El día siguiente fue tan abrumador como aquella madrugada. Albana había pasado la noche en vela intentando encontrar una forma de terminar con toda aquella extorsión, pero los caminos parecían fondos de saco que no llevaban a ningún lado. Las lágrimas, los recuerdos, la soledad. Todo llegaba al mismo tiempo y la angustia la acorralaba en el rincón de la desesperanza quitándole cualquier posibilidad de una salida concreta. Llegó al teatro con un humor espantoso, sus párpados estaban hinchados pero para su suerte la maquilladora los atribuyó a las ajetreadas funciones. Las risas y los comentarios que solían llenar de alegría los pasillos entraron en una especie de eco que la llevaba a sonreír sin poder responder con sinceridad, apelando a todos sus dotes de actuación. Las extravagancia

