La bronca y el dolor podían ser superables, pero había algo contra lo que Albana nunca había sabido lidiar y eso fue justamente lo que la llevó a levantarse, para descubrir que era la madrugada. El hambre resonó insistente en su estómago y la única opción fue intentar dar con algo para comer. El silencio de aquella casa la hacía lucir más grande, no sabía si podía encender las luces, no estaba segura del lugar en el que se encontraba Rosa, ni siquiera sabía si vivía allí o ahora estaba sola. Recordó la distribución y la penumbra se fue adaptando a sus ojos para permitirle llegar a la cocina. Tal como había imaginado unas porciones empaquetadas con dedicación la aguardaban en la heladera. Si bien le hubiera encantado comerse una porción gigante de papas fritas, aceptó aquella comida a

