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Un vestido arrugado yacía sobre el suelo de aquella enorme habitación. Dos cuerpos exhaustos respiraban arrullados por el sueño reparador de los amantes apasionados que se rendían ante el deseo, alentados por el sentimiento más puro y noble que se puede vivir. Con la quietud del sol naciente el recuerdo de la noche se colaba en los sueños y las sonrisas se dibujaban incluso con los ojos cerrados. La vida tenía ese modo determinante de tejer un camino inesperado, con golpes y sorpresas, con la capacidad de hacerte sentir al borde de un precipicio o como en ese momento , flotando entre nubes de sábanas de 800 hilos egipcios. Albana no podía creer lo que el último tiempo le había regalado, el agradecimiento desbordaba su corazón, mientras sus dedos comenzaban a acariciar el pecho de Gael,

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