, prefería pasar el tiempo en el bingo local que sudar sobre una cocina caliente. Por lo tanto, la mayoría de sus comidas procedían de latas y paquetes, o, la mayoría de las veces, de la churrería local.
En cambio, a su modo de ver, sus compañeros comían todos lo mismo, o eso decían. Por lo tanto, seguía siendo un misterio para él por qué siempre parecía tener al menos diez centímetros más de cintura que ellos. Cuando empezó a afeitarse a la tierna edad de catorce años -principalmente a causa de una vergonzosa barba de chivo que le salía debajo de la barbilla- le salió acné. La combinación de ambos le aseguraba no tener novia cuando sus compañeros se emparejaban con las chicas del colegio de enfrente para ir al cine, o a la feria local.
Inevitablemente, si había una película que quería ver desesperadamente -especialmente una buena película de terror- Darren se inventaba una excusa y e iba solo, asegurándose de que no ser descubierto colándose después de que se apagaran las luces y marchándose antes de los créditos finales. Así fue como su vida continuó en una espiral interminable de dietas fallidas y clases de ejercicio sin sentido. No fue hasta que empezó a trabajar en su turno actual en el asilo, cuando descubrió su nueva pasión por el trote. Como terminaba su turno a medianoche, siempre pasaban varias horas antes de que se hubiera relajado lo suficiente como para contemplar la posibilidad de conciliar el sueño.
La idea se le ocurrió al ver a un par de corredores en las calles mientras volvía a casa. Apenas había un alma alrededor y, de algún modo, por alguna manera supuso él, a la falta de tráfico en las carreteras a esa hora, el aire se sentía más limpio y fresco al respirarlo. Su intento inicial no fue precisamente un gran éxito. Consiguió aguantar algo más de diez minutos antes de caer desplomado, incapaz de recuperar el aliento. Pero, aun así, la experiencia lo hizo sentirse vivo y le dejó una auténtica sensación de logro. Tanto es así que la noche siguiente se encontró de nuevo en la calle. Fue una larga lucha, pero al final Darren consiguió alcanzar su objetivo de correr durante una hora entera sin parar. Esto se convirtió en su rutina nocturna, cinco días a la semana, justo después de su turno de noche. Es más, con el paso del tiempo, empezó a notar que la ropa le quedaba más holgada y, en menos de un año, había perdido quince centímetros de cintura, y lo mejor de todo es que ni siquiera se había molestado en modificar su dieta.
Para añadir un poco de variedad a su rutina, Darren empezó a trazar rutas diferentes para no tener que ver los mismos lugares de siempre cada vez que salía. El recorrido de esta noche lo llevó a cruzar las antiguas cocheras del ferrocarril y volver por el cementerio abandonado junto al canal. Se mantuvo lo más cerca posible de los senderos iluminados, pues, aunque nunca había tenido problemas, no quería tentar a la suerte de ser demasiado imprudente. Al llegar al lado de la verja que rodeaba el viejo cementerio, echó un vistazo a la casa que antaño había sido del guardia. En la ciudad se dice que, una vez ocupadas todas las parcelas, la iglesia intentó comprar unos terrenos al otro lado del cementerio, pero un promotor inmobiliario los superó en la oferta, que pretendía construir una urbanización de pisos de lujo. Con el paso del tiempo, la iglesia decidió que no era necesario mantener a un guardia a tiempo completo en las instalaciones y, como el hombre que ocupaba el puesto rondaba los setenta años, lo jubilaron y lo llevaron a un asilo.
Todo el mundo presumía que la iglesia derribaría la casa y daría paso a nuevas parcelas. Pero, para asombro de todos, le dieron una nueva mano de pintura y la separaron del resto del cementerio para ponerla a la venta.
La gente del pueblo solía bromear diciendo que nadie querría vivir allí, porque ¿quién querría mirar por la ventana de su habitación y ver un montón de lápidas mirándolo fijamente? Pero la casa se vendió, y bastante rápido.
A decir verdad, era una propiedad muy espaciosa y, si uno podía olvidar por un momento que estaba tan cerca de un cementerio, constituía una morada bastante espléndida.
Nadie en el círculo de Darren sabía nada de las personas que acabaron siendo sus propietarios, en parte debido a que no tenían vecinos inmediatos y nunca se les veía en los exteriores de la casa, salvo cuando alguno de ellos atravesaba la puerta principal al salir.
Al cabo de un tiempo, como ocurre con la mayoría de las cosas, la gente dejó de contemplar quién vivía allí y siguió cotilleando sobre otros asuntos. Pero, aun así, aquella casa siempre había fascinado a Darren, sobre todo cuando la veía bañada por la luz de la luna como ahora. Siempre le recordaba a algo sacado de una vieja película de terror. Miró a un lado mientras corría. A través de la barandilla podía ver la silueta de la casa en todo su esplendor. Todas las luces estaban apagadas, como de costumbre, así que supuso que quienquiera que viviera allí se había retirado a dormir.
En el momento en el que estaba a punto de darse la vuelta para mirar al frente, vio que algo se movía en su visión periférica. Siguió corriendo, aunque empezaba a ser incómodo hacerlo con la cabeza girada en tal ángulo, pero estaba convencido de que no era su imaginación la que le jugaba una mala pasada. Sin duda había visto algo blanco que contrastaba con la oscuridad. Cuando se acercaba al final del camino, giró a la derecha y siguió corriendo junto a la entrada principal del cementerio. Desde aquí podía ver la fachada de la casa y, tras comprobar que no había obstáculos ni otros corredores con los que pudiera chocar, volvió la cabeza hacia un lado para ver si podía averiguar qué le había llamado la atención momentos antes. Cuando estaba a punto de pasar la entrada, la vio de nuevo.
Desde esta distancia, parecía una figura, moviéndose entre las lápidas. Era una mujer, estaba seguro. Una mujer vestida con lo que parecía un camisón, que ondeaba detrás de ella, con el viento. La observó un momento y dejó de correr antes de estar demasiado lejos en el camino para perderse de vista. La mujer casi parecía ir a la deriva más que caminando, entre las tumbas, sin detenerse más de uno o dos segundos antes de pasar a la siguiente.
Mientras avanzaba por el sendero, de repente levantó la vista hacia él. Darren sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Por su parte, la mujer extendió los brazos y empezó a moverse hacia él. Había algo en la figura que se acercaba que realmente le infundió un temor gigantesco. Aun así, todavía había un par de cientos de metros entre ellos, así que se sintió como un completo cobarde por tener miedo. Por un lado, era sólo una mujer, y no era rival para él en caso de una pelea.
Pero ¿y si ella llevaba un arma oculta a sus espaldas?
A medida que ella se acercaba, Darren sentía que le empezaban a temblar las rodillas. Sabía que podía salir corriendo en cualquier momento, y estaba lo bastante seguro de que ella no podría alcanzarlo. Pero, aun así, no podía detener la sensación de terror inminente que se estaba acumulando en su interior. Al acercarse, Darren se dio cuenta de que llevaba puesto un camisón. El tiempo había sido increíblemente suave para principios de octubre, pero, aun así, le parecía extraño que ella estuviera en el exterior, vestida como estaba.
Además, se dio cuenta de que tenía los pies descalzos. Una cosa era salir en camisón, Dios sabe que había visto a varias personas en su supermercado local por la noche que parecían vestidas para ir a la cama, en lugar de ir de compras. Pero que saliera sin antes ponerse algo en los pies, le pareció especialmente extraño.
—Por favor, ayúdame.
El sonido de la voz de la mujer lo tomó desprevenido. Ahora estaba a sólo unos cincuenta metros, acercándose a cada segundo.
Darren se encontró incapaz de moverse. Era como si ella hubiera conseguido hechizarlo, atándolo al lugar. Aunque ahora decidiera huir, ya era demasiado tarde. ¡Lo tenía! En un intento desesperado por controlar su situación, Darren se irguió y miró directamente a la mujer que se acercaba.