Gael no terminaba de entenderse a sí mismo. Había sido criado para soportar presiones y ser indiferente. Su padre se había encargado de mostrarle cuánto podían doler los sentimientos y que si quería seguir sus pasos el camino era el de la soledad. No podía arrastrar a nadie a la oscuridad de los excesos imposibles de evitar o a la irracional forma de vivir de los encuentros desinteresados y simples de alcanzar en cada rincón. No debía involucrarse, pero de hacerlo debía ser consciente que terminaría lastimando a alguien tanto como su padre había lastimado a su madre. Por eso, aquella mañana en Mendoza, cuando iba a regresar a recostarse junto a una Albana disfrutando de un profundo sueño, aquel mensaje lo cambió todo. No había sido su intención mirarlo, pero como estaba medio dormido c

