La noche parecía haberse puesto en ese modo que tienen los mensajes de audio para adelantarse. Las horas habían corrido tan rápido que ninguno de los dos se había dado cuenta hasta que una claridad incipiente había comenzado a pintar el horizonte. La temperatura había bajado varios grados, pero la sensación de no querer que - fuera lo que fuera- lo que estaban viviendo cesara, lograba que ninguno manifestara el más mínimo temblor provocado por el frío. Ni siquiera ella, con sus medias finas dejando pasar el aire helado. Habían conversado de todo un poco, desde trivialidades como la existencia de una sabor de helado llamado crema del cielo hasta el fin de la vida y todo había fluido de tal manera que ninguno había tenido que contenerse por miedo a decir algo equivocado. Eran muy distin

