Capítulo 3

1183 Words
Lucas Antes Las semanas se convirtieron en un nuevo ritmo. El campus, antes un gigante intimidante, se fue haciendo familiar. Las clases de mecatrónica eran fascinantes; la complejidad de los sistemas, la lógica detrás de cada circuito, me absorbían por completo. Era como desentrañar un código, y en eso siempre había sido bueno. La Dra. Thorne seguía siendo una presencia gélida en el aula, pero su atención sobre mí, al menos de momento, se había diluido entre la masa de estudiantes. O eso creía. Will, mi compañero de habitación, resultó ser un soplo de aire fresco. Era caótico, sí, siempre con ropa tirada y un café a medio terminar en el escritorio, pero su risa sincera y su optimismo contagiaban. Por las noches, después de estudiar, Will sacaba su guitarra y rasgaba acordes suaves, a veces canciones conocidas, otras veces melodías inventadas. Yo lo escuchaba mientras leía, o simplemente miraba el techo. No era un silencio incómodo, era el tipo de compañía que se siente como un refugio. Con Nick y Henry, explorábamos la ciudad. Boston era un laberinto de historia y modernidad, con parques verdes que se mezclaban con edificios de cristal y calles adoquinadas. Los fines de semana, si no estábamos sepultados bajo montañas de apuntes, nos aventurábamos fuera del campus. Descubrimos una pequeña pizzería italiana con la mejor masa que había probado, y un bar con música en vivo donde el volumen estaba lo suficientemente bajo como para poder conversar sin gritar. —¿Crees que aprobaré el examen de la Dra. Thorne? —preguntó Henry una tarde, mientras compartíamos una porción gigante de pizza. Su voz era un hilo de ansiedad. Nick se rio, una carcajada fuerte que hizo vibrar el salero. —Si hasta tú, el cerebrito, estás preocupado, ¿qué nos queda a nosotros, Henry? Lucas, tú seguro lo pasas con los ojos cerrados. Les sonreí, un poco incómodo con el cumplido. No me gustaba destacar, aunque era cierto que las ecuaciones me salían con facilidad. La atención de la Dra. Thorne, por mínima que fuera, ya me había puesto en alerta. La distancia con casa era rara. Por un lado, sentía la libertad, la emoción de ser dueño de mi tiempo, de mis decisiones. Por otro, extrañaba el bullicio familiar, las discusiones de Leia y Dan, las bromas de papá, los mimos de mamá. Las videollamadas se convirtieron en un ritual. Una tarde, me conecté con mis padres. La cara de mamá, apareció en la pantalla, con su eterna sonrisa suave, aunque notaba una sombra en sus ojos, la misma que había percibido antes de irme. Papá, Arturo, apareció a su lado, despeinado como siempre después del trabajo. —¿Cómo estás, mi vida? ¿Comiendo bien? —preguntó mamá, su voz llena de la preocupación habitual. Era su manera de amar. —Bien, mamá. El comedor universitario no es cinco estrellas, pero se come. —Intenté sonar animado. —¿Y las clases? ¿Mecatrónica es lo que esperabas? —Papá siempre iba directo al grano. —Sí, es increíble. Hay una profesora… bueno, la Dra. Thorne, que es muy exigente, pero se aprende mucho. Estoy justo donde quería estar. Mamá frunció el ceño. —Ten cuidado, Lucas. Los profesores a veces pueden ser… complicados. —No te preocupes, mamá. Todo bajo control. —Desvié el tema, no quería arruinar la videollamada con la vibra gélida de Thorne. Pregunté por Leia, ya que hacía días no hablábamos, por la abuela Lena. Les conté de Will, de Nick y Henry, de la pizza y las calles de Boston. Intentaba que mi relato sonara lo más normal y feliz posible. Ellos parecían relajarse. Un par de días después, fue el turno de Dan. Su cara apareció en la pantalla, con un fondo caótico que solo podía ser su habitación. —¡Lucas! ¿Qué tal todo por allá, cerebrito? ¿Ya conquistaste el campus? ¿Ya tienes novia? —¿Tú ya te acuerdas del nombre de tu novia, o qué? —lo fastidié, y se rio. —¡Es Laura! Ya te lo dije. Y sí, es la correcta, lo juro. —Dan era así, pasional y directo. Hablamos de tonterías, de los planes de vacaciones, de lo mucho que lo echaba de menos, luego nos pusimos a hablar sobre videojuegos y todo lo que nos interesaba. Fue como si el tiempo no hubiera pasado, como si no hubiera kilómetros entre nosotros. —Lucas, ¿estás bien, en serio? —Su voz se tornó grave, y mi sonrisa forzada se tambaleó. Dan siempre había tenido esa intuición, esa capacidad de ver más allá de mi fachada. —Sí, Dan. ¿Por qué no lo estaría? —No sé. Te escucho un poco… distante. Como si estuvieras midiendo cada palabra. —Es el estrés de la universidad, supongo. Mucha presión, sabes. Mecatrónica no es un juego de niños. Tengo tanta tarea que no sé cuando tomaré un minuto de descanso. —Lo sé. Solo… si algo pasa, Lucas. Cualquier cosa. Llámame. O a Leia. ¿Vale? Si todo es mucho, solo escríbenos. —Amaba a mis hermanos, lo juro, pero a veces me trataban como un niño pequeño. Asentí, aunque sabía que no lo haría. Nunca lo haría. No quería que nadie cargara con mis preocupaciones. —¿Has visto a mis padres?— Dan estaba al tanto de lo que Leia y yo pensaba que estaba pasando entre nuestros padres, y aunque Dan no era mi hermano de sangre, era como si lo fuera, entre nosotros tres no había ninguna diferencia. Y tanto mis padres, como los suyos, nos habían criado para que se sintiera como si fuéramos familia de sangre. Yo quería a sus padres como si fueran los míos y él quería a los míos como si fueran los tuyos. —Sí, ambos vinieron a la comida del domingo… y parecían bien. Como antes— hizo una pausa y se pasó la mano por el cabello— parecían felices, se estaban tocando todo el tiempo, aunque no me quede mucho tiempo, es raro ser el único joven ahora— le sonreí tristemente. —Lo siento. — me encogí de hombros. —Está bien, tú haz tus cosas de nerd, ya cuando vuelvas me vas a deber muchas fiestas que nos estamos perdiendo ahora. —Ya veremos— nos quedamos unos minutos más en la llamada, hablando de fiestas y si ya había asistido a alguna en el campus, le prometí que no iría hasta que él pudiera venir a visitarme. Es algo que realmente quería hacer con mi hermano. Colgué la llamada con Dan y me quedé mirando la pantalla. Las palabras de Dan resonaban en mi cabeza. ¿Realmente era tan obvio? ¿Mi intento de normalidad era tan transparente? Decidí que era el cansancio. Me convencí de que, con el tiempo, la punzada en mi pecho desaparecería, que luego de los primeros meses todo estaría bien, que no me sentiría tan presionado por todo y saber que mis padres parecían estar bien, me quito algo del peso emocional que llevaba esos días.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD