No pudo evitar que sus mejillas se tiñeran de rojo. —Yo… no voy a renunciar —susurró Alexa. —¿Aceptas mis disculpas? ¿Puedo ponértelo? —preguntó Marcus tragando grueso. Sí, ahora se sentía malditamente torpe. —Está bien —respondió Alexa, un poco incómoda por la cercanía. Marcus, con sorprendente delicadeza, le puso el collar en el cuello. No pudo evitar observar los labios de Alexa mientras lo hacía. Ella fue la primera en dar un paso atrás. —Aunque esto no era necesario… no iba a renunciar de todos modos. Marcus sonrió. —Igual debía disculparme. ¿Por qué diablos tenía que verse tan jodidamente atractivo cuando sonreía? Alexa gimió por dentro. —¿Debo considerarme afortunada? —preguntó arqueando una ceja. —¿Por qué? —Marcus la miró confundido. —Por recibir una disculpa del idi

