Lejos habían quedado los sorpresivos celos, atrás estaba la desilusión de la silenciosa partida, Albana acariciaba esa piel con sus ojos cerrados, con una inevitable expresión de serenidad que Gael de repente encontró inquietante. Le encantaba tenerla entre sus brazos, incluso más que haberla disfrutado sobre él moviéndose de aquella forma tan precisa para guiarlo hasta la cima, pero algo en su interior no le permitía relajarse. Era como si el pasado, lo vivido, su propia historia familiar hubiera invadido su mente ramificándose como una hierba maligna que estaba tan mezclada con la buena que resultaba muy difícil de quitar. -Albana.- dijo y si bien a ella el tono le pareció más rudo, eligió fingir que no lo había notado. -Ah, ha…- dijo sin abrir sus ojos y sin dejar de acariciar su

