Ana.
Porque claro que lo sigo. Porque cuando Ethan Jones te dice “vamos” con esa voz, tu cerebro deja de funcionar y solo queda el instinto.
Me siento en el asiento del copiloto y fijo la vista en la ventana, intentando convencerme de que todo esto es normal. Totalmente normal. Tu jefe casi besándote, llevándote a un lugar misterioso, con el corazón a punto de salirse por la boca… normalísimo.
En fin, un sueño hecho realidad.
El auto avanza y yo observo distraída las luces, los árboles, las calles que van quedando atrás. Hasta que algo… algo no encaja.
Frunzo el ceño, esa curva.
Ese kiosco viejo.
Ese poste torcido que siempre me pareció inclinado aunque nadie más lo notara.
No.
No puede ser.
Me enderezo lentamente y miro a Ethan. Él sigue conduciendo, tranquilo, relajado, con una sonrisa dibujada en el rostro. No una sonrisa cualquiera. No.
La sonrisa. La sonrisa de “sé exactamente lo que estoy haciendo”.
Mi corazón empieza a latir tan rápido que temo que el cinturón de seguridad tenga que intervenir..
—Ethan… —digo, y mi voz sale más pequeña de lo que esperaba.
Una lágrima se escapa sin permiso y recorre mi mejilla. No es tristeza. Es el golpe de los recuerdos. Es casa. Es infancia. Es sentirme vulnerable y feliz al mismo tiempo. Es mamá, papá y por supuesto mi familia.
Él gira apenas el rostro hacia mí.
—Te dije que eran treinta días —dice con suavidad—. Y esto… —sonríe— apenas está comenzando.
El auto se detiene, y mi mundo también.
Ethan baja primero, rodea el vehículo y abre mi puerta. Me extiende la mano y cuando la tomo, lo juro, siento que todo se mueve. El suelo, el aire, mi estabilidad emocional. Todo, absolutamente todo.
—Vamos —dice—. Caminemos.
Bajamos y el aire huele exactamente igual que siempre. Hogar, a tierra húmeda, a familia.
—Hoy será nuestro segundo día —explica— y pensé que pasar un día al lado de tu familia sería genial.
No pienso. No analizo. Mi cerebro aún está haciendo corto circuito. Y sin dudarlo un segundo me giro y beso su mejilla. Rápido. Espontáneo. Totalmente impulsivo.
—Advertencia —digo—. Mi mamá cocina como si alimentara a un ejército y mi papá hace interrogatorios que deberían estar prohibidos por ley.
Ethan ríe. Con esa sonrisa que detendría 10 mil guerras, de eso estoy más que segura
Caminamos hasta la puerta y, de pronto, me detengo en seco.
—Detente.
Él abre los ojos, sorprendido.
—¿Qué sucede?
Muerdo mi labio. Esto es importante. Vital.
—Mi padre te va a matar.
Alza una ceja.
—¿Por qué?
—Porque sabe que eres mi jefe.
Ethan se queda pensativo un segundo… y luego sonríe.
—Perfecto —dice. —por fin voy a saber que tantas maravillas has dicho sobre mi.
—¡Por Dios, escóndete! —susurro.
Y justo en ese momento, la puerta se abre.
—¡Mi niña! ¡Hasta que llegaste! —exclama mi mamá.
Me congelo.
Ella se gira hacia Ethan, lo observa de arriba abajo y sonríe como si acabara de encontrar un tesoro.
—Señor Jones, es un gusto volver a verlo.
Abro los ojos como platos.
Ethan, en cambio, luce una sonrisa enorme, encantadora, peligrosa.
—El gusto es mío, señora —responde con ese tono educado que usa cuando quiere impresionar.
Los miro a ambos, a mi madre y por supuesto a Ethan y definitivamente algo no cuadra. Nada cuadra.
—Un momento… —digo, frunciendo el ceño—. ¿Ustedes se conocen?
Mi madre se adelanta antes de que Ethan pueda abrir la boca. Sonríe con absoluta naturalidad, como si hablaran del clima.
—Claro que sí —responde—. El señor Jones me ayudó una vez en la ciudad. Muy amable, por cierto.
Mi cabeza hace un pequeño movimiento de lado a lado, incrédula.
—¿Ah, sí? —murmuro—. ¿Y papá?
—Está con Chispita —responde ella, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Parpadeo.
—¿Con… Chispita?
Ethan arquea una ceja, claramente intrigado.
—Disculpa —interviene—, ¿quién es Chispita?
Resoplo, cruzándome de brazos.
—Mi perro —aclaro—. O mejor dicho, nuestro perro. Un torbellino peludo con patas cortas y cero respeto por la autoridad.
Ethan suelta una risa baja.
—Interesante nombre.
Mi madre asiente, divertida.
—Lo adoptamos cuando Ana era pequeña. Ella insistió en ponerle así.
—Porque corría como si tuviera chispas en las patas —me defiendo—. No juzgues.
Ethan me observa con esa sonrisa que ya empiezo a reconocer demasiado bien.
—Jamás lo haría —dice—. De hecho, creo que quiero conocer a Chispita.
Creo que mejor hubiera deseado no conocerlo.